Llega el verano y España, como una beata en trance, se viste de verdugo.
Sol, cerveza, charanga… y un becerro al que atar, marear, empujar al agua o
prenderle fuego en los cuernos. Mientras el rosario se reza en silencio, la
fiesta sangrienta sigue su curso implacable. Somos así. Qué bonito es todo
cuando el sufrimiento es ajeno. Qué cultura. Qué identidad.
Hablo de cifras: en 2024 se celebraron más de 20.900 festejos taurinos en el país. No, no hablo
de corridas de feria con traje de luces. Hablo de más de 19.400 festejos populares, esos donde el toro no
muere en el centro de la plaza, sino que se marea, se estresa, se abrasa, se
cae al mar, se le arrastra de un pueblo al otro mientras el público grita,
graba, y se cree valiente.
La Comunidad Valenciana, por cierto, lidera esta olimpiada
del sadismo con 9.194 festejos. Sí, han leído
bien. Nueve mil ciento noventa y cuatro. En verano, más
de cuatro mil. El infierno existe y tiene nombre: bous
al carrer, vaquetes, bou embolat, bou
encaixonat, y el delirante bous a la mar que celebran con
orgullo en Dénia, en la Marina Alta, en esa costa que se vende al
turista como mediterráneo azul y calma feliz, el toro es lanzado al mar
mientras la banda toca y la peña aplaude. Que se ahogue, que se golpee, que
trague agua salada. No importa. Si el animal resiste, ¡fiesta! Y si no, pues
también. Que nadie venga a aguar el verano con moralinas urbanitas.
Y si bajamos al detalle, ahí está Pedreguer, donde cada julio se convierte en el centro de la
barbarie, durante las fiestas en honor a Sant Bonaventura -que ha de sentirse
bien honrado-, y se celebran diez días seguidos de bous
al carrer, con tres o cuatro encierros diarios. Eso suma unas 30
sueltas de toros y vacas, un verdadero maratón de tortura pública que no admite
excusas. Con Compromís mandando en el ayuntamiento, por cierto. En 2022, esas
fiestas dejaron un fallecido y trece heridos, pero la sangre no detiene la
fiesta, ni los gritos, ni las cámaras grabando cada resbalón, cada golpe, cada
animal exhausto que se tropieza con las barreras, mientras el público aplaude,
bebe cerveza caliente y se envuelve en ese orgullo local que sabe a miedo y a
cobardía. El fallecido fue un ciudadano francés de 64 años, por cierto.
¿Turismo? ¿Identidad? No. Crueldad disfrazada de tradición. Y el que diga lo
contrario, que se meta en la plaça con el toro y luego cuente.
Los argumentos: que si tradición, que si es cultura, que si el toro vive
mejor que quiere. ¡Como si eso justificara quemarlo vivo! Pregunten en Carpesa,
Borbotó, Massarojos, Poble Nou de Benifaraig… donde siguen celebrando el bou embolat. Que si da empleo, que si mueve dinero.
Claro. También lo hacen las mafias. También el narcotráfico. También la
pornografía infantil.
España no es un país taurino, es un país adoctrinado. A nadie le nace
querer ver a un animal sufrir. Eso se aprende. Se mama. Como la ignorancia
orgullosa que se disfraza de “lo nuestro”. Y lo peor no es que lo hagan. Lo
peor es que lo pagamos todos. Con dinero público. Con silencio institucional de
ayuntamientos y demás autoridades. Con esa complicidad cobarde que nos
convierte a todos en cómplices.
Les cuento la locura de todo esto: desde el 5 de enero de 2022, tras la
aprobación de la reforma del Código Civil (Ley 17/2021), los animales dejaron
de ser considerados “cosas” y pasaron a ser legalmente reconocidos como “seres
sintientes”. Es decir, se reconoce que sienten dolor, placer, angustia, miedo,
felicidad, sufrimiento. Como tú. Como yo. Como cualquiera que sepa lo que es
tener un cuerpo y una conciencia.
Pero, ¡ay!, la ley va por un lado y las costumbres por otro. Porque en ese
mismo país donde se reconoce que los animales sienten, se siguen autorizando
—con entusiasmo municipal y subvención incluida— más de 20.000 festejos
taurinos populares al año. La contradicción es tan
flagrante que parece escrita por Berlanga o por Jardiel Poncela en una tarde de
delirio: mientras el cura repica el rosario desde la megafonía, como
si estuviera conjurando una tormenta, en la plaza el toro embiste, arde o
resbala entre aplausos y testosterona en camiseta de tirantes. España se
persigna con la derecha mientras sujeta la antorcha con la izquierda. El Ave María,
por un lado, y por el otro el becerro con las astas encendidas.
Lo más irónico es que muchos de estos festejos se celebran con permisos
expresos de las autoridades, que se saltan el espíritu de la ley a la torera,
nunca mejor dicho, alegando “arraigo cultural”. Como si la tortura con raíces
dejara de ser tortura. Como si el sufrimiento dejara de doler porque lleva cien
años celebrándose.
En resumen: Sí, los animales son seres sintientes según la ley. Sí, se
reconoce que tienen derecho a no sufrir maltrato, pero, si es verano y hay una
peña con ganas de hacer ruido y votantes que votarán, se hace la vista gorda,
se firma el permiso, y todos tan contentos.
Así que no. No es cultura. No es identidad. No es
fiesta. Es tortura pagada con dinero público y sostenida por el aplauso
borracho de un país que no ha salido de la locura porque no quiere. Porque le gusta el
olor a miedo, el bramido del animal acosado, la sangre caliente en la plaza del
pueblo.
¡Que arda, pues! Que se reduzca a cenizas cada peña, cada comisión de
fiestas, cada alcaldillo cobarde con su blusón a cuadros y su sonrisa cómplice.
Porque si para divertirte tienes que infligir dolor, entonces no celebras nada:
confirmas tu moral. Y ni el incienso del rosario ni
las campanas de misa tapan ya tanto dolor, tanta miseria, tanta alma podrida.
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