La estrategia del bandazo del líder conservador no da frutos en las encuestas de intención de voto y Vox amenaza con darle el sorpasso al Partido Popular
José Antequera
14/10/2025
En el PP se ha instaurado la mentira
como forma de hacer política. “Mentir no es ilegal”, filtran fuentes populares
tras conocerse que MAR, el Rasputín de Ayuso en la
sombra, se inventó un bulo: que la Fiscalía había ofrecido un pacto al novio de
la presidenta madrileña para rebajar sus penas por delito fiscal. En Génova ya chapotean felices y contentos en el
barro de la patraña, como buenos aprendices de trumpistas que son. Y Abascal frotándose las manos.
Feijóo no va por buen camino. Su estrategia del bandazo o pollo sin cabeza
no la entiende nadie en el partido, ni los duros ayusistas ni los moderados, si
es que queda alguno. La pasada semana fue un calvario para él. El gallego fue
de disparate en disparate, desde mostrarse tibio con el genocidio de Gaza hasta caer en la más descarada ambigüedad o
indefinición con el tema del aborto (un marrón que le había endosado el
alcalde Almeida), pasando por su pasotismo con el feo asunto de
los cribados y las mamografías de Andalucía, otro
monumental escándalo que amenaza con llevarse por delante a su delfín andaluz,
el suavón Juanma Moreno (hoy suavón,
mañana quién sabe, quizá no tarde en mostrar su rostro más feroz, como pasa con
todos los barones del PP cuando se encuentran en apuros y ven amenazado su
poder). Todo hombre de derechas lleva a un lobo (despierto o dormido) dentro de
sí.
Ya no cabe ninguna duda. Feijóo es un auténtico desastre con la estrategia,
un “fistro duodenal”, como diría el gran Chiquito de la Calzada.
Prueba de ello es que está llevando al partido al borde del precipicio. Abascal
ya le supera en las encuestas de líderes más valorados y Vox está a un par de
telediarios de los de Telepedro de
darle el sorpasso al PP. El gallego no da una a derechas,
nunca mejor dicho. Cuando la lógica le aconsejaba fulminar a Carlos Mazón por su gestión chapucera y ventorrera
de la riada de Valencia, lo ratificó en el cargo. Cuando la lógica pedía que se
desmarcara del mensaje racista propalado por la extrema derecha a cuenta de la
inmigración, Feijóo se abrazó miserablemente al discurso
xenófobo/populista para no perder votos. Y cuando lo que tocaba era marcar
perfil propio y distancias con los neofascistas (como hacen los liberales en
Europa), él se pegó a ellos abriendo la puerta al monstruo a las instituciones
democráticas. Últimamente ha ido de charco en charco, como cuando Donald Trump avaló el genocidio palestino,
poniendo encima de la mesa su infame plan de colonización/urbanización de la
Franja de Gaza, y él no dijo ni mu. En el tema palestino no ha llegado a los
momentos delirantes propios de la niña del exorcista Ayuso, que ha destilado
toda su verborrea sionista con graves insultos de bilduetarras, subvencionados
y vagos perroflautas contra los héroes de la Flotilla, pero poco
le faltó.
La semana pasada fue aciaga para él y terminó con un pase de pecho de Pedro
Sánchez en el Congreso de los Diputados, su
famoso “ánimo Alberto” para la historia con el que el presidente socialista se
ventiló la intervención de Feijóo, anulando el atronador minuto de aplausos que
le dedicaron al líder conservador sus compañeros de la bancada popular. Con ese
“ánimo Alberto”, Sánchez vino a demostrarle al jefe de la oposición que todavía
se siente fuerte y seguro (pese a que la UCO sigue
sacándole chistorras, lechugas y soles al dúo Ábalos y Koldo) y
que los mismos que aplauden acaloradamente al dirigente popular, en el
hemiciclo, conspiran contra él, tal como ya ocurrió con Pablo Casado, al que dieron el descabello en los
toriles de Génova el mismo día que lo sacaron a hombros, entre vítores y olés,
del ruedo parlamentario.
A estas alturas de la película ya podemos decir que Alberto
Núñez Feijóo no es el hombre que necesita su partido. Tampoco España. Las bases no
confían en él, ni en su proyecto, ni en su liderazgo, y no ven el día que lo
larguen para colocar a Ayuso como candidata a la Moncloa. Mientras tanto, Abascal le va comiendo la
tostada. Está visto que el gallego no puede con el ultra. Cada vez que Feijóo
le tira una sutil chinita al Caudillo de Bilbao, o le obsequia con un discreto
reproche, o le dedica un cachete más o menos elegante, este le responde con un
zasca mítico. Una dentellada capaz de arrancarle un brazo. El pasado
domingo, Día de la Fiesta Nacional, el gallego tuvo la
ocurrencia de decir que a Vox se le “ha ido la pinza” y que ya es como Bildu porque su máximo líder no acude al desfile
militar, da plantón al rey Felipe, se va de
francachelas con los de la bandera del pollo y hace la pinza mutua y descarada
con Sánchez para terminar de enterrar al PP. Para qué fuiste a hablar, Alberto.
Abascal le preguntó si es que se había dado “un golpe en la cabeza” o qué
(ridiculizándolo a tope) y de paso le recordó que “la única pinza” por la que
está preocupado es “la que tienen en la nariz muchos votantes del PP que son
estafados por Feijóo con la idea del voto útil”. El hostión dialéctico del
dirigente ultraderechista se escuchó hasta en la Trump Tower, sede del nuevo fascismo internacional.
Hace tiempo que el líder del PP fracasa una y otra vez en su relación con
Vox. Tan pronto lo tilda de partido radical como pacta con él para mantener sus
gobiernos regionales. Y esa estrategia propia del chaquetero (estos son mis
principios, si no le gustan tengo otros, que diría Groucho) es percibida por el votante conservador como
un signo de debilidad y de poco empaque político. Es metafísicamente imposible
que una fuerza política sea antisistema y peligrosa para el Régimen del 78 y al
mismo tiempo idónea para garantizar la estabilidad gubernamental. Fruto de esa
esquizofrenia, de ese síndrome de Estocolmo (Feijóo está secuestrado por los
ultras y aún no lo sabe), son los malos datos de las últimas encuestas sobre
intención de voto, que anticipan un posible sorpasso de Vox
al PP. Y no solo lo dice la cocina demoscópica de Tezanos (cuyos platos hay que probarlos con toda
precaución por indigestos), sino los sondeos de los medios de la caverna. Hoy
mismo, Feijóo se ha ido corriendo a presentar su programa xenófobo sobre
inmigración, que es calcado al de Vox. “El que tiene contrato se queda, el que
no se va”. No tiene remedio este gallego con complejo de inferioridad hacia los
ultras. Lo dicho: ánimo, Alberto.
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