La operación de Estado para liquidar el socialismo en España está a punto de consumarse tras los últimos casos de corrupción
José Antequera
01/07/2025
“Hemos derrotado el sanchismo”. Esa es la frase que más se escucha estos
días entre las derechas españolas felices y ufanas tras el encarcelamiento
de Santos Cerdán. Hay triunfalismo y ambiente de victoria
en todas partes, en el PP, en Vox, entre los jueces activistas del sector
conservador, en las cloacas policiales y en el conglomerado mediático o
caverna. La orden taxativa de Aznar (“el que
pueda hacer que haga”), se ha consumado a la perfección y cautivo y desarmado
el Ejército rojo han alcanzado las tropas nacionales, esta vez sin pegar un
solo tiro, sus últimos objetivos no ya militares, sino políticos.
Sin embargo, uno cree que el vencido no es Sánchez,
ni siquiera el sanchismo, su utópico programa político que supuestamente llegó
para limpiar el país de corrupción y que ha terminado como un papel enfangado
en el lodazal de un hedor insoportable. Lo que aquí se está jugando es mucho
más que acabar con el tótem fugaz y su manual de resistencia. Estamos, ni más
ni menos, que ante una operación de Estado de gran calado que va mucho más
allá, ya que se trata arrojar al PSOE al vertedero de la historia, de enterrar
el socialismo, de acabar de una vez para siempre con la incómoda y molesta
izquierda. Basta con ver lo que está ocurriendo en Francia para saber lo que nos espera a corto
plazo: un sistema bipolar dominado por dos fuerzas del mismo signo,
conservadora y ultranacionalista, y una izquierda completamente dividida y
desarbolada.
A la derecha española siempre le ha sobrado la socialdemocracia, esa ideología
política destilada de la esencia de la revolución comunista que garantiza
derechos laborales, sanidad y educación públicas, pensiones y un cierto nivel
adquisitivo a las clases trabajadoras. Para los poderes fácticos empeñados en
preservar sus privilegios de clase, mucho mejor un modelo bipartidista uniforme
formado por un centro conservador fuerte (PP) y una alternativa neofascista
bajo su aparente control (Vox) que un pacto con la izquierda. Hoy el
conservadurismo patrio babea de gusto en la creencia de que ha llegado el
momento esperado durante medio siglo. El momento de propinarle la puntilla
letal al PSOE para darle una vuelta de tuerca al régimen del 78 y a la
propia Constitución, que nunca les gustó por excesivamente
roja, progre y adelantada a su tiempo (ya tienen controlado el Supremo, el
siguiente paso será acabar con el Tribunal Constitucional).
Durante la Transición, el facherío residual tuvo que tragar con la oleada
de libertad y socialismo que brotó de un hastío general del país tras cuarenta
años de dictadura, represión, incultura y pobreza. Sabían que no tenían la
mayoría y que los cuatro nostálgicos concentrados cada 20N frente al Valle de los Caídos no
dejaban de ser una panda de friquis que daban risa más que miedo. Habían
perdido la batalla de la historia pese a haber ganado la refriega del 39. No
les quedaba otra que volver a sus cuarteles de invierno, a sus lujosas
mansiones, a sus rancias sacristías y a sus ateneos caciquiles y conspiranoicos
a la espera de tiempos mejores. Esos tiempos han llegado. La ola de trumpismo
reaccionario les proporciona el viento necesario y el barco fascista navega
viento en popa a toda vela. Por si fuera poco, el PSOE ha vuelto a pegarse un
tiro en el pie y, tal como ya ocurrió durante el felipismo, le brotan los
ladrones como setas. La consecuencia de la decadencia y la inmoralidad no es el
deterioro de la izquierda, sino de la democracia misma (ellos nunca fueron
auténticos demócratas, solo lobos con piel de cordero, infiltrados del régimen
anterior, autoritarios travestidos de gentes tolerantes). Ya no necesitan del
pacto del 78 entre las clases altas y las clases obreras. Retornan los viejos
dogmas, Dios, patria y orden. Racismo, tradicionalismo, odio al
diferente y a la mujer. Y ya sin complejos.
La operación de Estado contra el PSOE, que es solo el primer paso del
derrocamiento de la democracia tal como la entendemos, ha sido impulsada desde
diferentes ámbitos. También desde dentro del propio partido, donde los Felipe, Page, Lambán y otros han puesto su granito de arena para
la implosión controlada. Los barones nunca le perdonaron a Pedro Sánchez su alianza con Pablo Iglesias. La podemización del PSOE, el giro a la
izquierda, solo podía tener una consecuencia: la ruptura en dos del partido y
su refundación tal como la concibió Felipe González, bien con las mismas
siglas, manteniendo las esencias de un centrismo aguachirle, o con otras, eso
es lo de menos. Hoy por hoy, del PSOE solo queda la “P” de partido y la “E” de
español (de eso mucho a tenor de las declaraciones de algunos representantes de
la vieja guardia). Lo de socialista y obrero ha pasado a la historia. Y no nos
extrañaría nada que, en el próximo congreso, ya con el emperador debidamente
acuchillado y enterrado, adopten un nombre tan esotérico como insustancial,
quizá algo parecido a Ciudadanos. El
proyecto de los barones coincide con el de las élites reaccionarias y consiste
en acabar con las alegrías pseudocomunistas y retornar a la senda de la
moderación. El problema es que los focos de felipismo resistente no han caído
en la cuenta de que ya no estamos en la Transición ni en Suresnes, y que la extrema derecha está más fuerte que
nunca. Un PSOE light bajo en calorías
marxistas está abocado a la extinción, a la temida pasokización. Unos votantes
socialistas buscarán la solución a sus males en los nacionalismos periféricos,
otros terminarán en la abstención o entregándose al PP por resentimiento,
desencanto o cansancio. El famoso voto de castigo. Una tragedia. Un exitazo de
la derecha y su “divide y vencerás”.
El caso Koldo es un asunto de corrupción monumental
que exige mano dura caiga quien caiga. Pero durante años la basura del PP llegó
hasta el mismísimo despacho de Mariano Rajoy y
el gallego no dimitió, ni se sometió a una cuestión de confianza, ni se planteó
por un momento la convocatoria de elecciones anticipadas. No hubo la sensación
de acoso y derribo que sufre hoy el PSOE. El señor de los hilillos aguantó,
aferrado al bolso de Soraya, hasta que lo
echaron democráticamente en una moción de censura. Hoy ya no rigen las mismas
reglas de juego. Se trata de consumar el golpe a toda costa. “Ha muerto el
discurso del lawfare”, dice Eduardo Marina criticando a sus compañeros
demasiado radicalizados, podemizados y críticos con la Justicia de este país.
No es cierto, amigo, lo que ha muerto es el PSOE. O mejor, entre todos lo
mataron y él solo se murió.
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