En distintos países del Sur Global los jóvenes, sin ningún tipo de liderazgo tradicional, han logrado hacer caer gobiernos, un fenómeno que puede trasladarse a las economías más avanzadas, España incluida
José Antonio Gómez
16/10/2025
En las plazas de Lima, las calles
de Yakarta o los campus de París, un nuevo tipo de activismo está tomando forma.
No tiene líderes reconocibles ni manifiestos ideológicos coherentes. No se
organiza en partidos ni sindicatos, sino en grupos de WhatsApp, hilos de Reddit y transmisiones de TikTok. Y sin embargo, está demostrando una eficacia
inesperada: gobiernos que parecían inamovibles están cayendo ante el empuje de
una juventud conectada, indignada y sin miedo al caos.
En Perú, el movimiento conocido como Generación Z (una coalición amorfa de estudiantes,
trabajadores precarios y activistas digitales) ha jugado un papel decisivo en
las protestas que precipitaron la caída de Dina Boluarte.
En Sri Lanka, los jóvenes acamparon durante semanas frente
al palacio presidencial en 2022 hasta forzar la caída del gobierno. En Irán, fueron las adolescentes quienes desafiaron al
régimen tras el asesinato de Mahsa Amini. Incluso
en economías avanzadas, desde Francia hasta Estados Unidos, la
generación nacida con internet ha comenzado a desafiar las reglas del juego
político tradicional.
Lo que une a estos movimientos no es una ideología, sino un diagnóstico
común: las estructuras políticas y económicas han dejado de ofrecer
futuro.
Generación sin futuro
Para los jóvenes de hoy, la política se percibe como un terreno de promesas rotas, egoísmo, egolatría y mentiras.
En América Latina, casi el 60% de los menores de 30 años
declara no confiar en los partidos políticos, según el Latinobarómetro.
En Europa, la cifra no es mucho menor: un informe
del Pew Research Center indica que el 52% de los
jóvenes entre 18 y 29 años cree que los gobiernos “trabajan principalmente para
los ricos”.
A esto se suma la precariedad económica:
salarios estancados, empleos temporales y un mercado inmobiliario fuera de su
alcance. En España, el 68% de los jóvenes vive aún con sus padres; en Estados
Unidos, el 45% de los millennials y zoomers dice que nunca podrá comprar una vivienda.
La frustración material se mezcla con una sensación de irrelevancia política:
una juventud hiperconectada pero excluida de los mecanismos de
decisión.
Frente a ese muro, la generación Z no se resigna al silencio. Se organiza.
Pero lo hace a su manera.
El camino del meme al motín
La nueva protesta no nace en las universidades ni en los sindicatos, sino
en los feeds de las redes sociales. El humor, la ironía y
los códigos visuales sustituyen los manifiestos ideológicos. La viralidad actúa como un catalizador: una consigna
irónica puede movilizar miles en cuestión de horas.
Así ocurrió en Perú, donde una ola de indignación generada en TikTok y X (antes
Twitter) unió a colectivos dispersos en torno a un objetivo común: “acabar con el pacto corrupto”. En cuestión de días,
el hashtag se convirtió en marchas, y las marchas en
una crisis institucional que terminó con la caída de Boluarte.
El fenómeno se repite en otros lugares: en Tailandia,
las protestas de 2020 contra el régimen monárquico se organizaron casi
exclusivamente en Telegram y Twitter; en Chile, los jóvenes usaron Instagram para coordinar el estallido social de
2019.
A diferencia de las revueltas del siglo XX, estos movimientos carecen de una estructura centralizada. Su fuerza
reside precisamente en su dispersión: son incontrolables, impredecibles,
imposibles de cooptar. Lo que los gobiernos no han aprendido es que no hay
líderes a los que encarcelar, ni oficinas que clausurar.
El poder de la indignación
Sin embargo, la eficacia disruptiva no siempre se traduce en poder político
sostenible. La generación Z ha demostrado una capacidad inédita para derribar,
pero no necesariamente para construir. El caso peruano es ilustrativo: tras la
caída de Boluarte, el vacío político fue llenado por figuras que representan
más continuidad que cambio.
Estos movimientos son síntomas, no soluciones. Son un espejo de la crisis
de representación, pero no ofrecen todavía una alternativa institucional.
Aun así, su impacto es innegable. Los gobiernos comienzan a temer a
las multitudes digitales tanto como a las recesiones
económicas. Las Fuerzas Armadas y los ministerios del Interior de varios países
estudian ya cómo contrarrestar lo que llaman “protestas en red”: oleadas de
indignación que pueden pasar de los memes a la
calle en cuestión de horas.
El contagio a las economías avanzadas
Durante años, las protestas juveniles en América Latina o
el sudeste asiático fueron vistas desde las capitales europeas o
norteamericanas como un fenómeno periférico: la expresión inevitable de
democracias frágiles, desigualdades extremas y sistemas políticos corroídos por
la corrupción. En cambio, la frontera entre el Sur turbulento y el Norte
supuestamente estable es hoy mucho más porosa. Las condiciones que alimentaron
las revueltas de Lima, Quito o Bogotá (precariedad, desafección política, y
pérdida de confianza en el ascenso social) están presentes también en Londres, Madrid, Los Ángeles o Lyon.
La diferencia es de grado, no de naturaleza. Y el contagio, aunque
silencioso, ya ha comenzado.
Rebelión del contrato roto
La generación que llega a la adultez en las economías avanzadas vive con
la sensación de haber sido estafada. En Estados Unidos,
los jóvenes ganan hoy, en términos reales, un 9% menos que sus padres a la
misma edad, pese a tener más estudios y más deuda. En Reino Unido, el salario medio de los menores de 30 años
es un 7% inferior al de 2008 ajustado por inflación. En Francia, el coste de la
vivienda ha aumentado un 140% desde el año 2000, mientras los sueldos apenas
han crecido.
El viejo contrato social, es decir, educación a cambio de movilidad social
y esfuerzo a cambio de estabilidad, se ha roto. El resultado es una generación
de votantes que, en lugar de mirar hacia la izquierda o la derecha, mira hacia
abajo: al abismo de la inseguridad vital.
La pandemia del COVID-19 agudizó la brecha. Millones de jóvenes fueron los
primeros en perder el empleo y los últimos en recuperarlo. Y aunque las
economías se reactivaron, el trabajo que regresó fue mayoritariamente temporal,
subcontratado o en la economía de plataformas. La llamada “generación Uber” no
se siente representada ni por los sindicatos del siglo XX ni por los partidos
que aún hablan el lenguaje de la clase media.
La potencia del algoritmo
En este contexto, las redes sociales se han convertido en el nuevo espacio
político. Plataformas como TikTok o Discord funcionan
no solo como canales de entretenimiento, sino como foros de deliberación y
organización. Lo que antes se discutía en las asambleas estudiantiles hoy se
debate en streams y servidores privados.
La diferencia con generaciones anteriores no es sólo tecnológica, sino
epistemológica. Los jóvenes no creen en los intermediarios (ni en los políticos
ni en los medios), y prefieren construir su propia narrativa. En el Reino
Unido, el 42% de los menores de 25 años afirma informarse principalmente a
través de redes sociales, según Ofcom. En Estados Unidos, más del 60% de
los Gen Zers declara “no confiar en ninguna
institución política tradicional”.
Esa desconfianza no se traduce necesariamente en apatía. Al contrario:
cuando la indignación encuentra una chispa (una reforma impopular, un escándalo
político, un caso de brutalidad policial), las redes se convierten en
aceleradores de movilización. Así ocurrió con Fridays for Future,
el movimiento climático impulsado por adolescentes, que en 2019 movilizó a más
de seis millones de personas en 185 países.
Las mismas herramientas que sirvieron para organizar conciertos o challenges virales están ahora al servicio de la
presión política. Y, como en el caso peruano, pueden tener consecuencias
institucionales reales.
Malestar europeo
En Francia, las protestas de 2023 contra la reforma de las pensiones
mostraron hasta qué punto la fractura generacional se ha vuelto central. Aunque
la medida afectaba a toda la población, fueron los jóvenes quienes llenaron las
calles, no solo por solidaridad, sino por una intuición: si el Estado es incapaz de garantizarles un futuro, tampoco tiene
autoridad moral para exigirles más sacrificios.
En Alemania, el movimiento Letzte
Generation (Última Generación) ha convertido la desobediencia
civil en una herramienta mediática. Sus miembros, en su mayoría veinteañeros,
bloquean aeropuertos o autopistas para denunciar la inacción del gobierno.
En Italia, colectivos juveniles de izquierda y derecha se
radicalizan por igual ante un sistema percibido como inmóvil y elitista.
Incluso en países nórdicos, símbolo de estabilidad, el discurso del
desencanto cala hondo. En Suecia, el apoyo juvenil
a partidos antisistema (de extrema izquierda o derecha) ha crecido un 30% en la
última década. La polarización ya no es ideológica, es
existencial entre quienes aún confían en el progreso y quienes
lo consideran una ficción del pasado.
La pesadilla americana
En Estados Unidos, el epicentro del capitalismo digital, la fractura
generacional tiene una ironía particular: los jóvenes que alimentan las grandes
plataformas tecnológicas son también los que más las utilizan para cuestionar
el sistema que las sostiene.
La sindicalización en Starbucks, Amazon o Apple (impensable
hace una década) está siendo impulsada por trabajadores nacidos después de
1995. Las huelgas recientes de guionistas en Hollywood y de empleados de las
multinacionales del videojuego tienen en común una generación que rechaza la
lógica del “trabaja hasta quemarte”.
Paralelamente, el movimiento Gen Z for Change ha
usado TikTok para presionar a legisladores en temas tan diversos como el
aborto, el clima o la regulación de la IA. Sus campañas logran millones de
visualizaciones en cuestión de horas y han empezado a influir en las
estrategias comunicativas de los partidos tradicionales.
Pero la movilización no garantiza lealtad: si la Casa Blanca no responde a
sus demandas de justicia humanitaria o condonación de deuda estudiantil, la
misma red que hoy moviliza puede volverse un instrumento de boicot electoral
mañana.
Desinstitucionalización
El poder disruptivo de la generación Z en el Sur global puede inspirar
movimientos similares en el Norte. Pero el riesgo es que, como en Lima o
Santiago, el impulso sea más destructor que constructivo.
Las instituciones de las democracias avanzadas aún conservan legitimidad,
pero se encuentran bajo presión creciente. La comunicación política tradicional
no puede competir con la inmediatez emocional de los contenidos virales; los gobiernos tardan semanas en reaccionar a crisis que las redes
fabrican en minutos.
La pregunta que empieza a inquietar en Bruselas, Washington o Tokio no es si
habrá protestas juveniles, sino cuándo y qué forma adoptarán.
La historia reciente sugiere que los jóvenes ya no buscan reformar el
sistema, sino reescribir las reglas del juego. Y
si las democracias avanzadas no logran ofrecer una narrativa de futuro creíble,
el virus de la desafección podría mutar en una pandemia política global.
España: un polvorín juvenil en busca de
chispa
España ha sido, durante la última década,
uno de los países europeos con mayor riesgo de incubar una revuelta
generacional. Las condiciones objetivas están ahí: precariedad laboral crónica,
vivienda inaccesible, frustración política y una sensación generalizada de que
el progreso se ha detenido.
Para los menores de 35 años, el relato de la transición democrática y del
crecimiento europeo suena lejano. La Generación Z española,
nacida entre la crisis financiera de 2008 y la pandemia de 2020, ha crecido sin
los amortiguadores que protegieron a sus padres: ni estabilidad laboral, ni
crédito fácil, ni confianza en que el futuro será mejor.
El desempleo juvenil ronda el 27%, el má altos de Europa. Más de la mitad
de los jóvenes vive todavía con sus padres y el 85% considera imposible comprar
una vivienda sin ayuda familiar, según datos del Consejo de la Juventud. Son
cifras que, en otro contexto histórico, habrían bastado para detonar protestas
masivas. Pero el malestar, en España, ha mutado: es menos visible en las
calles, más disperso y digital.
El país conoce bien el poder de la juventud organizada. En 2011, el
movimiento del 15-M inauguró una era de protesta ciudadana que cambió el mapa
político: de sus acampadas nacieron nuevas formaciones, como Podemos, y un
discurso antiestablishment que reconfiguró la izquierda. Pero aquel movimiento
pertenecía a una generación anterior, los millennials precarizados,
que aún creía en la transformación a través de la representación política.
La Generación Z española, en cambio, desconfía de los
partidos, incluso de los que surgieron del descontento. Creció viendo cómo los
movimientos del 15-M acabaron institucionalizados, absorbidos o derrotados por la lógica del poder. Para ellos, la
política no se gana en los parlamentos, sino en los timelines.
Y aunque por ahora su acción se ha limitado a la esfera cultural y digital
(boicots en redes, campañas virales, activismo climático), los analistas
advierten que la frustración acumulada podría transformarse en movilización
real con una sola chispa: una crisis económica aguda, un caso de corrupción
masivo o una reforma percibida como injusta.
Malestar invisible
España vive una paradoja: mientras los indicadores macroeconómicos apuntan
a crecimiento, los jóvenes sienten que el progreso no les incluye. La inflación
y la subida de los alquileres han convertido la independencia en un lujo. El
modelo de empleo, basado en sectores de bajo valor añadido y temporalidad
estructural, perpetúa una sensación de “juventud sin salida”.
España tiene una generación que no espera nada del Estado, y esa es una
bomba social. No hay confianza ni en el mercado ni en las instituciones; solo
resignación y, cada vez más, rabia silenciosa.
Esa rabia encuentra su expresión en las redes sociales, donde proliferan
discursos de desafección, memes sobre la precariedad y comunidades que mezclan
nihilismo con ironía política. Plataformas como TikTok o Twitch han sustituido a los cafés políticos del
siglo XX. Pero bajo el humor corrosivo, se adivina un malestar real.
La burla, el inicio de la acción
Si la historia reciente ofrece una lección, es que los movimientos
juveniles suelen comenzar con humor. En Chile, los estudiantes empezaron
saltando torniquetes del metro “por diversión” antes de iniciar un estallido
social que reescribió la Constitución. En Perú, la Generación Z se organizó entre hashtags y memes antes de precipitar la caída de
un gobierno.
En España, el precedente podría surgir de un tema aparentemente menor para
terminar en la rebelión contra el coste de la vivienda, los bajos salarios o la
censura digital. Las redes harían el resto.
Los partidos políticos de todas las ideologías se encuentran mal equipados
para entender esa dinámica. Su comunicación, salvo la de Vox o SALF, todavía
basada en la lógica televisiva, no conecta con una generación que vive
entre clips de diez segundos y streamers que alcanzan audiencias superiores a las
de los telediarios.
Algunos dirigentes tratan de imitar su lenguaje, pero el resultado suele
ser contraproducente: el intento de parecer “autenticidad juvenil” en una
plataforma digital tiende a ser percibido como impostura.
El espejo roto de Europa
El descontento de los jóvenes españoles no es aislado: se inscribe en un
patrón europeo. Italia, Grecia y Portugal presentan realidades similares: altas
tasas de desempleo juvenil, fuga de cerebros y un mercado inmobiliario vedado.
Pero España, con su tradición de movilización y su densidad urbana, ofrece un
terreno especialmente fértil para que una revuelta digital se materialice en la
calle.
Los analistas advierten que el país podría ser, de nuevo, un laboratorio
político continental. Así como el 15-M anticipó movimientos de indignación en
otros países, una eventual “revuelta Z” española podría marcar tendencia en
Europa: una insurgencia sin líderes, coordinada por algoritmos, guiada más por
la emotividad que por programas, y con capacidad de alterar el equilibrio institucional.
La generación que no olvida
De momento, el descontento no ha cristalizado en una fuerza visible.
Pero la ausencia de protesta no equivale a calma. La Generación Z española observa, memoriza y organiza
sin que los mayores lo perciban. Sus referentes no son los partidos, sino
los influencers activistas; sus espacios de
deliberación no están en los medios, sino en Twitch, YouTube, WhatsApp o
Telegram.
Cuando decida actuar, lo hará con la velocidad de la red y el alcance de
una generación globalmente conectada. Y entonces, como ya ocurrió en América
Latina, los dirigentes políticos españoles descubrirán que la política digital
puede derrocar gobiernos tan eficazmente como las urnas.
Lo que está por venir
Si algo ha dejado claro la caída de Boluarte y las revueltas juveniles en
distintas latitudes, es que la política está perdiendo el monopolio del cambio.
En su lugar emerge una forma de acción colectiva espontánea, fluida y
radicalmente contemporánea.
Los gobiernos pueden intentar reprimirla o ignorarla. Pero, como demuestra
la historia reciente, el poder ya no reside solo en los palacios presidenciales,
sino que está instalado en los algoritmos. En una época en que la esperanza es
escasa y la conectividad infinita, basta un simple hashtag para encender una revolución.
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