Esa ultraderecha que se proclama depositaria de los valores cristianos entra en contradicción permanente con el Nuevo Testamento, promoviendo en realidad ideas profundamente anticristianas. Predican exclusión, violencia y supremacía, mientras el Evangelio habla de acogida, humildad y amor al prójimo. Es inequívoco y no depende de interpretaciones. No sé qué Evangelio han leído. ¿Desde cuándo los cristianos portan símbolos de terror como las esvásticas? ¿Desde cuándo recurren a una retórica incendiaria, no para reclamar justicia –tal como hizo Jesucristo-, sino para pedir castigos para los más vulnerables? ¿Desde cuándo un cristiano retuerce los textos bíblicos con el fin de justificar el racismo y la discriminación? ¿Desde cuándo un cristiano en vez de hablar de amor lo hace de condenación y violencia, invocando la justicia divina como arma de castigo? ¿Desde cuándo los cristianos ostentan crueldad e indiferencia ante el sufrimiento ajeno, tal como hacen los políticos ultraderechistas?
Estos líderes se han quedado anclados en teorías que predominaban en los
siglos XVII y XVIII acerca de las razas, lo cual es ridículo porque entonces
éramos aún más eurocéntricos y, sobre todo, muy ignorantes. El conocimiento
científico no admite volver atrás por nostalgia o romanticismo mal entendido.
Cuando los griegos empezaron a creer que las enfermedades no eran castigos que
enviaban los dioses, comenzaron a pensar en la forma de curarlas. Ese cambio de
la cosmovisión mitológica a la racional es uno de los orígenes del pensamiento
científico. Sin embargo, estos ultraderechistas niegan la ciencia, la evolución
biológica y el cambio climático, son antivacunas y desconfían de la medicina
moderna. Hay un deseo de la ultraderecha de retornar a las tinieblas, cuando la
humanidad hace siglos que vio la luz y los caminos por los que debemos
transitar, que son la ciencia y la democracia. Si alguien tiene mejores
recomendaciones, por favor, que las comparta con todos nosotros.
El científico sueco Carolus Linneaus nació hace más de 300 años. Creó una
clasificación taxonómica de las razas que atribuía a cada una características
determinadas, incluso morales, algo que a la luz de las ciencias actuales
–desde la psicología, la neurociencia, la sociología, la biología evolutiva o
la Antropología- nos parece no solo refutable por completo, sino ridículo.
Aunque siempre habrá un paleto español, vasco, catalán, japonés o alemán capaz
de dar crédito a estas tonterías con el fin de justificar la discriminación
hacia otros seres humanos. En cuanto las ideas de Linneaus cayeron en manos de
científicos como Blumenbach, Gobineau, Morton y Galton las adaptaron a sus
delirantes prejuicios con el fin de crear todo un universo de jerarquías que
terminó justificando la esclavitud, el colonialismo, la eugenesia y, más tarde,
el genocidio. Aunque estas personas fueron influyentes hombres de ciencia, no
es menos cierto que distorsionaron el método científico con el fin de afianzar
una cosmovisión supremacista.
Así es, ¿verdad? Piensen un poco: seguro que ninguno de ustedes ha conocido
un español deshonesto o mentiroso, como tampoco un venezolano, colombiano o
marroquí que no sea violador, ladrón o alcohólico. No me hagan reír; eso es,
simplemente, no conocer la naturaleza humana. Además de la imposibilidad de
establecer clasificaciones morales entre grupos humanos, existe la dificultad
de definir un grupo étnico por el color de la piel debido a la abundancia de
casos intermedios que desafían una categorización rígida. Los niños pueden
percibir perfectamente que alguien tiene otro color de piel –incluso si la
diferencia es leve- o un acento distinto, pero no le dan importancia. Los bebés
de solo 6 meses ya disponen de la capacidad de hacerlo, entre otros motivos
porque distinguen, sin discriminar, entre familiares y conocidos, en lo que
forma parte de la etapa temprana de la llamada intersubjetividad primaria y la
percepción social básica. Pero la interpretación de esas diferencias —buena,
mala, inferior, superior— es aprendida en el entorno familiar y social, por eso
hay que procurar que jamás escuchen opiniones despectivas hacia los demás o
expresiones racistas. La principal razón es que el ser humano, especialmente en
sus primeros años, aprende por imitación.
No solo repite palabras y gestos, sino que absorbe, para después
reproducirlos, patrones de valoración, jerarquías simbólicas y
actitudes afectivas hacia los demás. Por favor, no eduquen en el odio con la
excusa de que el cristianismo es eso porque no lo es.
Los ultraderechistas también dicen
abanderar los valores europeos, pero el europeísmo como movimiento político
trata de integrar y gestionar las diferencias, no que una ideología prevalezca
sobre las demás. En cuanto a nuestros “valores occidentales”, todas esas
falacias no existen: las sociedades europeas han sido, desde sus orígenes,
espacios de mezcla, transformación y conflicto. La noción de “valores europeos
u occidentales” como algo estático ignora siglos de migraciones, intercambios
culturales, sincretismos religiosos y revoluciones sociales que han dado forma
al continente. Desde la expansión del Imperio Romano hasta las rutas
comerciales medievales, Europa ha sido atravesada por pueblos diversos: celtas,
germánicos, árabes, judíos, bereberes, eslavos, turcos, africanos y asiáticos.
Esta interacción propició intercambios en los que las tradiciones locales se
entrelazaron con influencias externas, dando lugar a nuevas expresiones
culturales. Así se han formado todas las identidades a lo largo de la historia.
Las sociedades no son entes inmutables, sino una síntesis de influencias
diversas.
Evidentemente, algunos de los pueblos que he citado no eran lo que
entendemos por blancos, pero cada uno ha dejado huellas en la lengua, la
arquitectura, la gastronomía, el fenotipo, el derecho, la música y las formas
de vida europeas. La repostería española tiene una herencia árabe-musulmana
innegable, procedente de la época andalusí. Y cuando los franceses nos
invadieron, en 1808, robaron miles de recetas de los monasterios y los
conventos porque admiraban la cocina de nuestros centros religiosos. Luego
parte de lo suyo es nuestro, y parte de lo nuestro es árabe-musulmán, es decir,
somos todos hijos de una misma historia. Somos una sola humanidad, no es
idealismo, es la realidad, y la Antropología lo prueba una y otra vez de forma
tozuda.
Algunos niños y adolescentes españoles manejan ya y con soltura modismos
sudamericanos en el habla cotidiana, y yo he visto a padres corregirlos cuando
los escuchan decir, por ejemplo, “me voy a la casa”, no porque les desagrade el
hecho de que usen o no el artículo, sino porque asocian lo sudamericano a un
estatus inferior. Esa nueva manera de hablar es una consecuencia lógica del
intercambio con niños sudamericanos que los niños españoles -que aún no aplican
de forma consciente las execrables jerarquías en las que somos educados- hacen
de forma natural. El constructo social de la raza no es fácil de aprender, ha
de ser inculcado, y si no lo creen, estudien el ingente esfuerzo de las políticas
educativas coloniales desarrolladas entre los siglos XVII y XX para que los
niños europeos no olvidaran sus orígenes y no se mezclaran con las poblaciones
nativas de las colonias.
Incluso pretender que existe un solo cristianismo es otra falacia: el
cristianismo ortodoxo, el romano, el protestantismo en sus múltiples ramas y
las teologías de la liberación –aunque en menor medida- han coexistido en
Europa, a veces en conflicto, a veces en diálogo. Y también se han
transformado, y no siempre por disputas teológicas, sino puramente políticas o
económicas.
La ultraderecha no defiende lo europeo ni lo estadounidense ni lo
occidental ni nada más que la incultura, la melancolía por un pasado que no
existió y políticas que, de llevarse a cabo, nos harían retroceder décadas.
Algunos de sus líderes, en un lamentable ejercicio selectivo, mencionan
versículos de la Biblia para condenar la homosexualidad, pero jamás desprenden
amor en ninguna de sus palabras. Yo me pregunto qué proyecto tienen para los
millones de miembros de la comunidad LGTB que viven en Europa, si mantienen ese
discurso para sus familiares homosexuales y si ese radicalismo no los emparenta
más con el islamismo que con lo cristiano. En realidad, su discurso moral y
político es el pretexto para desatar su maldad, porque carecen del coraje para
admitir que lo único que defienden es el odio y la exclusión. Ah, y que las
mujeres vuelvan a las cocinas y gocen de cierta visibilidad –con este gesto
pretenden mostrar que no comparten la exclusión total que el islamismo reserva
a las mujeres- , pero siempre con menos protagonismo que los varones, eso
también les entusiasma. Lo llaman libertad y verdad, pero han redefinido estos
términos para legitimar exclusión y jerarquía. Necesitan apoyarse en una autoridad
absoluta como Dios porque el fanatismo religioso es lo único que puede
justificar y restaurar sus jerarquías perdidas, privilegios heridos y órdenes
sociales que se resisten a morir. Lo más alarmante y trágico de nuestro tiempo
es que quienes antes llegaban al poder mediante golpes de Estado, lo hacen
ahora de la mano de nuestros votos.
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