Sí Sr. González Ruibal, la justicia española
condena a la gente de izquierda por indicios y absuelve a la gente de derechas
por pruebas. Pues, ¡le pueden dar por el cu… a esta mierda de plutocracia!
Durante el
auge del fascismo hace un siglo surgieron por todo el mundo milicias que
sembraban el terror en las calles. En cada uno de los casos se identificaron
por el color de su atuendo: en España los falangistas cantaban en el himno a su
camisa nueva, que era azul; los ultras italianos eran los camiccie nere; a los miembros de la Sturmabteilung nazi se les reconocía por sus
casacas pardas. El premio a la originalidad se lo llevan los fascistas
mexicanos (que también los había): los matones de Acción Revolucionaria
Mexicanista vestían camisa dorada.
Independientemente
del color del uniforme, todos perseguían los mismos objetivos: el primero de
todos, destruir la democracia liberal.
En
tiempos de posfacismo, las milicias han mutado. En algunos casos se han convertido
en cuerpos policiales con mandato legal, como el ICE en Estados Unidos. En
España, han encontrado un nicho en empresas de desokupación, donde realizan la
noble y patriótica tarea de expulsar de sus hogares a familias y ancianos.
Sin
embargo, en términos generales lo de pasearse por la calle con uniforme
paramilitar ya no se lleva. Es una de esas cosas que marcaron tanto al fascismo
clásico que sus descendientes ideológicos no se atreven a reclamar
públicamente: les ceden los derechos a grupúsculos neonazis que abrazan sin
complejos el legado totalitario. En realidad, el apartamiento de la violencia
paramilitar es parte del plan de legitimación del posfascismo desde 1945.
Más
allá de la estrategia política, lo cierto es que la extrema derecha no necesita
milicianos disfrazados para sembrar el terror, igual que ya no necesita tanques
ni generales para hacerse con el poder. Cuentan con medios menos sangrientos e
igual de efectivos. Porque los camisas pardas de ayer llevan togas negras hoy.
Son
los abogados ultras que interponen denuncias y los jueces ultras que las
admiten a trámite y que fallan a su favor. No van por la calle dando palizas,
pero son tremendamente efectivos. Más, de hecho, que los paramilitares. Porque
la violencia callejera suele provocar resistencia, incluso una movilización
masiva contra el fascismo. Como sucedió en la batalla de Cable Street, en 1936,
donde los provocadores de Oswald Mosley consiguieron que se aliaran irlandeses
católicos, judíos, comunistas y hasta marineros somalíes para expulsar a los
camisas negras. Fue el principio del fin del fascismo inglés.
Con
la violencia legal de los togas negras sucede lo contrario. Esa sí que tiene el
poder de paralizar. Uno se lo piensa dos veces antes de expresar su opinión,
hacer un chiste, dibujar una viñeta satírica. interpretar una obra de teatro o
promover una ley progresista si sabe que puede acabar ante el juez o en el
calabozo.
Mientras
unos togas negras luchan por acabar con la libertad de expresión de raperos o
humoristas, otros persiguen a historiadores. O impiden a familiares de víctimas
del franquismo recuperar los restos de sus seres queridos. O frustran la
resignificación del Valle de los Caídos. O revientan las políticas sociales de
un ayuntamiento. O desgastan un gobierno que no les gusta para conseguir que
lleguen los suyos al poder.
Y
cuando los suyos llegan, los togas negras emprenden una campaña para acabar con
el aborto, limitar el voto de la gente que no
vota bien o privar a los inmigrantes de derechos básicos. Es mucho más difícil luchar contra los togas negras que
contra los camisas pardas.
Y es
que los togas negras no llevan porras ni botas militares. Pero dan mucho más
miedo.
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