La erosión de credibilidad de los dos grandes partidos ha abierto grietas por las que crece la extrema derecha. Vox no avanza por méritos propios, sino como síntoma de una democracia cansada y polarizada
José Antonio Gómez
11/08/2025
Durante décadas, Partido Popular (PP) y Partido Socialista Obrero Español (PSOE) marcaron
los límites del sistema político español. Se turnaban en el poder, con
alternancia tranquila, gestionando los consensos de la Transición. Hoy, en
cambio, los dos partidos que dominaron la política nacional durante casi medio
siglo atraviesan un descrédito que no solo mina su base electoral, sino
que ha servido de abono para el ascenso de Vox, una
formación que se alimenta del hartazgo, el miedo y la desafección democrática.
La extrema derecha de Vox no crece en el vacío. Su
narrativa reaccionaria, ultranacionalista, antifeminista, negacionista del
cambio climático y abiertamente xenófoba, no habría tenido espacio
político en un escenario de partidos fuertes, con vínculos sólidos con la
ciudadanía y capacidad de dar respuesta a los desafíos sociales. Pero PP y PSOE han fracasado al no entender el malestar social profundo que
recorre amplias capas de la población, desde los jóvenes precarizados hasta las
clases medias empobrecidas por la crisis y la inflación que los dos grandes
partidos no han sabido gestionar en favor de los ciudadanos.
Decepción y voto de castigo
PP y PSOE, por diferentes razones, se han ganado a
pulso la desconfianza de millones de votantes. El PSOE, tras
prometer en repetidas ocasiones grandes reformas sociales, ha terminado muchas
veces atrapado en contradicciones, cesiones al poder económico y políticas
tibias que apenas corrigen el modelo neoliberal. El PP, por su parte, arrastra
una larga mochila de corrupción estructural,
autoritarismo y políticas de recorte social, que ha sido reciclada
por Vox en clave de “patriotismo sin complejos”.
Los votantes que migran hacia la extrema derecha no lo hacen, en su gran
mayoría, por una conversión ideológica profunda, sino como un grito de frustración. La política institucional
parece lejana, las élites siguen intactas, y ni la derecha tradicional ni la
izquierda moderada han sabido ofrecer respuestas convincentes y
efectivas a los grandes temores contemporáneos: desigualdad, precariedad, pobreza, bajos salarios, inseguridad o
deterioro de los servicios públicos.
El PP: rehén de su sombra
El Partido Popular, que llegó a ser la fuerza más votada
en España, ha sido incapaz de mantener su hegemonía sin mirar hacia la derecha
más dura. Desde la irrupción de Vox en 2019, el PP ha jugado a una ambigüedad peligrosa, intentando recuperar votantes sin
romper con los discursos ultras. No hay más que escuchar algunos discursos o
intervenciones de Isabel Díaz Ayuso. El
resultado es una doble derrota: no solo ha perdido votantes hacia Vox, sino que
también ha normalizado un lenguaje político que hace irrelevante su propio
discurso, por más que encabecen los sondeos o que ganaran las
elecciones de 2023.
Los pactos de gobierno en comunidades autónomas y municipios con Vox han
diluido la frontera entre derecha conservadora y extrema derecha. En lugar de
marcar límites democráticos, el PP ha actuado como
plataforma de blanqueamiento dando a Vox cuota de poder y
visibilidad institucional.
El PSOE: entre el posibilismo y la
frustración
Por su parte, el PSOE vive atrapado entre la retórica
progresista y la gestión tecnocrática. Aunque durante el último
gobierno ha promovido leyes sociales como la del salario mínimo o la
revalorización de las pensiones, también ha renunciado a tocar a los
grandes poderes que sostienen las desigualdades estructurales, desde
la banca hasta el poder judicial.
Esto lo ha convertido en blanco de un doble desgaste: por la derecha, donde
es acusado de “traidor a la patria” por pactar con independentistas y fuerzas
periféricas; y por la izquierda, donde se le critica por “no ir lo
suficientemente lejos”. El resultado es una sensación de estancamiento que
Vox explota con eficacia: para sus votantes, el PSOE representa la
decadencia moral y la debilidad del Estado, un discurso que cala
entre los desengañados que confiaron en el Partido Socialista.
Vox: síntoma más que causa
Aunque sus discursos son incendiarios, Vox no es causa, sino
consecuencia. No es que España se haya ultraderechizado en bloque:
es que una parte significativa de la población ha dejado de confiar en las
reglas del juego democrático tal y como lo representaban PP y PSOE.
Su crecimiento responde a la crisis de representatividad,
al miedo frente a los cambios y a un discurso emocional que da respuestas
simples a problemas complejos. Vox no propone soluciones
reales, pero sí una identidad fuerte. Y eso, en tiempos de
incertidumbre, es oro político.
Además, su estrategia mediática, basada en provocaciones virales y campañas
de victimismo frente a “la izquierda y los medios vendidos”, ha calado
especialmente entre los más jóvenes y sectores rurales o desencantados.
Una democracia en jaque
La inestabilidad del bipartidismo no sería en sí un
problema si hubiera dado paso a una cultura democrática más rica y plural. Pero
en lugar de regenerarse, PP y PSOE se han refugiado en
la polarización y el cortoplacismo, dejando terreno libre a quienes
no creen en el sistema democrático como forma de convivencia.
El auge de Vox debería leerse como una alarma, no como un fenómeno
anecdótico. Es el síntoma de que algo se ha roto y de que ni PP
ni PSOE han estado a la altura para repararlo.
La extrema derecha crece cuando la democracia se vuelve estéril. En vez de
construir futuro, PP y PSOE se han conformado con administrar
ruinas, y Vox recoge ahora los escombros para levantar su proyecto
reaccionario. Si el sistema político español quiere frenar esa ola, no basta
con señalarla: tendrá que renovarse con valentía,
crear consensos y pactos hasta ahora considerados antinaturales, abrir espacios
reales de participación y dar respuestas profundas y efectivas a los malestares
que lo están vaciando desde dentro.
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