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Comentario: Juan
Torres López tiene mucha razón, como siempre que escribe algo. Pero, me da
que en este país puede más el sillón que lo que interesa a la ciudadanía, por
lo que es obvio que lo que había que hacer es, aunque cueste mucho asumirlo,
votar al partido de izquierdas para el Senado que más posibilidades tiene de
ganar. Lo contrario es hacer el canelo, sencilla y claramente. Y los ladrones
de pobres actuarán sin inmutarse sobre las pensiones, la sanidad, la
educación y todos los servicios sociales, además de los salarios, los
alquileres y las comisiones bancarias y todo lo que se les ponga por delante
para llenarse la andorga a costa de los demás. Yanquilandia arruinada es un
ejemplo que hay que combatir… en la calle si es necesario y en donde sea si
se atropella el trabajo y el poco bienestar que tenemos. |
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En contra de lo que repite la caja de resonancia mediática de la derecha,
el resultado de las próximas elecciones no está escrito |
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Las próximas elecciones generales serán cruciales en
España, como lo están siendo en tantos otros países. La extrema derecha
avanza sin descanso y las fuerzas progresistas suelen afrontarlas divididas.
Es una tragedia, porque la amenaza a las libertades y a la democracia no es
una hipótesis teórica, sino algo que estamos comprobando que sucede en los
países donde esas fuerzas llegan al gobierno y disponen de mayorías
parlamentarias. En España vivimos un momento especialmente delicado.
Sin gobernar siquiera, la derecha y la extrema derecha utilizan aparatos del
Estado e instituciones -desde la policía a la administración de justicia,
pasando por el Senado- para combatir por cualquier medio a un gobierno que,
desde el primer momento y con independencia de lo que pudiera haber hecho, ya
consideraron ilegítimo. Sólo buscan acorralar y acabar, a veces de forma
abiertamente inmoral, con quienes no consideran que seamos "españoles de
bien", como se definen con exclusividad a sí mismos. Lo hacen cada vez con más intensidad y con un
nerviosismo revelador. Porque, en contra de lo que repite la caja de
resonancia mediática de la derecha, el resultado de las próximas elecciones no
está escrito. Es cierto que la mayoría de las encuestas señalan su ventaja en
intención de voto, pero también en julio de 2023 daban por hecha una mayoría
de PP y Vox y las urnas no la confirmaron. Falta, además, mucho tiempo y el voto progresista
puede movilizarse y dar muchas sorpresas. La derecha lo sabe y la experiencia
pasada la saca de quicio. Por eso va a ir a por todo antes de que las
elecciones se celebren y ese es, precisamente, el origen de las prisas, del
atropello y de los ataques desaforados contra el gobierno de Pedro Sánchez,
al que se quiere derribar como sea. Por eso resulta descorazonador comprobar que las
fuerzas de izquierda no terminen de ponerse de acuerdo, ni siquiera en
cuestiones que son de mínimos: defender una democracia, unas libertades y un
bienestar hoy claramente amenazados. A la dificultad que supone la desunión se añade
otra, no menos decisiva: las leyes electorales no ayudan a que las mayorías
sociales se traduzcan en mayorías institucionales. Y el caso más flagrante de
ello es el del Senado. Como es sabido, en cada provincia peninsular se
eligen cuatro senadores, pero cada votante solo puede marcar tres nombres. Se
trata, pues, de un sistema mayoritario en el que el partido más votado se
lleva el 75 % de la representación provincial. Se castiga, por tanto, al bloque que se presenta
fragmentado y, como el voto progresista se reparte entre varias siglas (PSOE,
Sumar, Podemos, izquierdas territoriales...), rara vez resulta más votada una
sola de ellas, incluso allí donde el conjunto de la izquierda es mayoritario. La distorsión salta a la vista, como ha mostrado el
economista y demógrafo Juan Antonio Fernández Cordón en un análisis reciente.
En las últimas elecciones del 23 de julio de 2023, los bloques de izquierda y
de derecha empataron prácticamente en votos -en torno al 50 % cada uno- y,
pese a ello, la derecha se llevó 127 senadores electos frente a los 81 de la
izquierda. Un cuasi empate en las urnas se convirtió en una diferencia de más
de cuarenta escaños. En no pocas provincias la izquierda fue incluso
mayoritaria en votos y, aun así, no logró la mayoría de sus senadores. Por todas estas razones, un amplio grupo de personas
de distintas sensibilidades progresistas estamos impulsando una iniciativa
para presionar -y no me duele emplear esta palabra- a los partidos de
izquierda para que acuerden candidaturas unitarias al Senado en el mayor
número posible de provincias. No hace falta reformar la Constitución, ni la
ley electoral, ni ninguna mayoría parlamentaria previa. Basta voluntad
política para decidir que, allí donde el bloque progresista es mayoritario,
concurra una sola candidatura de tres nombres capaz de ser la más votada y de
llevarse tres de cada cuatro senadores. Y no se trata de un brindis al sol. El propio Fernández
Cordón ha estimado, circunscripción a circunscripción, lo que esa unidad
podría dar de sí: en un escenario favorable, unas candidaturas unitarias bien
planteadas alcanzarían 134 senadores de elección directa, es decir, la
mayoría absoluta del Senado. Incluso en el escenario más prudente la
izquierda mejoraría con claridad su posición actual. Lo que hoy es una
mayoría absoluta de la derecha utilizada para combatir por cualquier medio al
gobierno y tratar de bloquear su acción política, podría convertirse, sin
cambiar una sola coma de la ley, en una mayoría de progreso. No es una ocurrencia ni un experimento de
laboratorio, sino un camino ya recorrido con éxito en otras ocasiones y
territorios y la lección de todas ellas es inequívoca cuando ya no vivimos
tiempos de mayorías absolutas de un solo partido: cuando la izquierda se ha
presentado unida al Senado, ha ganado; cuando ha ido dividida, se lo ha
regalado a la derecha. Las dificultades para que se haga posible una
iniciativa de este tipo no son pocas. En el bloque de progreso conviven
fuerzas nacionalistas e independentistas que difícilmente cabrían en una
misma papeleta en todo el territorio, y el sectarismo y la falta de lucidez
también existen en las filas progresistas. Los partidos deben superarlas
quizá intentando no una lista única de ámbito nacional, sino acuerdos
pragmáticos por comunidades, o incluso provincia a provincia, allí donde una
candidatura conjunta sea viable y sume. No se pide a nadie que renuncie a lo
que tiene. Pedimos inteligencia y generosidad, sencillamente, para no regalar
a la derecha lo que puede estar en manos del progreso. Es una iniciativa, además, valiosa en sí misma. No
importa gane quien gane el Congreso. Si hay mayoría progresista, un Senado
que no sea monopolio de la derecha evita que la Cámara se convierta en una
barricada que ha acumulado en dos años y pico más choques institucionales
entre las Cámaras y el Gobierno que en las catorce legislaturas anteriores
juntas, y con el solo propósito de frenar lo que no logra evitar en las
urnas. Si ganase la derecha y la extrema derecha (ya
prácticamente una misma cosa) el riesgo que conlleva no sacar adelante la
iniciativa es muy grande. Con los tres quintos de la Cámara, la derecha
podría designar por sí sola a los magistrados del Tribunal Constitucional
pendientes de renovación y, más adelante, a una parte del Consejo General del
Poder Judicial, terminando de moldear a placer los órganos que deben arbitrar
nuestra democracia. Incluso en el peor escenario del Congreso, la iniciativa
que impulsamos serviría, al menos, para que la mayoría social plural esté
representada y para negar a la derecha esa supermayoría amplificada y
ficticia. Animamos, por eso, a cuantas personas deseen que la
mayoría ciudadana progresista se vea representada en el Senado, que quieran
acabar con el sectarismo con que se está utilizando la mayoría del PP y que
aspiren a una España donde el diálogo, la pluralidad y el respeto presidan la
vida política, a que impulsen esta iniciativa. El manifiesto que la explica con detalle puede
leerse en senadoresporlademocracia.es. Pero no debería quedarse en un papel
que circule más o menos ampliamente, sino en un banderín de enganche para
realizar actos, manifestaciones y convocatorias que, de la forma más amplia y
democrática posible, reclamen a los partidos progresistas coherencia y unidad
para acudir juntos a las elecciones al Senado. No podemos resignarnos ante un sistema injusto. Hay
que reaccionar y usar con inteligencia las reglas que tenemos para que la
voluntad mayoritaria del país deje de estar secuestrada por una cámara
diseñada para amplificar al más fuerte. Conseguir un Senado democrático en
las próximas elecciones es, ahora, una manera muy concreta de defender la
democracia. Y los partidos a quienes nos dirigimos deberían tener presente
algo fundamental: no poner en práctica esta iniciativa de unidad no va sólo
en su propio perjuicio, sino que supone desarmar aún más a millones de
personas que están sufriendo por el desmantelamiento de los servicios públicos,
los desahucios, la subida de precios de bienes básicos y por un clima de
polarización y enfrentamiento que destroza la convivencia y nos paraliza. |
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