El líder del PP no ha salido a defender, ni una sola vez, la gestión del anterior Gobierno del PP, hoy implicado en graves casos de corrupción como el escándalo Montoro
José Antequera
19/07/2025
El caso Montoro ha venido a
desmoralizar a la tropa genovesa, que andaba eufórica y a la ofensiva total
para terminar de darle la puntilla al sanchismo a cuenta del caso Koldo, de las juergas de Ábalos y del entrullamiento de Santos Cerdán. Nadie en el Partido Popular podía imaginarse un escándalo de
semejantes proporciones (toda una trama de lobistas en el corazón mismo del
Ministerio de Hacienda) a pocas horas de que sus señorías cerraran el Congreso de los Diputados para irse de vacaciones.
Pero ha ocurrido. Ha estallado la bomba, lo más grande, un asunto de corrupción
que ríete tú del pisito de Jésica. Puede ser
que el caso sea antiguo, y que no tenga el salseo de unas cuantas prostitutas,
tal como defiende puerilmente el portavoz Juan Bravo. Pero es
un pedazo de escándalo que toca de lleno al PP y en el peor momento, justo
cuando parecía que Sánchez se
tambaleaba. La baraka del presidente del Gobierno empieza a ser cosa de meigas:
cuanto más acorralado está, más le ayuda el azar a salir del apuro.
¿Y ahora qué?, debe preguntarse Feijóo. ¿Cómo torear este morlaco, este
caso de corrupción campanudo y feo como pocos? De momento, el líder del PP ha
dado orden de parar máquinas y replantear la estrategia. No tiene demasiado
sentido pedir la dimisión de Sánchez, incluso pateando los escaños del
Parlamento como un burro en celo, cuando hay un exministro, un primer espada
de Rajoy, acusado de montar un chiringuitazo de tres pares
de narices en los despachos mismos de Hacienda. Así que toca tranquilizarse,
desconectar e irse a la playa a darse un baño. Ya habrá tiempo de replantear el
plan de oposición para lo que quede de legislatura, que probablemente será
larga. De entrada, Feijóo ha fijado la consigna a seguir: “Investíguese lo que
se tenga que investigar”. Lo cual no es mucho decir, la verdad. El juez de
Tarragona ha encontrado un filón en el bufete Montoro y Asociados (más tarde
Equipo Económico) y no parará hasta llegar al final de la trama, le guste o no
a Feijóo.
El problema es que la declaración a la prensa no ha convencido demasiado al
anterior equipo de Gobierno. En los mentideros políticos de Madrid circula el
rumor de que Mariano Rajoy está que trina.
No entiende por qué Alberto no lo ha defendido con más vehemencia y rotundidad,
como se ha hecho tantas veces con otros prebostes genoveses acorralados por la
Justicia. No se trataba de decir aquello de Mariano, sé fuerte, hacemos lo que
podemos, pero sí le hubiese gustado al Señor de los Hilillos que Feijóo hubiese
roto al menos una lanza por él, por la limpieza del marianismo. Eso es lo que
esperaba el registrador de la propiedad. Pero ni un cable, ni un apoyo público,
ni un gesto o guiño cómplice. Nada de nada. Res de res. Rien de rien. Lo cual lleva a pensar que el feijoísmo
ha decidido romper con el marianismo como forma de superar el pasado y tantas
causas pendientes por corrupción (hasta 30) que lo están lastrando y
obstaculizando en su tortuoso camino a la Moncloa. En política no hay amigos ni
entre gallegos.
Mariano no es hombre que se ofusque ni pierda los nervios con facilidad. De
hecho, cuando España se le rompía en dos por
tierras catalanas él seguía a lo suyo, con total pachorra, indolente y sin
sentarse a negociar nada con los indepes. Ya pasaría la fiebre soberanista,
nadie iba a molestarle ni a quitarle su hora y pico diaria de camicorrer al
trote cochinero y de leer el Marca. Sin
embargo, esto es diferente, clama al cielo y enerva al presidente de los
trabalenguas imposibles. Que el actual dirigente de tu partido suelte eso de
“investíguese lo que haya que investigar”, quitándose el muerto de encima,
haciendo un pasapalabra, sin abrir la boca para defender la gestión de un
compañero de fatigas y presidencias, duele y mucho.
Todo lo cual lleva a pensar que Feijóo calla por prudencia, para curarse en
salud, para no tener que poner la mano en el fuego por nadie, que últimamente
España parece la unidad de quemados de La Paz. Imaginemos por un momento que
Feijóo se moja y dice que Rajoy no sabía nada de las movidas lobistas de
Montoro y luego se demuestra que sí. Sería letal para su carrera política y
para su desesperado intento por llegar a la Moncloa. De hecho, la prensa ya ha
filtrado que, siendo presidente del Gobierno Mariano, algunos ministros fueron
a quejársele amargamente de que en Hacienda estaban pasando “cosas raras”.
Cosas como redes de influencias, reformas legislativas a la carta para
favorecer a según qué empresas gasistas, pingües beneficios para la mercantil
Equipo Económico, de la que fue socio fundador y presidente el propio Montoro.
Cosas como cohechos, fraudes, prevaricaciones, negociaciones prohibidas, corrupciones
en los negocios, falsedades documentales. O sea, que el ministerio era una
cueva de ladrones.
Nadie en su sano juicio pondría la mano en el fuego por ningún integrante
de aquel Consejo de Ministros maldito. M Punto Rajoy se ha convertido en un incómodo
pasajero para Feijóo en su accidentado viaje al Elíseo monclovita. Mariano, el
amnésico Mariano, pasará a la historia como el presidente de los 60 casos de
corrupción y los 1.236 cargos del partido investigados, procesados o condenados
(material suficiente no para una moción de censura, la que acabó con él, sino
para media docena). Pese a todo, durante el último Congreso del Partido Popular
se atrevió a soltar chascarrillos como que en el Gobierno de Sánchez “se ha
visto de todo”. Pues anda que en el suyo.
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