El Gobierno aprueba la revalorización de las pensiones mientras cada vez son más los sectores de la extrema derecha que reclaman el final de las pensiones públicas
José Antequera
07/10/2025
El Gobierno revalorizará las pensiones contributivas un 2,6% el próximo
año. Sin duda, en los tiempos que corren, cada año que sube la paga de
jubilación es un nuevo milagro, un éxito, la última victoria del maltrecho,
agonizante y en horas bajas Estado de bienestar.
Con el fascismo posmoderno golpeando fuerte, con Milei en plan estrella del rock y dando conciertos
a los engañados de su estúpido movimiento ácrata, con la República francesa
y Macron a punto de claudicar a manos de los
fascistas de Le Pen, cabe felicitarse de que
aquí, en la pequeña España, aún nos quede un reducto, un oasis de socialismo,
aunque sea tibio.
La noticia de la revalorización de las pensiones ha provocado el habitual
vómito de los bots y algoritmos que Vox controla
totalmente en las redes sociales. “Estos boomers cobran
demasiado”. “Hay que acabar con las pensiones, nos cuestan un riñón”. “Ayuso, privatízalo todo”. Son algunos de los mitos y
mantras que pueden leerse en X, el Gran Hermano totalitario
de Elon Musk. Son los cachorros de la extrema derecha
agitando el odio contra el Estado de bienestar. Entre ellos hay fascistas
declarados y convencidos, convictos y confesos, pero también chicos
desinformados, jóvenes de instituto confusos, universitarios perdidos,
desnortados y sin confianza en el futuro. Los hijos de Tik Tok. La muchachada que, según las últimas
encuestas, prefiere vivir en un Estado dictatorial antes que en una democracia.
Ni unos ni otros han entendido que están viviendo en la mejor España posible;
desde luego, la mejor en quinientos años de historia.
¿Qué les ha pasado a nuestros chavales para que hayan desarrollado una
extraña y delirante gerontofobia? Hablamos de un trastorno colectivo que sufren
cada vez más adolescentes. Miedo, rechazo o aversión hacia las personas mayores
o hacia el proceso natural de envejecimiento. Aunque puede manifestarse como un
temor personal a hacerse viejo, también se refleja en actitudes
discriminatorias, despectivas y violentas hacia los ancianos. El mal del odio
al diferente siempre ha existido. Generación tras generación, el joven
aplasta al viejo como un vendaval de energía y fortaleza. Las ideas antiguas
perecen, las novedosas se instauran. El mundo de ayer claudica. Pero ya no se
trata del ancestral rechazo al viejo que desde tiempos inmemoriales se ha
traducido en desprecio, invisibilización o trato injusto hacia las personas
mayores. No se trata del odio al abuelo por inútil, por enfermo o porque es una
carga social o para la familia. Se ha abierto paso una especie de racismo contra
el boomer simple y llanamente porque tiene la vida
solucionada, porque cobra una holgada y cómoda paga del Estado, porque vive
mejor que el joven. Porque es un subvencionado y por ahí no.
No caen en la cuenta estos niñatos haters (una
parte de la hornada Z, milenials y generación zombi) que gracias a las
pensiones que cobran nuestros mayores ellos pudieron estudiar, irse de
vacaciones, salir adelante cuando vinieron mal dadas por la crisis económica o
la pandemia. Tampoco reparan en que un pensionista o jubilado no es un
privilegiado del socialcomunista Sánchez, sino
alguien que se ha ganado la seguridad del plácido retiro después de décadas de
esfuerzo, batallas, sangre, sudor y lágrimas. La generación nacida entre el 46
y el 64 se merece todo nuestro reconocimiento y respeto, además de las
garantías de nuestro sistema público de pensiones porque se lo ha trabajado,
porque se lo ha currado, porque son héroes de la supervivencia existencial y
laboral (muchos de ellos incluso héroes de la lucha por la libertad que siguen
dando ejemplo en primera línea en las manifestaciones contra el genocidio
palestino). Gracias a nuestros mayores hoy vivimos en un Estado de derecho.
Solo por eso, un respeto, majos.
Hay mucho jovenzuelo nihilista y hormonado, radicalizado y voxizado, que
echa pestes de lo bien que viven nuestros jubilados. Quieren acabar con las
pensiones porque nos cuesta demasiado a los españoles, porque se creen
arrogantes e invencibles superhombres de uno noventa y porque lo dice Santi Abascal, el líder de la raza superior que sueña
con colocarnos la mochila austríaca tras echar a los inmigrantes al mar. Más
que la violencia que anida en los corazones de estos chicos, más que su absurdo
e inexplicable rencor, lo que más le espanta a uno es comprobar cómo esos
cerebros han sido vilmente manipulados por la extrema derecha tras décadas de
abandono de un sistema educativo en buena medida fracasado. ¿Por qué son así,
por qué ya no ayudan a los ancianos a cruzar en un semáforo, porque no les
ceden el asiento en el autobús? Se leen cosas terribles por ahí, en los
andurriales y vertederos de Internet, cosas como que es preferible dejar morir
a nuestros jubilados porque es más rentable y porque es ley de vida. Un
holocausto de vejetes.
Ya no se trata de que los ancianos no entiendan a los jóvenes, ni del
cíclico y recurrente choque generacional de siempre. Esto es otra cosa, esto es
otro tipo de racismo, una xenofobia irracional contra el mayor como la que destilan
algunos contra el inmigrante, la feminista, el homosexual o el gordo, al
que Trump quiere echar del Ejército. Decía Bernard Shaw que la juventud es una enfermedad que
se cura con la edad, pero mucho nos tememos que este mal no tiene cura, que irá
a peor, que se contagiará y se extenderá como un virus maligno en el futuro. Un
futuro insolidario de viejos encerrados en cutres asilos, sin dignidad ni
salario, y una generación de jóvenes exultantes, rubios y arios viviendo la
vida loca de Instagram. Una sociedad de púberes
mentales bobaliconamente felices y neuróticos ante la idea de la arruga y de la
muerte. Un mundo de inmaduros soñadores en busca del elixir de la eterna
juventud prometido por los embaucadores y falsos dictadores como Putin. El anciano es un hombre que ya ha comido y
observa cómo comen los demás, decía Balzac. El nuevo
fascismo era esto.
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