|
|
||
|
|
||
|
|
||
|
|
|
|
|
|
|||
|
Ursula von der Leyen y Donald Trump acaban de escenificar una auténtica y
desvergonzada obra de teatro |
|||
|
|||
|
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der
Leyen, y el de Estados Unidos, Donald Trump, acaban de escenificar una
auténtica y desvergonzada obra de teatro. Como ha hecho con otros países, Donald Trump no ha
buscado ahora con la Unión Europea un buen acuerdo comercial para los
intereses de la economía estadounidense, como él se empeña en decir. Y en lo
que ha cedido von der Leyen no es en materia arancelaria para evitar los
males mayores de una escalada de guerra comercial, como afirman los
dirigentes europeos. El asunto va por otros derroteros. Los aranceles del 15 por ciento acordados para
gravar casi todas las exportaciones europeas los pagarán los estadounidenses
y, en algunos casos, con costes indirectos aún más elevados. Eso pasará, entre otros productos, con los
farmacéuticos que se ven afectados. Puesto que en Estados Unidos no hay
producción nacional alternativa y siendo generalmente de compra obligada (los
economistas decimos de muy baja elasticidad de la demanda respecto al precio)
los consumidores terminarán pagando precios más elevados. Suponiendo que
fuese posible o interesara la relocalización de las empresas para irse a
producir a Estados Unidos (lo que, desde luego no está nada claro), sería a
medio plazo (lo expliqué en un artículo anterior). Los aranceles a los automóviles europeos serán del
15 por ciento, pero los fabricantes estadounidenses deben pagar otros del 50
por ciento por el acero y el cobre, y del 25 por ciento por los componentes
que adquieren de Canadá y México. Sería posible, por tanto, que los coches
importados de la Unión Europea sean más baratos que los fabricados en Estados
Unidos y que a los fabricantes de este país les resulte mejor producirlos en
Europa y llevárselos de vuelta. Además, la mayoría de los automóviles de
marcas europeas que se venden en Estados Unidos se fabrican allí, de modo que
no les afectarán los aranceles, mientras que en Europa apenas se venden
coches estadounidenses, no por razones comerciales sino más bien culturales o
de gustos. Otros productos en los que Europa tiene ventajas, como los
relativos a la industria aeroespacial y algunos químicos, agrícolas, recursos
naturales y materias primas no se verán afectados. En realidad, en términos de exportación e
importación de bienes generales, el «acuerdo» no es favorable a Estados
Unidos. Como explicó hace unos días Paul Krugman en un artículo titulado El
arte del acuerdo realmente estúpido, el que suscribió con Japón (y se puede
decir exactamente lo mismo ahora del europeo y de todos los demás) «deja a
muchos fabricantes estadounidenses en peor situación que antes de que Trump
iniciara su guerra comercial». No obstante, todo esto tampoco quiere decir que
Europa haya salido beneficiada. Las guerras comerciales no suele ganarlas
nadie, y muchas empresas y sectores europeos (los del aceite y el vino
español, por ejemplo) se verán afectados negativamente. Pero no perderán
porque Trump vaya buscando disminuir el déficit de su comercial exterior,
sino como un efecto colateral de otra estrategia aún más peligrosa. La realidad es que a Estados Unidos no le conviene
disminuirlo porque este déficit, por definición, genera superávit y ahorro en
otros países que vuelve como inversión financiera a Estados Unidos para
alimentar el negocio de la gran banca, de los fondos de inversión y de las
grandes multinacionales que no lo dedican a invertir y a localizarse allí,
sino a comprar sus propias acciones. El déficit exterior de la economía
estadounidense no es una desgracia, sino el resultado deliberadamente
provocado para construir sobre él un negocio financiero y especulativo de
colosal magnitud. Lo que verdaderamente busca Estados Unidos con los
«acuerdos» comerciales no es eliminar los desequilibrios mediante aranceles.
Eso es algo que no se ha conseguido prácticamente nunca en ninguna economía).
El objetivo real de Estados Unidos es hacer chantaje para extraer rentas de
los demás países, obligándoles a realizar compras a los oligopolios y
monopolios que dominan sus sectores energético y militar y, por añadidura,
humillarlos y someterlos de cara a que acepten más adelante los cambios en el
sistema de pagos internacionales que está preparando ante el declive del
dólar como moneda de referencia global. En el «acuerdo» con la Unión Europea (como en los
demás), lo relevante ni siquiera son las cantidades que se han hecho
públicas. Los aranceles son una excusa, un señuelo, el arma para cometer el
chantaje. Lo que de verdad importa a Trump no es el huevo que se ha
repartido, sino el fuero que acaba de establecer. Es decir, la coacción, el
sometimiento y el monopolio de voluntad que se establecen, ya formalmente,
como nueva norma de gobernanza y dominio de la economía global y que Estados Unidos
necesita imponer, ahora por la vía de la fuerza financiera y militar debido a
su declive como potencia industrial, comercial y tecnológica. Siendo Donald Trump un gran negociador, si quisiera
lograr auténticas ventajas comerciales para su economía no habría firmado lo
que ha «acordado» con Europa (y con los demás países), ni hubiera dejado en
el aire y sin concretar sus aspectos más cuantiosos. La cantidad de compras
de material militar estadounidense no se ha señalado: «No sabemos cuál es esa
cifra», dijo al escenificar el acuerdo con von der Leyen. El compromiso de
compra de 750.000 millones de dólares en productos energéticos de Estados
Unidos en tres años sólo podría obligar a Europa a desviar una parte de sus
compras y tampoco parece que se haya concretado lo suficiente. Y la
obligación de inversiones europeas por valor de 600.000 millones de dólares
en Estados Unidos es una quimera porque la Unión Europea no dispone de
instrumentos (como el fondo soberano de Japón) que le permitan dirigir inversiones
a voluntad y de un lado a otro. Además, establecer esta última obligación
sería otro disparate si lo que de verdad deseara Trump fuese disminuir su
déficit comercial con Europa: si aumenta allí la inversión europea,
disminuirán las compras de Europa a Estados Unidos, y lo que se produciría
será un mayor déficit y no menor. Lo que han hecho von der Leyen y Trump (por cierto,
en Escocia y ni siquiera en territorio europeo) ha sido desnudarse en
público. Han hecho teatro haciendo creer que negociaban cláusulas
comerciales, pero en realidad se han quitado la ropa de la demagogia y los
discursos retóricos para mostrar a todo el mundo sus vergüenzas manifestadas
en cinco grandes realidades: El final del gobierno de la economía global
y el comercio internacional mediante reglas y acuerdos y el comienzo de un
nuevo régimen en el que Estados Unidos decidirá ya sin disimulos, a base de
chantaje, imposiciones y fuerza militar. A Estados Unidos no le va a importar provocar graves
daños y producir inestabilidad y una crisis segura en la economía
internacional para poner en marcha ese nuevo régimen. Quizá, incluso lo vaya
buscando, lo mismo que buscará conflictos que justifiquen sus intervenciones
militares. La Unión Europea se ha sometido, se arrodilla ante
el poder estadounidense y renuncia a forjar cualquier tipo de proyecto
autónomo. Como he dicho, a Trump no le ha importado el huevo, sino mostrar
que Europa ya no toma por sí misma decisiones estratégicas en tres grandes
pilares de la economía y la geopolítica: defensa, energía e inversiones (en
tecnología, hace tiempo que perdió el rumbo y la posibilidad de ser algo en
el concierto mundial). Von der Leyen, con el beneplácito de una Comisión
Europea de la que no sólo forman parte las diferentes derechas sino también
los socialdemócratas (lo que hay que tener en cuenta para comprender el
alcance del «acuerdo» y lo difícil que será salir de él), ha aceptado que la
Unión Europea sea, de facto, una colonia de Estados Unidos. Ambas partes han mostrado al mundo que los viejos
discursos sobre los mercados, la competencia, la libertad comercial, la
democracia, la soberanía o la paz eran lo que ahora vemos que son: humo que
se ha llevado el viento, un fraude, una gran mentira. Por último, han mostrado también que el capitalismo
se ha convertido en una especie de gran juego del Monopoly regido por grandes
corporaciones industriales y financieras que han capturado a los estados para
convertirse en extractoras de privilegios, en una especie de gigantescos
propietarios que exprimen a sus inquilinos aumentándoles sin cesar la renta
mientras les impiden por la fuerza que se vayan y les hablan de libertad. La Unión Europea se ha condenado a sí misma. Ha
dicho adiós a la posibilidad de ser un polo y referente mundial de la democracia,
la paz y el multilateralismo. Ahora hace falta que la gente se entere de todo
esto y lo rechace, lo que no será fácil que suceda, pues a esos monopolios se
añade el mediático y porque, como he dicho, esta inmolación de Europa la ha
llevado a cabo no sólo la derecha, sino también los socialistas europeos que,
una vez más, traicionan sus ideales y se unen a quien engaña sin vergüenza
alguna a la ciudadanía que los vota. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario