El líder del PP rompe una ley no escrita de la democracia española: nunca hacer daño políticamente con asuntos sexuales
José Antequera 11/07/2025
El Partido Popular ha recrudecido su sucia campaña de
desprestigio personal y familiar contra Pedro Sánchez. Esa
interpelación directa de Feijóo al
presidente del Gobierno (“¿Pero de qué prostíbulos ha vivido usted?”), vertida
durante el debate por corrupción en el Congreso de los Diputados,
fue un Rubicón sin retorno que el jefe de la oposición
decidió atravesar, bien por las presiones del sector ultra de su partido y
de Vox, bien llevado por la frustración de no poder
derribar al Ejecutivo de coalición antes de irse de vacaciones a su pazo
gallego, tal como él esperaba.
Con esa sórdida pregunta, que quedará para la historia de la infamia del
parlamentarismo español, Feijóo atravesaba todas las líneas rojas. No solo
rompió una ley no escrita de fair play, mediante
la cual los asuntos de la bragueta quedaban fuera del juego político, sino que
decidió entrar de lleno en el ataque directo a las familias, algo que también
había quedado al margen en este medio siglo de democracia. Los padres de la
Constitución dejaron claro que el sistema político español no iba a ser una
copia del modelo de Estados Unidos,
donde los escándalos sexuales tienen un papel primordial en las elecciones. En
USA una infidelidad empeora más encuestas que un programa político mal
redactado, pero aquí, en nuestro país, esas tácticas mafiosas no han tenido
cabida. Al menos hasta hoy. A lo largo de todos estos años, ha habido algún que
otro intento aislado por importar el modelo anglosajón apto para hundirle la
vida a alguien con un asunto de la ingle. Fue lo que ocurrió, por ejemplo, con
el famoso vídeo de Pedro J. Ramírez,
difundido por la cloaca de Felipe González, que
terminó convirtiéndose en un bumerán contra sus promotores, llevados a juicio y
condenados tras recibir el rechazo unánime y la repulsión de la clase política,
de la Justicia y de la opinión pública. Por lo visto, también en eso hemos dado
un paso más en la involución. Este país ha pasado de ser un pequeño reducto de
la libertad sexual (donde cada cual hacía lo que le venía en gana con sus
asuntos privados) a un cuarto oscuro enfermizo que desprende un fuerte hedor a
hipocresía, a morbo rancio y a maldad.
Con el cambio de rumbo estratégico, con el que Feijóo da el fatal giro puritano o calvinista,
consuma su trumpización, es decir, su ingreso oficial en la extrema derecha.
Verlo allí subido, en la tribuna de oradores de las Cortes, sagrado templo de
la democracia, comportándose como un clon de Milei, o peor, como
un vulgar tertuliano del Sálvame –ese
nefasto programa donde el salseo y lo zafio, lo burdo y lo chabacano se acaba
convirtiendo en discurso– producía vergüenza ajena. Si el medio es el mensaje,
como decía Marshall McLuhan, Feijóo se ha
convertido ya en un programa de cotilleos con patas. Y eso que iba para gran
estadista.
Mariano Rajoy pasó a la historia como el señor de
los hilillos del Prestige; este va a pasar como el
señor de las basurillas, un síndrome de Diógenes que
acumula toda la cochambre. El líder popular está demostrando una gran torpeza:
tiene un dosier explosivo como el caso Koldo en sus
manos y a su entera disposición y anda rebuscando en las camas ajenas, como un
mal paparazi. En realidad, la deriva reaccionaria que ha
emprendido el eterno aspirante a la Moncloa tiene
mucho que ver con la deshumanización del adversario político, una técnica de
dominación, de control del poder y de manipulación de masas bien conocida. La
deshumanización del otro, del diferente, de quien no forma parte de la manada
patriótica, siempre es el origen mismo o punto de arranque del Estado totalitario. Pero vayamos al tema, o sea al caso
de las saunas.
Los negocios de Sabiniano Gómez,
padre de la esposa de Sánchez, atañen y afectan exclusivamente al interesado
(quien por cierto ha fallecido y no tendrá el derecho a defenderse de la caza
de brujas). Si nadie debe pagar por los pecados o delitos del progenitor, mucho
menos del suegro. Pero lo más importante de todo es de dónde proviene esa
información. Y, una vez más, todos los caminos conducen a las cloacas, gran
cáncer del bipartidismo que ha regido y rige, en sus últimos estertores, este
país. Conviene no olvidar que el asunto de las saunas se remonta a agosto de
2014, con los famosos audios del comisario Villarejo, un agente
al servicio de la Policía Patriótica puesta en
marcha por el Ministerio del Interior en tiempos de Rajoy. En concreto, las
conversaciones captadas entre Francisco Martínez,
número 2 del ministro Jorge Fernández Díaz,
y el polémico policía infiltrado hoy en prisión. En ese diálogo propio de
sicarios dispuestos a arruinar vidas ajenas, que estremece por el nivel de
crueldad, se dice que Sabiniano Gómez regenta las saunas como prostíbulos, no
solo para personas heterosexuales, también para inmigrantes dedicados al
chaperismo. Ambos concluyen que ese dato “es mortal” y que puede “matar
políticamente” al líder socialista. Ni una escena de El Padrino.
Fue en ese instante cuando la cloaca del PP empezó a marcar el rumbo, la
estrategia a seguir para derribar al PSOE, un plan que se ha mantenido en el
tiempo hasta hoy, más de diez años después. Ni que decir tiene que la charla
interceptada por Villarejo fue convenientemente aireada por la prensa de la
caverna, siempre dispuesta a devorar la carroña que dejan las bestias. El
partido socialista presentó una denuncia para que se investigasen los audios
por revelación secretos y tres magistrados de la Audiencia Nacional sentenciaron, en junio de 2024,
que no había nada irregular en la actividad empresarial del suegro del
presidente. Es más, el ponente, precisamente un conservador como Francisco Vieira, no solo descartó delito alguno, sino
que dejó escrito en negro sobre blanco que la “actividad privada” de las saunas
era “lícita” y calificó de “deplorable” la información partidista para dañar a
un adversario político, algo que a sus señorías les merecía “todo el reproche
moral”. Asunto zanjado.
El bulo tendría que haber quedado ahí, pero el PP lo saca de la
alcantarilla, todo lleno de mugre, e insiste con una batería de preguntas
parlamentarias con escasa prueba, más allá de los siempre socorridos recortes
de prensa, que ya tienen más valor que el Código Penal. Los populares hablan de
prostíbulos, de sexo no consentido, de trato carnal con inmigrantes jóvenes. Y
todo ello basado en rumores. Deberían pensarse un poco la mierda que remueven,
porque quizá ellos no estén tan libres de pecado como para tirar la primera
piedra. De hecho, están tan metidos en la cloaca, tan de porquería hasta el
cuello, que se refocilan como una piara satisfecha y feliz.
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