Comentario: La escoria de la ultraderecha no duerme. Intentarán, cuando menos no lo esperemos, simular una “noche de los cristales rotos” al estilo más nazi conocido.
No me gustaría
irme de este mundo fusilado contra una pared, así que he empezado a recordar “El
Cara al Sol” por lo que pueda pasar. ¡¡¡Qué mierda de país con mucha gente que
no es capaz de mover un dedo para anular a estos degenerados!!!
El bando xenófobo de Jumilla se ampliará a otras comunidades autónomas y ayuntamientos gobernados por populares y ultras
José Antequera
08/08/2025
El Partido Popular sigue con su deriva ultra. Ya le
compra todo el discurso a Vox, la xenofobia y
el machismo, y cualquier día Abascal convence
a Feijóo de que el 20N, aniversario de
la muerte del dictador, debe incluirse en el calendario como fiesta nacional.
La última infamia ha ocurrido en Jumilla a
cuenta de ese bando que prohíbe las fiestas musulmanas en el polideportivo
municipal. Con este “a rezar a otra parte”, populares y voxistas van camino de
convertir un pueblo tranquilo que vivía del vino y el campo, en pacífica
convivencia entre culturas, en una de esas localidades de la América sureña y
profunda de los años sesenta donde los negros no podían viajar en autobuses de
blancos, ni utilizar sus mismos retretes, ni comer en los mismos restaurantes.
A eso vamos.
El PP no es consciente del paso dramático que acaba de dar. Y no solo
porque se ha alineado de forma vergonzante con el nuevo fascismo posmoderno, ya
sin complejos, sino porque queda a ojos de la opinión pública española como uno
de esos partidos xenófobos que pululan por la Europa supremacista.
Lo cual es mal negocio de cara a unas elecciones generales, ya que espanta
al votante moderado. Probablemente, el PP siempre fue una organización ultra,
pero al menos antes guardaban las formas, llevaban el mal de la nostalgia por
dentro, fingían. Hoy ya no, pactan las políticas racistas de Vox, las sancionan
y las aplican sin ningún remordimiento ni cargo de conciencia. Y lo hacen pocos
días después de las nauseabundas cacerías de Torre Pacheco, un
calco de esas purgas, batidas y razias del Ku Klux Klan contra
los poblados negros. A ese extremo hemos llegado, y no tardaremos en ver a la
primera Rosa Parks murciana levantando el puño
y desafiando las leyes de segregación de la derecha fascista ibérica.
Jumilla puede ser nuestro Montgomery, Alabama, cuna de la revolución contra la discriminación
racial.
Si Feijóo cree que dándole un poco de alpiste al monstruo va a tenerlo
calmado y sedado se equivoca. El fascismo es una enfermedad que degenera y
siempre va a peor. Y cada día se puede ir un poco más allá en el mal. Hoy es
Jumilla donde se da portazo al inmigrante musulmán; mañana puede ser cualquier
localidad, en Murcia, en Andalucía, en Madrid o allá
donde gobiernen estos primos hermanados en la xenofobia. De hecho, ya hay
planes para extender el experimento neonazi jumillano a otras comunidades
autónomas, de manera que, de continuarse por esta deriva de suicidio social,
pronto veremos el cartel de “prohibido moros” hasta en el bar del último rincón
de España. Ese es el objetivo final de Abascal, la segregación, las
deportaciones masivas, un apartheid a la
española. La “guerra cultural” no es un invento brillante del Caudillo de
Bilbao, es la guerra de religión de siempre que tanta sangre y dolor ha dejado
a lo largo de la historia. Los demócratas debemos combatirla.
El líder de Vox no es más que una máquina de fabricar tuits vomitivos que
remueven las tripas de cualquier persona de bien. En el ecuador de un verano
ardiente rebosante de pirómanos que les pegan fuego a nuestros montes, este
señor se ha propuesto incendiar la democracia y arrasarlo todo. “España no
es Al Andalus”, dice tirando de demagogia barata, de
propaganda del miedo a la invasión africana y de proselitismo del odio. Y claro
que no lo es, entre otras cosas porque la población musulmana es una minoría
que viene a este país a trabajar honradamente y a labrarse un futuro, que
cotiza y paga impuestos y que hasta hoy se ha integrado de forma modélica (nada
que ver con Francia o Bélgica, donde barrios enteros se han convertido en
guetos gigantescos donde germina el yihadismo). El ‘síndrome Jumilla’ viene a
romper ese equilibrio de razonable convivencia que habíamos logrado establecer
tras décadas de una fructífera inmigración (más bien décadas de mano de obra
barata clave en el crecimiento económico sostenido de este país). Ese síndrome
se propaga por la sociedad más rápida y virulentamente que cualquier pandemia y
ya es imposible subir a un ascensor sin encontrarse con un vecino, hasta hoy
amable y atento, que le echa a uno el sermón nazi de la mañana. Así empezaron
los alemanes, con simples bromas y comentarios maledicentes sobre los judíos, y
así terminaron: quemando gente en los hornos crematorios. Luego se disculparon
con el argumento de que no se enteraban de las cosas horrendas que pasaban
en Auschwitz, pero sí estaban al tanto.
Hoy se da con las puertas en las narices a los españoles musulmanes, antes
se han cancelado obras de teatro sobre Santa Teresa y Virginia Wolf por promover una visión feminista y
de igualdad de género; o películas de dibujos animados como Lightyear por mostrar a dos mujeres besándose;
u obras de arte que denuncian la falta de libertad política en este país. Es la
censura franquista que retorna con fuerza. Es Vox diciéndonos cómo deben ser
los buenos españoles: católicos de misa de doce, blancos, machistas y
heterosexuales.
Todo esto está ocurriendo en este país mientras Jaime de los Santos, el portavoz de Igualdad del PP,
hace un ejercicio de cinismo político al calificar a su formación como “el
partido de la libertad”. ¿Libertad de qué? ¿La libertad de tomarse unas cañitas
por Madrid mientras se pisotean los derechos humanos y la Constitución? ¿La libertad de perseguir a otras razas y
etnias como en los peores tiempos del Tercer Reich? El
ridículo internacional de los prebostes de Génova es espantoso y los periódicos
de la Europa civilizada hablan ya de un partido entregado a un franquismo
tuneado. Feijóo sabrá lo que hace.
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