Suceden cosas cada vez más insólitas. No me extraña que calen tanto en la
gente las noticias falsas, cuando las verdaderas son tan increíbles. Vivimos en
un meme. Las muy respetables señoras de Donostia están estos meses en pie de
guerra porque, por orden del señor alcalde, no les dejan repartir bocadillos
entre la gente hambrienta de la ciudad. Digo señoras porque son casi todas
mujeres, no por inercia sexista. Benditas mujeres. Hacen cosas.
El alcalde de San Sebastián se llama Jon Insausti y, aunque parezca
mentira, no es del PP ni de Vox. Milita en el Partido Nacionalista Vasco. Aquel
PNV que, en la mitología política, considerábamos el último bastión de la
democracia cristiana. Hoy neoliberal. Hoy excluyente. Hoy paradigma de la
crueldad burguesa. Los burgueses, como los ricos, también lloran. Pero solo por
lo suyo. Es el suyo un llanto aspiracional. Arribista.
Por orden del señor alcalde, los policías municipales comunican a estas
bellísimas mujeres solidarias que pueden ser denunciadas por “ocupación ilegal
del espacio público”. Vamos, que aplicando esa norma a rajatabla ningún
ciudadano de Donostia puede ir a la compra con un carrito. Pero no es así. Se
le permite llevar carrito al que compra, al que gasta, al que consume. Pero
llevar un carrito lleno de regalos y generosidad es ilegal. Es okupa.
Que llamen a Donostia a Dani Esteve para que monte una empresa contra tal
contradiós. Les regalo el nombre: Desokupa Carritos. Los cobardes
ultrafascistas hormonados en los gimnasios podrán apalear a estas mujeres con
impunidad si cargan narcoalijos de bocadillos de panceta envueltos en papel
albal para los pobres. Por orden del señor alcalde. No de Vox, no del PP. Del
PNV.
Esto de perseguir la solidaridad se está convirtiendo en la nueva
moda fashion del neoliberalismo. Empezaron por criminalizar a
las ONG que rescataban a migrantes en el Mediterráneo. Los acusaban de
complicidad con las mafias. Si vas en yate y ves a unos niños ahogándose en el
mar sin rescatarlos, no eres cómplice de las mafias. Hasta te puedes hacer
un selfie. Ahora, los ultrafascistas neonazis –que ya es redundar-
se han movilizado en Ceuta para impedir que Cruz Roja reparta comida a los
desamparados de la desbandá orquestada por Mohamed VI.
Marruecos quiere recuperar Ceuta y Melilla, como los españoles de banderita
quieren anexionarse Gibraltar. No ve uno mucha diferencia.
Otra de las consignas que ha comunicado a sus policías locales el alcalde
Jon Insausti –no de Vox, no del PP- es el explicarles a estas bellísimas
mujeres, si se ponen respondonas, que lo de repartir bocatas no es en sí
delito. O sea, que pueden repartir bocatas de choped entre los
ricos, los banqueros, las marquesas y los registradores de la propiedad. Pero
no entre los pobres, los negros, los panchitos y los árabes.
Ahí están frisando los límites de nuestro código penal, que está encuadernado
en piel de blanco neonato.
El alcalde Jon Insausti, Jon Infausti, es como esas beatas –sí
del PP, sí de Vox- que reparten céntimos a las puertas de la iglesia solo a
pobres de tez alba. Y se van tan panchas y tan anchas caminito al cielo de su
señor Jesucristo. Por cierto: no hay evidencia bíblica alguna sobre el color de
la piel de Jesús. Imaginaos el susto de estas damas si pasaran las puertas de
San Pedro y las recibiera un dios negro. Qué contrariedad. Traed las sales.
Cuando Juanma Bajo Ulloa estrenó en 1997 la exitosísima película Airbag,
uno de los gags más reídos era cuando aparecía el lehendakari y
era negro. Ojalá Sorginberri, la bruja vasca novata, saliera de los bosques y
se colara en el ayuntamiento de Donosti para convertir a Jon Insausti en negro
y pobre. Así aprendería lo que significa un bocata. Y la belleza. Y la
solidaridad.
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