El líder del PP esgrime, ya sin complejos, un discurso populista típico de movimientos rupturistas y antidemocráticos
José
Antequera 15/10/2025
“¿Por qué protege a los delincuentes mientras abandona y persigue a las
personas honradas?” Con esa pregunta algo extraña y preñada de feroz populismo
marca Vox, Alberto Núñez Feijóo subió
hoy a la tribuna de oradores de las Cortes para
arrojar su habitual dosis de bilis mañanera. De un tiempo a esta parte, el jefe
de la oposición ya no sale del “váyase, señor Sánchez” emulando a
aquel “váyase, señor González” de José María Aznar. Ni una sola propuesta, ni un solo
proyecto de país, nada.
El gallego se mueve entre el bulo y el insulto. Está atravesado por su
propia patraña. Habla de que han subido los impuestos tres veces y no aporta ni
una sola cifra oficial. Habla de la caja B
del PSOE y tiene la suya echando humo. Habla de lo mal que va la economía
cuando el FMI le da a España un
crecimiento del 2,9% para este año, cuatro décimas más que las últimas
estimaciones. Ya no mantiene ni un solo debate serio con el Gobierno para
abordar los problemas del país, prefiere sumarse a la moda antisistema y
rupturista (es más cómoda y además triunfa en todo el mundo). Feijóo se ha
dado al vicio de la perversión del lenguaje. En eso consiste el nuevo
populismo ultra, en vaciar de contenido los conceptos e ideas y convertirlos en
una jerga orwelliana. Sin embargo, no termina
de dar la talla como aprendiz de controlador de mentes y Abascal se ríe de él cuando le recuerda que quiere
copiarle el discurso y hasta la barba. Patético.
En El hombre unidimensional, el
libro más subversivo del siglo XX, el filósofo Herbert
Marcuse asegura que la sociedad contemporánea ha perdido la
capacidad de pensamiento crítico, reducida por el modelo económico capitalista
industrializado y de consumo, convirtiendo al ser humano en un ente que acepta
sin cuestionar las normas, valores y necesidades impuestas por el sistema.
Ha interiorizado un lenguaje alternativo sin base real. La gente que habla
y acepta esa verborrea pervertida y vacía de contenido (la de la manipulación,
el control y el totalitarismo) “parece ser inmune a todo y susceptible de
todo”. Gente convertida en el hombre-masa, mentes unidimensionales que ni
sienten ni padecen, seres de encefalograma plano. Vegetales, amebas sin
capacidad alguna de reflexión ni espíritu crítico que solo viven para el culto
al líder. El gurú ultra que construye su secta (por momentos Feijóo da la
sensación de estar jugando precisamente a eso, a levantar su propio movimiento
terraplanista en el rancho Waco de Génova 13) trata de retorcer el lenguaje al máximo
hasta anular el principio de realidad, generando un efecto
mágico e hipnótico en quien le escucha. No se esfuerza en decir la
verdad, pretende impactar; no dialoga, trata de epatar (sorprender, confundir,
escandalizar).
Y en esas está Alberto. Haciendo prácticas en la nueva escuela sofista,
adiestrándose en la nueva ortodoxia ultraderechista, estudiando como un alumno
aplicado para sacarse el carné de trumpista. El problema es que él no es
como Isabel Díaz Ayuso. Para ser como ella tendría que tener
tirabuzones zainos y cara de muñeca pepona y no es plan. Cuando Ayuso llama
“machito” a Sánchez y se retrata a sí misma como una pobre mujer que ha
abortado dos veces, todos la creen y le compran el cuento de Caperucita maltratada por el malvado leñador Pedro.
Cuando Feijóo lanza su xenófobo plan migratorio, para parecer más duro, el
personal bosteza. No le hace caso nadie.
El líder popular trata de agarrarse al clavo ardiendo del discurso
reaccionario copiado íntegramente del manual trumpizado de Santiago Abascal. Según ese relato mítico, el sanchismo
es la tierra volcánica, estéril y siniestra de Mordor y
cuando él llegue al poder se restablecerá de nuevo el orden, la ley, el “mundo
feliz”. Típico de embaucador o charlatán de feria. Y así es como va soltando
frases delirantes y completamente fuera de la realidad del tipo “Los
delincuentes le han dado el poder a usted, señor Sánchez, y ahora los
delincuentes necesitan que usted permanezca en el poder” (una proposición
completamente absurda, el poder no se lo dio al Gobierno ninguna mafia, sino
las urnas y los pactos de gobernabilidad legítimos en toda democracia); o cosas
como “Usted abandona a los españoles honrados ante todo tipo de catástrofes,
incendios, inundaciones y volcanes” (se salta que su delfín Mazón estaba en el Ventorro mientras
228 valencianos morían ahogados por la riada y que Mañueco hace oídos sordos a los forestales que
reclaman más inversiones públicas para que Castilla y León no arda por los
cuatro costados); o frases como “el dinero en su Gobierno corre como en un
prostíbulo” (lo del prostíbulo de Moncloa le encanta, es una imagen potente y
recurrente que epata mucho). Toda esa forma de comportarse son síntomas claros
y evidentes del mal de la trumpización que afecta a Feijóo, de que el líder
popular no encuentra su lugar en el mundo (ni en el partido, ha perdido no ya
el norte, sino el centro), de que está nervioso y va a la desesperada, a todo o
nada, porque ve que la mayoría absoluta sigue quedándole muy lejos.
Demonizar o deshumanizar al rival, tal como hace el nuevo fascismo
posmoderno, para eso se ha quedado el líder de la llamada derecha democrática
moderada. Un Feijóo en tono catastrófico, hiperventilado y entregado a la
hipérbole permanente y al zafio manual del lenguaje goebbelsiano (repite una
mentira mil veces hasta que se convierta en realidad) ha vuelto a pasar por el
Parlamento. Solo que aquí las verdades del barquero no las dice él, sino Rufián. “Con la vivienda se está traficando con un
derecho fundamental. La gente vive en zulos pagando como si fuesen palacios.
Intervención del mercado ya. Romper con el bucle tóxico de la especulación. Que
un rico invierta en rólex y en criptomonedas, no en casas. Que pague. Si un
rico quiere especular, que pague. Una familia, una casa”. Y todo esto ocurre
mientras fuera, Ábalos desfila por el Supremo
camino del trullo. Si la Justicia le quita el escaño, todo el
edificio sanchista se desmorona. La democracia siempre pende de un hilo. Y la
nuestra peligra y mucho.
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