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martes, 21 de julio de 2026

21/07/2026 - IRPH: TRECE PREGUNTAS DE EUROPA PARA DESMANTELAR LA DOCTRINA DEL TRIBUNAL SUPREMO

Un juzgado eleva al TJUE un torpedo flotante promovido por la abogacía pionera y respaldado por la Fiscalía que cuestiona la independencia del Alto Tribunal, la ruptura de la separación de poderes y el desamparo de miles de consumidores

José Antonio Gómez

Hay momentos en la historia del derecho en que la burocracia de los pasillos judiciales se ve sacudida por un trueno que resuena mucho más allá de las paredes de un juzgado de provincia. El auto dictado el pasado diecinueve de julio de dos mil veintiséis por la magistrada Eva Cerón Ripoll, titular del Juzgado de Primera Instancia 8 de Donostia, constituye uno de esos episodios destinados a reescribir los anales de la jurisprudencia financiera europea. Al elevar al Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) trece cuestiones prejudiciales devastadoras, la jueza donostiarra no solo ha reabierto el desgarrador frente del Índice de Referencia de Préstamos Hipotecarios (IRPH), sino que ha puesto bajo la lupa de las instituciones comunitarias la propia rectitud del Tribunal Supremo español.

Para comprender la magnitud de este choque de trenes institucional, es necesario recordar la naturaleza y la relevancia del mecanismo prejudicial. Concebido como una vía de comunicación directa entre los tribunales de los Estados miembros y la alta corte de Luxemburgo, la remisión prejudicial permite que los jueces nacionales planteen sus dudas razonadas sobre la correcta interpretación del Derecho de la Unión cuando un litigio concreto lo requiera. El tribunal europeo no resuelve directamente el pleito, pero emite una interpretación vinculante que obliga al juez remitente a dictar sentencia en estricta conformidad con el marco comunitario. Se trata del mismo camino pionero que trazaron hace años los letrados Maite Ortiz y José María Erauskin, del despacho Abogados Res, cuando consiguieron llevar por primera vez la causa del IRPH al TJUE, desencadenando la histórica sentencia de tres de marzo de dos mil veinte.

Desde aquel primer pronunciamiento, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se ha pronunciado en otras cuatro ocasiones sobre esta materia. En todas y cada una de ellas, la corte comunitaria ha ido perfilando criterios crecientemente favorables a las personas consumidoras, consolidando la doctrina de que la opacidad y la falta de información previa deben traducirse en la nulidad de la cláusula IRPH por abusiva. Sin embargo, lo que en el resto del continente se ha interpretado como una orden clara de protección al consumidor, en España se ha topado con un muro de contención insólito. El Tribunal Supremo, echando mano de una hermenéutica que los colectivos de afectados y numerosos juristas califican de abierta contorsión conceptual, ha continuado dando por válidas las cláusulas IRPH, amparando de forma sistemática los intereses de las entidades financieras.

Esta flagrante disonancia ha llevado la tensión a un punto de ebullición insostenible. En su resolución conocida a mediados de julio, la magistrada Eva Cerón explicita una duda cartesiana y profundamente fundamentada sobre la doctrina sentada por la Sala Primera del Tribunal Supremo en sus polémicas sentencias de once de noviembre de dos mil veinticinco. El hecho de que la Fiscalía de Gipuzkoa se haya sumado abiertamente a esta iniciativa, respaldando la elevación de la consulta a Luxemburgo, otorga al auto un peso institucional sin precedentes. No se trata ya de una trinchera aislada de los abogados de los consumidores, sino de una enmienda en toda regla avalada por el propio Ministerio Público frente a la deriva jurisprudencial del Alto Tribunal.

El dilema de la independencia y las amenazas de costas

La primera de las trece cuestiones prejudiciales formuladas desde Donostia ataca directamente al corazón del procedimiento judicial y a la garantía de un juicio justo e independiente. La jueza Cerón pregunta sin rodeos a los magistrados de Luxemburgo si resulta admisible con arreglo al Derecho de la Unión que el Tribunal Supremo español esté emitiendo de manera continuada autos de carácter seriado en los que advierte formalmente a los demandantes del sentido desestimatorio que tendrá su futura sentencia, apremiándolos a desistir de sus recursos bajo la amenaza expresa de imponerles una severa condena en costas.

Esta práctica de amedrentamiento procesal ha dejado de ser una simple advertencia teórica para convertirse en una realidad punitiva. El auto remitido a Europa constata con severidad que el Tribunal Supremo ya ha comenzado a ejecutar esas condenas en costas contra hipotecados, creando un escenario de indefensión psicológica y económica aplastante. Ante esta situación, la magistrada donostiarra traslada una pregunta cargada de ironía y dramatismo: ¿debe ella, como jueza de instancia, plegarse a este mandato disuasorio desestimando las demandas e imponiendo las costas a los consumidores, o debe preservar su primacía como jueza comunitaria para tutelar los derechos fundamentales de los ciudadanos?

Para la plataforma de afectados IRPH Stop Gipuzkoa, el sentido de esta primera pregunta roza lo retórico. El TJUE ha reiterado hasta la saciedad que el examen del carácter abusivo de una cláusula exige un análisis individualizado de cada préstamo hipotecario. La pretensión del Tribunal Supremo de despachar estos litigios mediante resoluciones estereotipadas y estandarizadas viola de forma flagrante el mandato de Luxemburgo, lo que presagia un duro tirón de orejas desde la corte comunitaria.

Sin embargo, detrás de esta victoria jurídica potencial se esconde una tragedia humana irreversible. Mientras el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se toma el tiempo necesario para tramitar y responder a esta batería de preguntas, no existen mecanismos de compensación ni de suspensión automática para los cientos de familias cuyos casos están siendo fulminados por el Tribunal Supremo en el trayecto. Cientos de ejecuciones hipotecarias continúan su curso y multitud de economías domésticas se ven abocadas a la quiebra bajo la espada de Damocles de unas costas judiciales inasumibles, sufriendo un daño irreparable antes de que llegue la resolución definitiva desde Europa.

La ficción de la transparencia

El segundo y tercer interrogante del escrito dirigido al tribunal europeo diseccionan una de las anomalías más desconcertantes de la doctrina jurisprudencial española. Según el criterio impuesto por el Tribunal Supremo, la cláusula que condiciona la hipoteca al IRPH supera el control de transparencia con la mera mención en el texto del contrato de la Circular 5/94 del Banco de España. Esta construcción teórica parte de la premisa de que la simple cita formal de un boletín oficial otorga al consumidor medio la capacidad de comprender la compleja naturaleza del índice que va a regir su vida económica durante tres décadas.

La debilidad de este argumento resulta tan evidente que ni siquiera sus propios arquitectos en el ámbito judicial parecen dispuestos a sostenerlo al margen de sus resoluciones oficiales. El auto se hace eco de un hecho de enorme gravedad que retrata la esquizofrenia doctrinal que atraviesa al estamento judicial. En una conferencia pronunciada el veinticuatro de noviembre de dos mil veinticinco en la sede del Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona (ICAB), la propia magistrada del Tribunal Supremo Raquel Blázquez Martín afirmó tajantemente ante un auditorio repleto de profesionales que la información sobre el IRPH debe ser precontractual, correspondiendo a la entidad bancaria la carga ineludible de probar que suministró dicha documentación con la antelación y la calidad necesarias para que el cliente pudiera analizarla sopesadamente.

Resulta escandaloso constatar que la misma magistrada que defendió de forma vehemente en el foro académico la exigencia de una información precontractual minuciosa se dedique ahora a firmar sentencias en el Alto Tribunal en las que da por superado el control de transparencia del IRPH por la simple inclusión de la reseña a la Circular en la letra pequeña de la escritura. Esta asombrosa dualidad ha provocado una profunda indignación entre los colectivos de afectados, que denunciaron la falta de reacción de la institución colegial barcelonesa y de su decana Cristina Vallejo, quienes asistieron en silencio a la evaporación de las garantías expresadas en su propia sede.

La magistrada Eva Cerón no ha dudado en reflejar en su auto el sinsentido de esta postura. La jueza de Donostia enfatiza que la Circular 5/94 es una disposición de carácter profundamente técnico, redactada por y para profesionales del sector financiero, cuya consulta por parte del público general resultaba prácticamente imposible hasta la democratización reciente de internet. Exigir a un ciudadano medio que descifre el funcionamiento de su hipoteca a través de la remisión implícita a una norma reglamentaria bancaria supone dar por buena una ficción jurídica que erosiona la protección del consumidor hipotecario.

Quiebra de la separación de poderes

El cuarto punto sometido a la consideración del Tribunal de Justicia de la Unión Europea aborda un debate de un calado constitucional desolador. La consulta elevada desde el Juzgado de Donostia pregunta si resulta compatible con el ordenamiento comunitario que el Tribunal Supremo español esté aplicando de forma soterrada la norma prevista en el artículo 4.2 de la Directiva 93/13/CEE, un precepto que no fue traspuesto en su día a la legislación nacional por el Parlamento español, invadiendo con ello de forma flagrante las competencias exclusivas del Poder Legislativo.

El mencionado artículo de la norma europea establece que, si una cláusula afecta al objeto principal del contrato y supera el examen de transparencia, no debe someterse al posterior control de abusividad, debiendo considerarse válida de forma automática. Al tramitar la trasposición de la directiva, las Cortes Generales españolas decidieron no incorporar dicha restricción, haciendo uso de la facultad que el marco europeo otorga a los Estados miembros para establecer niveles de protección más elevados y favorables a los ciudadanos. Al no limitar el examen judicial, la legislación española garantizaba que cualquier condición contractual pudiera ser evaluada y anulada si generaba un desequilibrio injustificado en perjuicio del usuario.

En su escrito, la jueza Cerón expone con perplejidad la corriente doctrinal promovida por la cúpula judicial, según la cual la omisión de ese artículo en el texto legal español no respondió a un acto legislativo consciente, sino a un mero error material de los diputados durante las votaciones en el Congreso. Resulta insólito que el Poder Judicial pretenda asumir la función de corregir la supuesta torpeza del Parlamento introduciendo por la vía de los hechos una limitación legal que las Cortes nunca aprobaron, contraviniendo un principio tan elemental como la separación de poderes en España.

Lo más grave del asunto es que este debate no es nuevo. El auto recuerda que esta precisa cuestión ya fue aclarada en el pasado por el propio TJUE y acatada en su momento por el Tribunal Supremo. Sin embargo, en una suerte de amnesia selectiva, la Sala Primera ha vuelto a desandar el camino andado, aplicando de nuevo restricciones que la ley española no prevé para blindar la validez del IRPH. Corresponderá a Luxemburgo determinar si la judicatura puede enmendar la plana al legislador para rebajar los estándares de protección social.

La trampa del diferencial negativo

Los interrogantes quinto, sexto y séptimo del auto profundizan en la vertiente técnica del índice y en el ocultamiento de la información financiera esencial por parte de las entidades bancarias. La magistrada centra su atención en la exigencia contenida en la propia Circular 5/94 del Banco de España, la cual advertía de manera explícita a las entidades de la necesidad de aplicar un diferencial negativo al IRPH para equiparar su coste efectivo a los tipos de interés habituales del mercado.

La quinta pregunta cuestiona directamente si la obligación del banco de informar al cliente sobre la necesidad imperativa de este diferencial negativo queda satisfecha con el mero recurso de citar la norma reguladora en la escritura. A continuación, la sexta pregunta ataca una interpretación sorprendente del Tribunal Supremo, el cual ha llegado a sostener que la advertencia sobre el diferencial negativo contenida en la circular bancaria no constituía una recomendación de uso para proteger al prestatario, sino un simple instrumento pedagógico destinado a que los empleados de la banca comprendieran el significado del concepto de la Tasa Anual Equivalente (TAE).

Esta interpretación ha causado estupor en los ámbitos jurídicos más rigurosos, donde nadie alcanza a comprender cómo una instrucción técnica dirigida a mitigar el sobrecoste de un índice puede ser leída como una lección teórica para los propios banqueros. La séptima pregunta cierra este bloque cuestionando si la omisión deliberada por parte del profesional de informar sobre la necesidad del diferencial negativo constituye una omisión engañosa que debe invalidar por completo la cláusula tanto en el juicio de transparencia como en el de abusividad.

Por su parte, las preguntas octava y novena abordan la manipulación del método de cálculo del IRPH y la negativa del Supremo a considerar el desequilibrio real más allá de una mera comparación económica superficial. La juzgadora de Donostia explica que el IRPH, al calcularse mediante una media simple no ponderada de los tipos aplicados por el conjunto del sector, resulta ser un indicador fácilmente influenciable por las propias entidades y poco representativo de la realidad del mercado.

Para ilustrar la vulnerabilidad del sistema, el auto contrapone la opacidad del IRPH a la transparencia del Euríbor y cita de manera expresa la reciente y contundente sentencia de la Audiencia Nacional que confirmó una sanción millonaria a una entidad bancaria por manipulación del IRPH. Resulta incomprensible que el Alto Tribunal haya ignorado de forma sistemática este defecto de origen del índice, negándose a examinar si la propia arquitectura de cálculo generaba un desequilibrio estructural en perjuicio del prestatario.

Doble imposición de costes

La décima cuestión elevada a Luxemburgo aborda otro defecto técnico de enorme trascendencia económica: la duplicidad de gastos y comisiones implícita en la estructura del IRPH. Al calcularse como una media de tipos TAE en lugar de tipos TIN, el índice de referencia ya lleva incorporada en su propia tasa el promedio de las comisiones y los costes operativos cobrados por el conjunto de las entidades financieras.

La jueza Cerón traslada a la alta corte europea una duda elemental de justicia contractual: si un préstamo hipotecario ligado al IRPH incluye además sus propias comisiones de apertura, estudio o cancelación, el consumidor está pagando por duplicado esos mismos conceptos, una vez a través del índice general y otra a través de las condiciones particulares de su contrato. Ignorar esta doble comisionado en hipotecas IRPH a favor de la banca, como ha hecho el Tribunal Supremo al validar las escrituras de forma genérica, supone amparar un enriquecimiento injustificado que contraviene la directiva comunitaria.

Las preguntas undécima y duodécima dirigen una crítica devastadora al análisis de desequilibrio del Tribunal Supremo para evaluar si existe o no un perjuicio grave para el usuario. Para declarar la validez de la cláusula, el Alto Tribunal ha recurrido a la comparación del IRPH con diversos indicadores sintéticos que la magistrada donostiarra desmonta punto por punto. Comparar el tipo resultante con el tipo fijo inicial del propio contrato carece de rigor analítico, por cuanto supone cotejar el préstamo consigo mismo en lugar de medirlo con las ofertas alternativas de mercado de similar importe y duración.

De igual modo, el auto cuestiona con dureza la utilización por parte del Supremo de un tipo sintético medio que incluye operaciones de crédito al consumo, cuyos tipos de interés son estructuralmente mucho más elevados que los del mercado hipotecario. La jueza propone como alternativa rigurosa comparar el TIN del préstamo en litigio con el TIN medio de las hipotecas constituidas en la misma fecha, acudiendo a las series estadísticas oficiales publicadas por el Banco de España y reproducidas por el Banco Central Europeo (BCE).

El drama humanitario de los desahucios

Llegados a la decimotercera y última cuestión, el auto de la magistrada Eva Cerón pone al descubierto la discrecionalidad y la falta de motivación objetiva que impregnan la doctrina de los tribunales españoles. El Tribunal Supremo, tras comparar el IRPH con indicadores heterogéneos y poco adecuados, concluye de forma sistemática que no existe un desequilibrio importante para el consumidor, pero se niega categóricamente a fijar el umbral o el porcentaje a partir del cual consideraría que ese desequilibrio sí adquiere entidad suficiente para anular la cláusula.

Esta falta de un criterio objetivo ha dejado a los juzgados de instancia y a las audiencias provinciales navegando en un mar de subjetividad absoluta, permitiendo que cada tribunal decida a su libre albedrío lo que constituye o no un desequilibrio tolerable. El auto ilustra este drama humano citando los casos aportados por los letrados Maite Ortiz y José María Erauskin, entre los que destaca la aterradora situación de una familia inmersa en un procedimiento de ejecución hipotecaria, a punto de sufrir un desahucio por IRPH a pesar de haberse acreditado pericialmente que el índice les generó un sobrecoste equivalente al setenta por ciento del capital total prestado.

Para terminar con esta arbitrariedad, la jueza de Donostia hace suya la audaz propuesta formulada por el despacho Abogados Res: la aplicación de un principio de estricta reciprocidad contractual. Dado que la legislación y la jurisprudencia españolas consideran que un retraso en el pago de las cuotas equivalente al tres por ciento del principal del préstamo constituye un incumplimiento de gravedad tal que legitima a la entidad bancaria para dar por vencido el contrato y desahuciar a la familia, resulta justo y equitativo establecer que un desequilibrio del 3% en la hipoteca en perjuicio del cliente sea considerado de entidad suficiente para decretar la abusividad y la nulidad absoluta de la cláusula.

Esta propuesta de umbral objetivo del 3% coincide plenamente con los parámetros desarrollados en la calculadora de desequilibrio habilitada por la página web de IRPH Stop Gipuzkoa, un instrumento que busca dotar de certeza matemática al juicio de abusividad. La formulación expresa de esta pregunta ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea abre la puerta a la fijación de un criterio cuantitativo claro que impida a los jueces nacionales perdonar de forma arbitraria los sobrecostes cobrados por la banca.

El escenario que se abre tras la remisión de esta batería de trece preguntas prejudiciales sitúa a la justicia española ante un espejo incómodo. La iniciativa de la magistrada Eva Cerón, sumada a la cuestión prejudicial elevada el pasado mes de abril por el Tribunal de Instancia de Palma, confirma que la doctrina del Tribunal Supremo sobre el IRPH no solo carece de consenso en la base del Poder Judicial, sino que es contemplada con abierta alarma por multitud de jueces de carrera y por el propio Ministerio Público.

Si las respuestas que lleguen desde Luxemburgo en los próximos meses mantienen la línea de tutela del consumidor establecida en sus cinco pronunciamientos anteriores, el edificio interpretativo construido por la Sala Primera del Tribunal Supremo se vendrá abajo de forma definitiva. Sin embargo, esta victoria moral y jurídica no podrá borrar las cicatrices de un proceso que se ha prolongado durante más de una década.

La gran pregunta que sobrevuela este conflicto no es ya si el Tribunal Supremo será corregido una vez más por la corte comunitaria, sino quién reparará el daño causado a las miles de familias que han perdido sus hogares, sus ahorros y su tranquilidad mientras la justicia patria buscaba atajos para proteger la solvencia de las entidades financieras. La trágica paradoja de las hipotecas IRPH en España demuestra que, cuando el acceso a un juicio justo depende de la intervención angustiosa de un tribunal extranjero, la tutela judicial efectiva corre el riesgo de convertirse en un espejismo para los ciudadanos más vulnerables.

 

sábado, 18 de julio de 2026

18/07/2026 - EL ÚNICO LEGADO DE PEDRO sÁNCHEZ: UNA ESPAÑA MÁS POBRE, MÁS DESIGUAL Y MÁS ENFRENTADA

Comentario: Muy bueno el artículo de José Antonio Gómez, pero no hay que olvidar que gente que vive sola, no trabaja, tiene vivienda sin hipoteca y gana más de mil euros consta como “persona en riesgo de exclusión social”, y otras gentes que están cobrando el subsidio de desempleo y sí los llamas para un trabajo te dicen que hasta octubre no pueden atenderte. En España ocurren cosas que no son fáciles de entender ni en el trabajo, la política o la justicia. Y algo aún mucho peor: los que quieren sólo el poder para forrarse, los que, según parece, son los que vienen (PP y VOX), no van a arreglar absolutamente nada de nada como ya hicieron cuando tuvieron la ocasión. Extremadura, Andalucía, Aragón y Castilla-León son claros ejemplos de lo que nos aguarda: caza, toros, latifundios y empresarios propensos al esclavismo sin la mínima conciencia cívica. ¡Una mayor desvergüenza al caer ya mismo!  

Del 2018 al 2026, los indicadores del INE, el SEPE y Eurostat confirman un deterioro persistente de la renta, del empleo de calidad y de la cohesión social que desmonta el relato triunfal del sanchismo sobre el legado de Sánchez

José Antonio Gómez

Desde junio de 2018, cuando Pedro Sánchez llegó a La Moncloa tras una moción de censura histórica, España ha vivido uno de los periodos más intensos y políticamente polarizados de su democracia reciente, pero también uno de los más decepcionantes en términos de cohesión social, desigualdad y pobreza económica. Los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) y de Eurostat muestran, con una frialdad demoledora, que la realidad social se ha ido alejando del discurso de un gobierno que se proclamaba adalid de la justicia social. No se trata de informaciones de la fachosfera, son datos oficiales, salvo que el sanchismo, en su devenir ultrasectario, afirme que los organismos del Estado dependientes del Gobierno y las agencias de la Unión Europea también están metidos en la conspiración para derribar al Ejecutivo sanchista. 

Al margen de los eslóganes y de la propaganda monclovita, la fotografía estadística que arranca en 2018 y se proyecta hasta los últimos registros disponibles deja una conclusión incómoda: la etapa del sanchismo no ha logrado corregir los problemas estructurales de la economía española y, en varios frentes clave (riesgo de pobreza, precariedad laboral, brecha de renta), los ha cronificado o agravado.

La promesa fundacional de aquel Gobierno, “no dejar a nadie atrás”, se enfrenta hoy a una realidad incómoda: en España se vive más pendiente del umbral de pobreza que del de bienestar, y más cerca de los indicadores de vulnerabilidad del sur de Europa que de los estándares de igualdad y estabilidad social que marcan los países del norte.

Un país vulnerable antes de la tormenta

Cuando Sánchez accede al poder en junio de 2018, España no es precisamente un país igualitario, pero sí una economía en recuperación tras el golpe de la crisis financiera de 2008 y los años del austericidio. Los indicadores de pobreza y exclusión social ya eran elevados en términos comparados, aunque la inercia del ciclo económico apuntaba a una cierta mejora gradual.

La tasa de riesgo de pobreza, medida por el INE a través de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), se situaba entonces en niveles altos, pero relativamente estabilizados, con una población vulnerable que se mantenía en torno a ese 60% de la mediana de ingresos que define el umbral de pobreza. España seguía atrapada en el patrón de bajos salarios, mercado laboral dual y fuerte dependencia de los ciclos turísticos, pero la expectativa era que el crecimiento y un empleo en lenta recuperación avanzaran hacia una reducción del número de hogares al borde del precipicio social.

Ese era el terreno de juego cuando el nuevo Gobierno se presentó como la alternativa progresista que “corregiría los recortes”, “reforzaría el Estado del bienestar” y “combatiría frontalmente la desigualdad”. El marco narrativo era potente y estaba bien construido: España como país maltrecho por la derecha y enfilado ahora hacia una nueva etapa de prosperidad compartida. Sin embargo, los años siguientes mostrarían una brecha creciente entre relato y realidad.

La década perdida de los hogares trabajadores

La ECV del INE, que cada año radiografía ingresos, condiciones de vida y riesgo de exclusión, se ha convertido en el espejo más incómodo del “sanchismo”. Sus ediciones más recientes confirman que, lejos de reducirse de forma clara, la tasa de riesgo de pobreza se ha mantenido elevada e incluso se ha disparado en algunos ejercicios, especialmente en los años de sacudida inflacionaria.

Mientras el Gobierno presume de una economía que “crece por encima de la media europea”, las cifras revelan que una parte significativa de la población sigue atrapada en rentas muy bajas, con dificultades para llegar a fin de mes y con un riesgo sostenido de exclusión social. La mejora coyuntural del PIB no se traduce en un descenso estructural de la pobreza, lo que indica que el crecimiento se distribuye de forma desigual y apenas permea hacia las capas más vulnerables.

A ello se suma el impacto del encarecimiento de la vida: la inflación en energía y alimentos golpea especialmente a los hogares de menor renta, erosionando su capacidad de consumo y neutralizando los modestos avances nominales en salarios y prestaciones. El resultado ha sido un empobrecimiento silencioso, menos visible que el desempleo masivo de la anterior crisis, pero igualmente corrosivo para la cohesión social: más familias que trabajan, pero siguen rozando la pobreza, más hogares que dependen de ayudas públicas para cubrir necesidades básicas, más niños creciendo en entornos económicos asfixiantes.

Los indicadores agregados lo resumen con rotundidad: España mantiene una de las tasas de riesgo de pobreza y exclusión social más elevadas de la Unión Europea, especialmente si se observa a la población infantil y a determinados territorios. El “escudo social” proclamado una y otra vez por el Ejecutivo ha sido más eficaz como consigna comunicativa que como mecanismo real de igualación de oportunidades.

Más empleo, pero menos seguro y peor repartido

Uno de los grandes argumentos del “sanchismo” ha sido la evolución del paro registrado y de la afiliación a la Seguridad Social. El Gobierno ha insistido en que España ha alcanzado cifras récord de empleo y ha celebrado una caída del desempleo respecto a los peores años de la crisis anterior. Sin embargo, los datos detallados del SEPE y las estadísticas de empleo evidencian una contradicción inquietante: se crea más empleo, pero no necesariamente se reduce de forma significativa la precariedad, ni se corrige la dualidad laboral ni se garantiza un salario suficiente para sacar a los hogares del riesgo de pobreza.

La reforma laboral impulsada en este periodo, que ha reducido el peso de los contratos temporales y ha fomentado la figura del contrato indefinido, ha sido presentada como una revolución histórica. Y, efectivamente, sobre el papel ha cambiado la tipología contractual, disminuyendo la temporalidad estadística y aumentando la proporción de indefinidos. Pero una parte importante de esos nuevos contratos indefinidos se concentran en modalidades de jornada parcial o en sectores con bajos salarios, lo que mantiene vivo el fenómeno del trabajador pobre: personas con empleo estable, al menos en apariencia, pero con ingresos insuficientes para superar el umbral de pobreza. Datos.

El SEPE recoge, año tras año, una evolución del paro que, aunque mejora respecto a los picos de la crisis, sigue situando a España sistemáticamente entre los países con mayores tasas de desempleo de la UE, en especial en el caso del paro juvenil. Esta cronificación de un alto desempleo estructural, combinada con una fuerte rotación laboral y una precariedad de base en amplios segmentos del mercado, impide que el descenso en las cifras globales de paro se traduzca en una reducción equivalente de la pobreza y la desigualdad.

La conclusión es incómoda para el relato oficial: más empleo no ha significado automáticamente menos pobreza, porque la calidad de ese empleo y su distribución por sectores y territorios no ha corregido los desequilibrios preexistentes. El Gobierno se ha apoyado en el volumen de afiliados y en los titulares sobre “récord de empleo”, pero ha eludido sistemáticamente la discusión sobre salarios reales, coste de la vida y productividad, que son las variables que, al final, determinan si un contrato se convierte o no en un salvavidas frente a la pobreza.

Eurostat: la España del sanchismo es el alumno crónicamente retrasado

Para calibrar en su justa medida el alcance del problema, basta con situar a España en el mapa europeo. Eurostat, la oficina estadística de la Unión, ofrece una batería de indicadores comparados sobre renta, desigualdad y condiciones de vida que permiten despejar cualquier duda: España se mantiene durante estos años en el grupo de países con peores registros en materia de pobreza relativa, riesgo de exclusión y desigualdad de ingresos, particularmente cuando se observa la evolución a partir de 2018.

Los datos europeos muestran que, pese al crecimiento económico, las políticas aplicadas no han logrado que el país converja hacia los estándares de igualdad de las economías europeas más avanzadas. El indicador de personas en riesgo de pobreza o exclusión social (AROPE), que combina pobreza de renta, carencia material severa e intensidad laboral muy baja en el hogar, refleja una persistencia preocupante de la vulnerabilidad social en España, con porcentajes que la sitúan por encima de la media de la UE y próximos a otros países del sur europeo que arrastran problemas estructurales similares.

En términos de distribución de la renta, los datos de Eurostat sobre desigualdad de ingresos confirman que el país no ha avanzado de forma sustantiva hacia una mayor equidad, a pesar del fuerte incremento del gasto público y de múltiples medidas presentadas como progresistas. La brecha entre los hogares de mayor y menor renta sigue siendo significativa, y la movilidad social ascendente continúa siendo limitada, especialmente para las generaciones más jóvenes que han vivido encadenadas a sucesivas crisis.

Este contraste con la media europea desmonta otra de las columnas retóricas del “sanchismo”: la idea de que España se estaba convirtiendo en una referencia social en la UE gracias a su “nuevo modelo” de políticas públicas. La realidad comparada, medida con criterios homogéneos, indica exactamente lo contrario: el país llega a 2026 con un retraso persistente en materia de cohesión social, sin haber conseguido transformar su crecimiento económico en una reducción consistente de la desigualdad.

El “escudo social” fracasado

Uno de los conceptos más repetidos por el Gobierno durante estos años ha sido el de “escudo social”, presentado como una red de protección sin precedentes frente a la crisis sanitaria, la crisis energética y la escalada de precios. Es innegable que se desplegaron mecanismos de emergencia —ERTE, ayudas directas, bonos y subsidios varios— que evitaron un desplome aún mayor de la renta de muchos hogares en los momentos más críticos.

Sin embargo, cuando se examina el impacto global de estas medidas en términos de reducción efectiva de la pobreza y la desigualdad, el balance es mucho menos triunfante. La propia ECV del INE y los indicadores recogidos en informes oficiales sobre evolución de pobreza y exclusión muestran que buena parte de estas políticas han funcionado como parches coyunturales, más eficaces para contener la caída inmediata que para construir un suelo de bienestar estable.

El diseño fragmentado y, en ocasiones, burocráticamente complejo de ayudas clave como el Ingreso Mínimo Vital ha provocado que una parte de las personas que más lo necesitaban quedasen fuera o llegasen tarde al sistema. A esto se suman los problemas de coordinación entre administraciones, la disparidad territorial en la gestión de prestaciones y la dificultad de muchas familias para navegar por un entramado institucional poco amigable.

El resultado final es un modelo de protección social que ha logrado amortiguar el golpe en plena tormenta, pero que no ha conseguido revertir las tendencias estructurales de desigualdad. Las estadísticas lo confirman: la pobreza relativa persiste, la carencia material no desaparece y la exclusión social sigue acechando a millones de personas. El “escudo social”, en definitiva, ha sido más eficaz en la retórica gubernamental que en la experiencia cotidiana de los hogares que viven al límite.

Relato político agotado frente a la realidad

La etapa del “sanchismo” ha sido, también, un laboratorio de comunicación política avanzada: control del marco narrativo, proliferación de anuncios, énfasis constante en la comparación con gobiernos anteriores y uso intensivo de la palabra “progreso” como eje legitimador. Pero la política, incluso en tiempos de hipercomunicación, acaba chocando con el test empírico de los datos y con la percepción íntima de los ciudadanos sobre su propia vida material.

En este sentido, el progresivo divorcio entre el relato oficial —España como modelo de protección social y recuperación justa— y las estadísticas sobre pobreza, desigualdad y precariedad laboral ha alimentado una desconfianza creciente hacia la clase política y hacia las instituciones en su conjunto. La tesis repetida de que “nunca hubo tanta protección social” pierde fuerza cuando se contrasta con la persistencia del riesgo de pobreza, con la brecha territorial en indicadores clave y con la sensación de estancamiento de amplias capas de la sociedad.

No se trata solo de un fracaso técnico en el diseño de políticas públicas, sino de un fracaso político más profundo: el de un gobierno que hizo de la bandera de la igualdad su seña de identidad y que, sin embargo, entrega al país con un paisaje social donde la vulnerabilidad económica sigue siendo la experiencia cotidiana de millones de personas. Esa contradicción entre lo prometido y lo conseguido erosiona no solo al proyecto político concreto, sino también la credibilidad de cualquier futuro programa que intente construir un consenso en torno a la justicia social.

Más allá del sanchismo

En 2026, España afronta un escenario social marcado por la fatiga, la desconfianza y una desigualdad que se ha vuelto demasiado familiar. Las series del INE, el SEPE y Eurostat permiten reconstruir la trayectoria de estos ocho años como una curva de oportunidades desaprovechadas: se dispuso de crecimiento, de margen presupuestario y de un contexto europeo favorable a políticas expansivas, pero el resultado final no ha sido una reducción nítida de la pobreza ni una democratización de la prosperidad.

El legado del sanchismo en materia social no se agota en el número de leyes aprobadas ni en el volumen de gasto público movilizado. Se mide, sobre todo, en la realidad de los barrios donde el trabajo no garantiza una vida digna, en las estadísticas que muestran una pobreza infantil que no cede, en la brecha entre comunidades autónomas que no se cierra y en la sensación generalizada de que el ascensor social se ha quedado atascado entre plantas.

La próxima etapa política tendrá que partir de un reconocimiento honesto de ese fracaso: no basta con proclamar titular tras titular sobre avances sociales si los indicadores oficiales, año tras año, apuntan en la dirección contraria. Combatir la desigualdad exige algo más que retórica y medidas de urgencia: requiere reformas profundas en el mercado laboral, una estrategia sostenida de mejora salarial ligada a productividad, una política fiscal verdaderamente redistributiva y un rediseño del Estado del bienestar que deje de ser un mosaico de parches y se convierta en un auténtico sistema de garantías.

Porque, al final, la gran paradoja de estos años es que un gobierno que se presentó como el más social de la democracia española deja tras de sí una sociedad que sigue sintiéndose profundamente insegura en términos materiales. Y en esa brecha entre promesa y realidad se juega no solo el juicio histórico sobre el sanchismo, sino también la confianza de una ciudadanía que ya no se conforma con discursos sobre igualdad, sino que exige algo mucho más simple y a la vez más difícil: poder vivir con dignidad en un país que no convierta la pobreza en costumbre estadística.

 

18/07/2026 - MARADONA TENIA RAZÓN: LA FIFA CONVIRTIÓ EL FÚTBOL EN UN NEGOCIO ANTES QUE EN UN DEPORTE

André Abeledo Fernández

Maradona tenía razón: la FIFA convirtió el fútbol en un negocio antes que en un deporte Hay personas que ven el futuro porque entienden el presente. Diego Armando Maradona era una de ellas. Mucho antes de que el Mundial de 2026 confirmara todos los peores temores sobre el rumbo del fútbol moderno, Maradona ya había advertido hacia dónde caminaba la FIFA.

No hablaba desde el resentimiento ni desde la nostalgia. Hablaba desde la experiencia de quien conocía por dentro el funcionamiento de una organización que llevaba décadas anteponiendo el dinero a los futbolistas, a los aficionados y al propio juego. Cuando afirmó que en Estados Unidos acabarían queriendo "cuatro tiempos de 25 minutos por la publicidad", muchos se rieron. Parecía una exageración más de Diego.

Sin embargo, la realidad ha terminado dándole la razón. Las pausas de hidratación se han convertido, en muchos partidos, en auténticas pausas publicitarias perfectamente integradas en el espectáculo televisivo. Oficialmente se justifican por razones climáticas, algo perfectamente razonable cuando las temperaturas son extremas. Lo cuestionable es convertir esa excepción en una norma general, independientemente del estadio, de si hay techo o de la temperatura existente.

No es casualidad que incluso futbolistas como Virgil van Dijk o entrenadores como Marcelo Bielsa hayan mostrado públicamente su rechazo a una medida que rompe el ritmo del juego y beneficia sobre todo a las cadenas de televisión y a los patrocinadores. Porque el problema nunca fue la hidratación. El problema siempre ha sido el negocio. Maradona llevaba denunciándolo desde los años ochenta.

Ya en México 1986 criticó que la FIFA obligara a jugar al mediodía bajo un calor insoportable para satisfacer los horarios televisivos europeos. La salud de los jugadores quedaba subordinada a la audiencia y a los ingresos publicitarios. Cuatro décadas después, la lógica sigue siendo exactamente la misma. La FIFA ha perfeccionado un modelo donde el fútbol es simplemente el producto.

Los jugadores son el material de consumo. Los aficionados son clientes. Y el campeonato más importante del planeta funciona como una gigantesca plataforma comercial. No resulta extraño que Maradona acabara enfrentándose abiertamente a la organización. Lo hizo cuando denunció el reparto obsceno de los beneficios de los Mundiales. Mientras la FIFA acumulaba miles de millones de dólares, los verdaderos protagonistas recibían una parte mínima del pastel.

Lo hizo cuando acusó directamente a Blatter, Platini, Havelange o Grondona de convertir el fútbol en un negocio privado. Y el tiempo volvió a darle la razón cuando el escándalo del FIFAGate destapó una de las mayores redes de corrupción de la historia del deporte. Lo que durante años fue presentado como las paranoias de un personaje incómodo terminó siendo confirmado por investigaciones judiciales internacionales.

Diego no era un santo. Cometió errores muy graves dentro y fuera del campo. Su lucha contra las adicciones marcó parte de su vida y él mismo nunca intentó ocultarlo. Pero reducir su figura a esos episodios supone ignorar otra faceta mucho menos conocida y extraordinariamente importante: la del sindicalista del fútbol. Pocos recuerdan que impulsó una asociación internacional de futbolistas para defender los derechos laborales de los jugadores frente al enorme poder de la FIFA y de las federaciones nacionales.

Maradona entendía que sin organización colectiva los futbolistas serían simples mercancías en manos de los dirigentes. Era una visión profundamente obrera del deporte. Porque detrás de cada gran estrella existen miles de futbolistas profesionales con carreras cortas, contratos precarios, lesiones permanentes y muy poca capacidad de decisión sobre el calendario, los desplazamientos o las condiciones de trabajo.

Mientras la FIFA multiplica competiciones para aumentar ingresos, los jugadores acumulan cada vez más partidos, más kilómetros, menos descanso y un riesgo creciente de lesiones. El calendario internacional se ha convertido en una auténtica explotación física de quienes sostienen el espectáculo. Todo para seguir aumentando la facturación. Por eso las palabras de Maradona siguen resultando incómodas incluso después de su muerte. No denunciaba únicamente a unos dirigentes concretos. Denunciaba un modelo entero.

Un modelo donde el fútbol deja de pertenecer a quienes lo juegan y a quienes lo sienten para convertirse en propiedad de multinacionales, fondos de inversión, televisiones y patrocinadores. El Mundial de 2026 representa, probablemente, la culminación de esa transformación. Tres países organizadores, más selecciones, más partidos, más ingresos, más publicidad y más negocio. Todo es más grande. Todo factura más. Pero resulta legítimo preguntarse si también es mejor para el fútbol. Maradona sospechaba que no. Y, una vez más, la realidad parece haber terminado dándole la razón.

 

jueves, 16 de julio de 2026

16/07/2026 - EL RACISMO DE SALÓN DE m. RAJOY Y LA POBREZA INTELECTUAL DE LA DERECHA

André Abeledo Fernández

El racismo de salón de M. Rajoy y la pobreza intelectual de la derecha Hay ocasiones en las que una sola frase retrata una forma de entender el mundo mejor que un programa electoral entero. Eso es exactamente lo que ha sucedido con Mariano Rajoy. Un expresidente del Gobierno ha sido capaz de provocar un conflicto diplomático escribiendo sobre un partido de fútbol.

No deja de sorprender que quien ocupó durante años la máxima responsabilidad política del Estado termine ofreciendo una imagen tan pobre, tan frívola y tan alejada de la realidad. Su comentario sobre la selección francesa no fue una simple broma desafortunada. Refleja una manera de pensar profundamente arraigada en una parte de la derecha española: una visión clasista, excluyente y, en demasiadas ocasiones, abiertamente racista y xenófoba.

Porque el problema no es el fútbol. El problema es la idea que se esconde detrás de ese discurso: que, para ser francés, español, alemán o portugués habría que tener un determinado color de piel, unos apellidos concretos o un árbol genealógico libre de inmigrantes. Es una concepción de la nación basada en la sangre y el origen, no en la ciudadanía, los derechos y la convivencia. Esa forma de pensar no solo es moralmente cuestionable; también choca con la realidad.

Las sociedades europeas llevan décadas siendo diversas. Millones de personas han nacido en países distintos al de sus padres o abuelos y forman parte de ellos con absoluta normalidad. Pagan impuestos, trabajan, estudian, crean empresas, participan en la vida pública y sienten esos países como propios. La nacionalidad no la determina el color de la piel. Tampoco los rasgos físicos.

La determina la ley, pero también la pertenencia a una comunidad, la vida compartida y el compromiso con la sociedad en la que uno nace o desarrolla su proyecto vital. Por eso existen jugadores nacidos en España de familias marroquíes que deciden representar a Marruecos, igual que otros, hijos de inmigrantes, nacidos en España, eligen vestir la camiseta de la selección española. Exactamente lo mismo sucede en Francia, Portugal, Alemania, Bélgica o cualquier otro país con una sociedad diversa. Es una realidad normal en el siglo XXI.

Lo preocupante es que quien fue presidente del Gobierno parezca incapaz de comprender algo tan elemental. Y más preocupante aún es que ese discurso encuentre eco en sectores de una derecha que, lejos de evolucionar, parece instalada en una nostalgia identitaria que nada tiene que ver con la realidad de los pueblos europeos. No se trata de negar la importancia de la identidad nacional. Al contrario. La identidad de un país se construye con su historia, su cultura, su lengua y sus valores democráticos. Pero precisamente esos valores exigen entender que la ciudadanía no depende del color de la piel ni del origen familiar. La España de hoy es diversa, como lo es Francia, como lo son la mayoría de los países europeos. Negarlo no cambia la realidad; solo alimenta prejuicios y divisiones. Cuando un expresidente reduce un debate deportivo a una cuestión de origen étnico, no demuestra ingenio.

Demuestra una enorme pobreza intelectual. Y cuando parte de la derecha aplaude ese tipo de mensajes, confirma que sigue atrapada en una visión del mundo que confunde nación con raza y patriotismo con exclusión. El fútbol, como la sociedad, debería servir para unir a personas distintas bajo unos mismos colores. Quien no entiende eso, difícilmente puede entender la democracia plural del siglo XXI. Lamine Yamal es un futbolista español. Nació en España, representa a la selección española y se ha convertido, pese a su juventud, en una de sus principales figuras. No debería ser necesario recordar algo tan evidente. Sin embargo, hay quienes siguen cuestionando la españolidad de algunos ciudadanos por el color de su piel, por el origen de sus padres o por sus propios prejuicios. Lamine Yamal representa a España con su talento, su compromiso y su fútbol. Como tantos otros españoles de orígenes diversos, demuestra que la identidad de un país no se mide por los apellidos ni por el aspecto físico, sino por la ciudadanía, la convivencia y el proyecto común.

Mientras algunos se dedican a sembrar odio, división y desconfianza, deportistas como él proyectan una imagen de una España plural, abierta y capaz de ilusionar a millones de personas. Se puede debatir de fútbol. Lo que no debería debatirse es la condición de español de quien lo es por nacimiento y representa a su país con orgullo y excelencia. En el caso de Mariano Rajoy, resulta difícil aceptar lecciones de patriotismo o de representación institucional. Su Gobierno terminó siendo desalojado mediante una moción de censura tras una sentencia que acreditó la existencia de una trama de corrupción vinculada al Partido Popular, un hecho sin precedentes en la democracia española. Ese desenlace marcó de forma inevitable su legado político.

Tampoco ayuda a reforzar su autoridad moral recordar episodios como sus salidas durante el confinamiento por la pandemia, cuando miles de ciudadanos cumplían estrictamente unas restricciones que él interpretó de una manera muy particular. Aquella actitud fue ampliamente criticada porque transmitía la sensación de que las normas eran para los demás. Ahora, ya como expresidente del Gobierno, Rajoy ha vuelto a generar polémica con un artículo sobre la selección española y Lamine Yamal que ha terminado provocando un innecesario conflicto diplomático con Francia.

No deja de ser llamativo que alguien que ocupó la máxima responsabilidad institucional contribuya a alimentar una controversia de este tipo por un asunto estrictamente deportivo. Quizá el problema sea que, en ocasiones, algunos dirigentes dicen con total naturalidad lo que realmente piensan. Y cuando desaparecen los discursos cuidadosamente preparados, afloran prejuicios y formas de entender la sociedad que explican muchas de sus actuaciones políticas. No es una cuestión exclusiva de Rajoy; también ocurre con frecuencia en declaraciones de otros dirigentes de la derecha española, como Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo o Santiago Abascal.

El patriotismo no consiste en señalar quién es más o menos español según su origen, el color de su piel o el apellido que lleve. Tampoco en utilizar el deporte para alimentar divisiones identitarias. Representar a un país exige responsabilidad, especialmente cuando se ha ocupado la Presidencia del Gobierno. Y precisamente por eso, las palabras de un expresidente nunca son irrelevantes.

 

miércoles, 15 de julio de 2026

15/07/2026 - COPIA Y PEGA: LA DEFENSA DE LA VIDA

Me he tomado la libertad de copiar a Juan Torres López, uno de los economistas más destacados del país y un articulista ejemplar. Este artículo que les expongo literalmente es un ejemplo de la sabiduría que atesora esta persona y que merece la pena que sea leído por la mayor parte de la gente honesta y dispuesta siempre a defender la razón por encima de todo.

Dice así:

​ Defender la vida no es defender la del embrión y permitir que mueran sin recursos niños y ancianos”.

“No necesito pronunciarme sobre si es necesario o justo defender la vida, que quizá puede comenzar o no, de un concebido no nacido, según la expresión de la ley que acaba de aprobarse en Madrid a propuesta del Partido Popular. Toda vida humana merece ser cuidada y lo puedo dar por bueno. Lo que me resulta inaceptable es el cinismo.

Porque es cinismo que quienes hoy levantan la bandera de la defensa de los embriones son los mismos que dejaron morir a 7.291 personas mayores en las residencias de Madrid por no ofrecerles la atención hospitalaria que necesitaban. Son los mismos que asfixian la sanidad pública mientras convierten la salud en un negocio. Los mismos que permiten que miles de niños y niñas intenten aprender en aulas cercanas a los cuarenta grados mientras encuentran dinero para mejorar los colegios a dónde van los ricos.

Son los mismos que llaman "cáncer" a las bajas laborales y parecen preferir trabajadores enfermos antes que seres humanos protegidos. Los mismos que llevan años cuestionando las pensiones públicas, la protección social, la solidaridad organizada y cualquier política destinada a garantizar una vida digna a quien menos tienen.

Los mismos que presentan el "buenismo" como un defecto y la compasión y la piedad como una ingenuidad.

Los mismos que hablan de libertad mientras niegan a millones de personas los recursos imprescindibles para que puedan disponer de capacidades efectivas que le permitan ejercerla realmente. Porque no hay libertad, sino vida mala, donde hay hambre, miedo, enfermedad, desempleo o exclusión.

Son los mismos que criminalizan a quienes emigran huyendo de la guerra, del hambre o de la miseria, aunque buena parte de nuestra economía dependa precisamente de su trabajo, y aunque huyan justamente de la ruina y los destrozos que vienen provocando desde hace décadas nuestra avaricia y nuestro robo organizado de sus riquezas. Los mismos que persiguen, insultan, amedrentan y encarcelan a quienes no consideran personas con derechos porque carecen de papeles. Los mismos a los que, en lugar de encogérsele el corazón cuando los ven llegar huyendo del dolor y la miseria, hambrientos y jugándose la vida, reclaman que se les condene y rechace.

Los mismos que reclaman cada vez más dinero para armas y cada vez menos para cooperación, desarrollo, educación, dependencia o lucha contra la pobreza.

Los mismos que aplauden políticas como las impulsadas por Donald Trump contra inmigrantes y refugiados, la reducción de programas sociales, los recortes fiscales que benefician sobre todo a los más ricos o el debilitamiento de los sistemas públicos de protección. Los mismos que miran con simpatía a gobiernos que persiguen a quienes piensan distinto, restringen derechos civiles o convierten la desigualdad en un mérito.

Los mismos que hablan continuamente de valores cristianos mientras olvidan las palabras más sencillas del Evangelio: dar de comer al hambriento, acoger al extranjero, cuidar al enfermo, visitar al preso.

Los mismos que nunca hablan de los millones de seres humanos que mueren de hambre, de quienes viven solos, de quienes no pueden pagar un alquiler, de quienes esperan meses una operación, de quienes trabajan y siguen siendo pobres. Los mismos que proponen y promulgan las leyes que provocan que todo eso ocurra.

Los mismos que dicen proteger la vida y niegan el daño a la naturaleza, que reclaman la eliminación de los controles que impiden destrozar el medio ambiente y que usan los recursos naturales que sostienen la vida en el planeta como si fueran un patrimonio propio que pueden dilapidar a su antojo con tal de ganar dinero.

Esos mismos son ahora quienes quieren presentarse como los grandes defensores de la vida.

No es cierto. Defender la vida no consiste únicamente en proteger el comienzo de su existencia. Es protegerla en toda su extensión temporal y la de todos los seres humanos por igual, desde el primer latido hasta el último aliento de cualquier persona, sea potentada o una inmigrante sin papel alguno.

Defender la vida no es defender la del embrión y permitir que mueran sin recursos niños y ancianos. Es defender también a cualquier mujer embarazada sin recursos y al niño que pasa calor en un colegio sin climatización. Defender la vida no es defender al que quizá nacerá y dejar sin atención al enfermo que espera una cama, o morir de hambre a millones de personas o incluso impedir que los pobres duerman en la calle o se les lleve comida y ayuda, como ha prohibido el mismo Partido Popular en Madrid. Defender la vida no es defender al feto y no al inmigrante, proteger al que tiene éxito y dejar en la estacada a quien no tiene nada.

La derecha dice defender la vida porque defiende al concebido no nacido, pero cuando hace al mismo tiempo esas políticas no la defiende. Lo que muestra en realidad es que para ella la vida pierde su valor cuando se nace. Porque a partir de entonces les vale mucho más las de unos seres que las de otros, e incluso las de algunos no les vale absolutamente nada. ¿Para qué sirve invocar la defensa de la vida únicamente cuando esa vida aún no reclama derechos sí, cuando la persona ya ha nacido, enferma, envejece, pierde el empleo, cruza una frontera huyendo del hambre o necesita ayuda, se la abandona?

Es puro cinismo. Y el cinismo, como dijo Javier Marías, es la brutalidad en estado puro”.

 

Fdo.: Ángel Morillo Triviño

15/07/2026