Iria Salgado 06/10/2025
Hablar de política vuelve a ser casi tabú.
En las comidas familiares se evita; en las reuniones de trabajo se esquiva, y
en la mayoría de conversaciones cotidianas con amigos y conocidos se percibe
como un terreno pantanoso a sortear. De siempre, el aviso “mejor no entremos en
política” se considera una norma de cortesía. Sin embargo, parece que en los
últimos tiempos se hace más patente. ¿Por qué? Porque tenemos miedo. Porque nos
cuesta confrontar ideas sin llevarlo al terreno más personal. Porque se ha
debilitado el respeto y la tolerancia hacia aquellos cuyas opiniones y creencias
se alejan de las nuestras.
Miedo al conflicto, a la incomodidad, a ser juzgados. Nos aterra que nos
cuelguen una etiqueta ideológica, que nos arrinconen en un bando, que nos miren
distinto, que lo que pensamos tenga consecuencias en nuestra vida laboral o en
nuestras relaciones. Hemos reducido la política a un espectáculo de crispación
en los parlamentos y en las tertulias televisivas, olvidando que la política es
mucho más que partidos y siglas: es la forma en la que decidimos organizarnos,
convivir y proyectar el futuro.
El fango que rodea a partidos, instituciones y políticos, así como la
proliferación de fanatismos, el creciente uso del lenguaje ofensivo, el elevado
nivel de tensión y hostilidad, el aumento de la desinformación y el cansancio
de vivir en una sociedad en la que todo va a peor, o al menos lo parece, hacen
que baste un comentario sobre un partido o una medida de un gobierno para que
comience el conflicto. El debate público se ha transformado en un ring en el
que solo caben dos posiciones: conmigo o contra mí; y en el que la violencia
verbal e incluso física contra lo diferente ganan protagonismo. Se obvia que la
libertad de expresión no es únicamente el derecho a opinar, sino también la
obligación de pensar previamente y de respetar a quien lo hace diferente.
El silencio no es neutral. Callar por miedo a las repercusiones no nos hace
imparciales, nos hace invisibles y cómplices. El espacio que dejamos vacío lo
ocupan otros: quienes alzan la voz sin miedo, quienes marcan la agenda
convirtiendo la conversación pública en un monólogo interesado.
Necesitamos recuperar la política como conversación cotidiana. No para
imponer, sino para escuchar; no para dividir, sino para comprender; no para
ganar discusiones, sino para ganar ciudadanía y altura de miras; porque sí, el
debate enriquece. Hablar de política con respeto, con curiosidad, con voluntad
de encuentro, es un ejercicio de salud democrática. Lo contrario, seguir
bajando la voz cuando aparece la oportunidad de conversar de política, conduce
a una sociedad cada vez más empobrecida en pensamiento, en diálogo, en espíritu
crítico y en libertad. Y eso debería aterrarnos.
Una democracia madura no puede nutrirse de frases huecas ni de consignas
lanzadas al viento desde la obstinación y la intransigencia; necesita razones,
contexto y matices. Ello requiere pensar y debatir. El hecho de pensar ya
constituye en sí mismo un acto político que nos protege de la banalización y
del engaño. Silenciar nuestra voz por miedo no fortalece la democracia, la
empobrece hasta destruirla. El reto está en aprender a comunicarnos, a debatir
y a respetar al otro en todas sus dimensiones, en recuperar el valor de la
conversación política como espacio de encuentro en el que se confrontan ideas y
no personas, en el que se escucha, se reflexiona y discrepa con respeto y desde
la calma.
No está en juego la calidad de nuestras ideas, sino la salud de la
democracia. Una ciudadanía que calla es una ciudadanía que se resigna. Una
ciudadanía que habla, escucha y participa es la única capaz de defender sus
libertades, y de esto nos hace falta mucho. En tiempos de polarización, el
silencio es cómodo, pero una sociedad conformista y apática es el germen de una
democracia enferma y en peligro de extinción.
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