En esta entrada de curso brutalizada por la evidencia de la desatención en
Ceuta, del empuje de los fascistas y sus banderas, de que puedes prenderle
fuego a las pertenencias de los más pobres sin que te pase nada, ante los ojos
de las fuerzas policiales, en esta entrada de curso, alguien ha pronunciado la
palabra “elecciones” y me ha parecido un corte a negro hacia el hielo
del pasmo.
Empieza la campaña electoral. Ha empezado ya, claro, pero empieza ahora en
serio, porque acabaremos el curso con elecciones y parece como si nadie a la
izquierda estuviera preparado para la negrura de la nube que se acerca. Como si
alguien estuviera meciendo una cuna vacía, arrullando una ausencia
sobre la tierna sábana huérfana.
Durante esta legislatura, a veces lentamente y otras de un tirón, todo el
arco político ha ido desplazándose hacia la derecha, de manera que, si
tuviéramos que agarrarnos a alguna medida claramente progresista, nos podemos
agarrar apenas al clavo de la regularización de personas migrantes, y todavía
queda por ver el resultado final. Y me refiero a “una medida claramente
progresista” en tanto que no se trata de que suene bien o impida un
retroceso. Se trata de aquella que altera una relación de poder.
Frente a ello, cabe preguntarse qué más. ¿Qué transformación
estructural ha producido esta legislatura? ¿Qué derecho nuevo podrá
defender la izquierda en las próximas elecciones? ¿Qué conquista concreta ha
cambiado la vida cotidiana de la mayoría?
La reducción de la jornada laboral a 37 horas y media, presentada como la
gran medida de Sumar, cayó en el Congreso. No se ha derogado la ley
mordaza, algo que ya no parece importarle a nadie, dicho sea de paso.
No tenemos un nuevo Estatuto de los Trabajadores. No ha habido una reforma
fiscal capaz de desplazar de manera significativa la carga desde las rentas del
trabajo hacia las grandes fortunas, los beneficios empresariales y el capital.
Y, por encima de todo, no se ha intervenido el mercado de la vivienda con una
contundencia remotamente proporcional a la emergencia que existe.
La vivienda es el ejemplo más brutal porque es ahí donde una generación
entera, o seguramente ya varias, comprueba cada mes la distancia entre el
discurso progresista y su vida. Los alquileres siguen devorando los salarios
—miserables, algo de lo que tampoco se habla—. Las ciudades continúan
expulsando a quienes trabajan o trabajaban en ellas. En este momento, alquilar
una habitación cuesta lo que a principio de legislatura costaba alquilar un
apartamento.
Gobernar consiste, básicamente y si no estalla una crisis, en decidir dónde
se recauda y en qué se gasta lo recaudado. Es decir, quién paga y quién recibe.
Un gobierno que no consigue aprobar un solo presupuesto propio puede gestionar,
parchear, repartir algunos fondos y aprobar decretos. Pero difícilmente
puede transformar el país. Además, la cuestión sería “para qué”.
Porque si algo está quedando lamentablemente claro es la falta de imaginación a
la hora de plantear un futuro de inversiones públicas.
Está terminando lo que podríamos llamar una legislatura de
resistencia. Cada semana se nos ha presentado la mera supervivencia del
Gobierno como una victoria política. Sobrevivir a Junts. Sobrevivir a los
tribunales. Sobrevivir a los escándalos del PSOE. Sobrevivir a una nueva
votación. Sobrevivir al PP. Sobrevivir a Vox.
Eso, y la amenaza de que lo que viene será peor. ¡Y por supuesto
que será peor! Una coalición de PP y Vox supondrá un ataque frontal
contra los derechos de las mujeres, las personas migrantes, las políticas
climáticas, la memoria democrática y los servicios públicos. Ya no necesitamos
ni siquiera echar mano de la imaginación: basta observar los acuerdos que ambas
formaciones alcanzan en Aragón, Extremadura, Castilla y León…
Pero el miedo tiene un límite político. Sirve para cerrar filas
una vez, quizá dos. No construye indefinidamente una mayoría social. Sobre todo,
cuando se pide a la ciudadanía que tema lo que vendrá mientras se le niega
cualquier razón material para entusiasmarse con algo alternativo, claro, sólido
y que suene a ligeramente nuevo.
El problema de las próximas elecciones no será, como se afirma ahora, que
algunos votantes de izquierdas se hayan vuelto de derechas. La izquierda
decepcionada no suele levantarse una mañana convertida en fascista. Sencillamente,
deja de votar. Se queda en casa. Decide que da lo mismo. Mientras
tanto, la extrema derecha vota. Vota enfurecida, disciplinada y convencida de
que está a punto de recuperar algo que le pertenece.
Si el único movimiento que van a hacer las izquierdas consiste en mecer la
cuna, más les valdría comprobar cuanto antes si en la cuna duerme
alguien.
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