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El salario real de los españoles
solo ha subido un 2,7% en los últimos 30 años
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Los sueldos de los irlandeses se
han disparado un 63% en el mismo periodo
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España, junto con Italia,
presentan el peor rendimiento salarial de Europa
1. VICENTE
NIEVES 24/07/2025
El milagro de
Irlanda (con todos sus matices y distorsiones) frente a la
catástrofe y el estancamiento de España. Esta es la cruda realidad que queda
reflejada en la evolución de los salarios reales (descuentan el efecto de la inflación)
desde 1994 hasta hoy. Por un lado, está España, una economía especializada en
producir servicios de bajo valor añadido, por otro aparece Irlanda, un pequeño
país especializado en producir servicios de altísimo valor añadido. El 'tigre
celta' ha pasado de ser un país con unos salarios mediocres en 1994 a ser una
de las economías con mayores salarios de Europa. España ha pasado de ser una
economía con salarios mediocres a seguir siendo exactamente lo mismo. Según los
últimos datos publicados por la OCDE, en España los salarios reales han
crecido apenas un 2,7% desde 1994, uno de los desempeños más pobres de
todos los países desarrollados y el segundo peor de Europa. La clave podría
estar en la composición sectorial de ambas economías: España es
turismo y hostelería, mientras que Irlanda es sinónimo de
tecnología, laboratorios (sector farmacéutico), finanzas y bajos impuestos.
Los datos publicados por la OCDE en euros constantes revelan que en 1994,
el salario medio en España era de 32.157 euros (equivalía a esa cuantía si
trajeses esos euros a euros presentes), mientras que en Irlanda el salario
medio anual era de 34.000 euros. Apenas había una diferencia de 2.000 euros
entre ambos países. Hoy, en España el salario medio real es de 33.044 euros,
mientras que el de Irlanda es de 55.591 euros. En España apenas ha
crecido un 2,7% en términos reales en 30 años, mientras que en irlanda lo ha
hecho en un 66%. Solo los salarios italianos lo han hecho peor que los
españoles en estos 30 años en Europa. En Portugal, por ejemplo, los
salarios reales han crecido un 22% en el mismo periodo. La gran
divergencia ibérica que sigue muy presente.
Si la comparación se realiza con países que partían de escalones de
desarrollo mucho más bajos, el incremento de los salarios reales ha sido aún
mayor. Este es el caso de los países bálticos, donde los salarios se
han disparado más de un 200% (tasa de variación) desde 1994. Estos
países eran economía muy atrasada y con una nefasta asignación de los recursos
tras años bajo el yugo soviético. Tras su independencia abrieron sus puertas a
la economía libre de mercado, iniciando una dura transición que ha comenzado a
dar sus frutos recientemente. Los bálticos partían de niveles de salarios muy
inferiores a los de España en los 90, aunque la progresión ha sido
espectacular, aún siguen lejos de los salarios españoles. O para arruinarlo
Una posible
explicación
Ahora, la pregunta a intentar contestar es evidente: ¿por qué los salarios
reales apenas han crecido en España en 30 años? Aunque la OCDE se ciñe a
publicar los fríos datos, resulta relativamente sencilla desgranar las causas
de este fenómeno que aflige a la economía de España. Esto es el reflejo
del estancamiento de la productividad y de la creación de empleo en
sectores de bajo valor añadido. Se puede observar como la productividad total
de los factores (PTF) apenas ha variado en España en los últimos 30 años, sin
embargo, en Irlanda sí ha disfrutado de un avance intenso, al igual
que ha sucedido en los países que presentan un mayor incremento de los salarios
reales en estos últimos 30 años.
La teoría económica clásica sostiene que los incrementos de productividad
(es decir, cuando los trabajadores producen más bienes o servicios por hora
trabajada) permiten a las empresas generar mayores ingresos sin aumentar
proporcionalmente sus costes. En un mercado laboral competitivo como el
irlandés, donde varias empresas compiten por atraer talento, esos
beneficios adicionales se trasladan en parte a los empleados en forma de
salarios más altos, ya que las empresas tienen incentivos a pagar más para
retener a trabajadores más productivos. En otras palabras, si un trabajador
aporta más valor en la cadena de producción, también puede exigir (y recibir)
una mayor compensación, porque su contribución es más rentable para la empresa.
Además, los aumentos de salarios derivados de crecimientos de la
productividad no generan inflación. Irlanda ha sido un buen ejemplo de esto
último, mientras que en España ha sucedido casi lo contrario.
Muchos se preguntarán, ¿si los salarios reales no crecen cómo es posible
que la economía se haya expandido e incluso el PIB per cápita haya aumentado
algo en este periodo? La respuesta se encuentra en la constante adición de
factores productivos a la economía. España, en lugar de crecer por mejoras de
eficiencia y productividad, crece de forma
extensiva: sumando trabajadores. Esto es algo que sucedió sobre todo
en el periodo 1999-2007 y en los últimos años. La expansión del mercado laboral
se traduce en un PIB agregado mayor y, a veces, en un PIB per cápita también
más elevado.
El fuerte crecimiento de la ocupación supone que hay más personas
produciendo bienes y servicios, por lo que al repartir todo este producto entre
la población sale una renta per cápita mayor. Sin embargo, esto no supone que
los salarios reales suban. En ocasiones hasta supone lo opuesto y España es
casi un ejemplo de ello. La intensa creación de empleo en sectores de bajo
valor añadido y escasa productividad (turismo, hostelería, comercio...) genera
lo que los economistas denominan efecto composición: aumenta la proporción de
empleos mal pagados en la economía, lastrando la media de los salarios y la
productividad del conjunto de la economía. En España, el sector
turístico ocupa a más de 3 millones de empleados.
En Irlanda ha sucedido todo lo contrario. El éxito económico es el
resultado de una transformación profunda que comenzó a finales del siglo XX,
cuando el país era aún uno de los más pobres de Europa occidental y sus
salarios eran similares a los de España. A partir de los años 90, la
República de Irlanda adoptó un ambicioso programa de reformas que incluyó una
consolidación fiscal ejemplar, la apertura comercial, una fuerte
desregulación económica y la drástica reducción del impuesto de sociedades, que
pasó del 50% al 12,5%. Estas medidas, combinadas con su pertenencia a la Unión
Europea, su uso del inglés y su ubicación estratégica entre América y Europa,
crearon un entorno irresistible para la inversión extranjera directa, especialmente
de empresas multinacionales del sector tecnológico y farmacéutico. Estas son
ramas del sector servicios que presentan un alto valor añadido y que buscaban
trabajadores cualificados.
Desde el instituto de
estadística de Irlanda explican que la composición del mercado
laboral de Irlanda ha experimentado una transformación significativa desde 1973
a 2024. "El sector servicios ha experimentado un crecimiento notable,
pasando de una participación del 45% de la fuerza laboral en 1973 al 77% en
2022, lo que destaca el papel de la tecnología, las finanzas y otras
industrias orientadas a los servicios en el mercado laboral moderno de
Irlanda".
Aunque estas gigantes y sofisticadas empresas han
distorsionado las estadísticas del PIB (se incorporan al PIB
sus beneficios e inversión), también han tenido efectos reales y duraderos
sobre la economía local, generando empleo cualificado y transferencias
tecnológicas. Aun descontando este efecto contable, el PIB per cápita irlandés
sigue siendo superior al de Alemania, Francia, Reino Unido y por supuesto
España. También los salarios medios son más elevados en Irlanda hoy que en
todos esos países.
Más y más
productividad
Un factor decisivo ha sido el crecimiento de la productividad, impulsado
por una fuerza laboral altamente cualificada, gracias a décadas de inversión en
educación y reformas. Desde la gratuidad de la enseñanza secundaria en 1967
hasta las sucesivas reformas educativas de los años 2000, Irlanda ha mejorado
notablemente la formación de sus ciudadanos, alcanzando los primeros puestos en
el informe PISA, lo que ha contribuido a un mercado laboral más competitivo y
dinámico.
Además, la estabilidad macroeconómica (salvo en la crisis de 2008) ha sido
otro de los pilares del milagro irlandés. Irlanda supo gestionar dos momentos
críticos —la consolidación fiscal de finales de los 80 y la recesión de 2008—
sin poner en peligro su modelo de crecimiento. Hoy mantiene una deuda pública
inferior al 50% del PIB, una tasa de paro del 4,3% y una inflación del 1,7%,
cifras que contrastan con las de otras grandes economías europeas. Su
productividad ha crecido a un ritmo notable, alimentada por el aumento del
empleo cualificado, la mejora de la eficiencia empresarial y un marco
institucional sólido.
Todo ello convierte a Irlanda no solo en uno de los países de Europa con
mayor renta per cápita y con salarios más altos. Irlanda ha sabido combinar
suerte y estrategia para convertirse en uno de los países más prósperos del
planeta. Como resume el economista Noah Smith, "Irlanda liberalizó su
política comercial, desreguló su economía, redujo los impuestos, fomentó la
educación e innovación... y, de alguna manera, funcionó". El
caso de España es más bien el opuesto. Partiendo de una posición similar, la
economía real apenas ha mejorado, mientras que la productividad y los salarios
reales llevan años estancados. Algunos estudios revelan incluso que la renta
disponible de los españoles (la renta tras impuestos) es hoy más baja que en
2008. Así es la catástrofe de los salarios españoles.
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