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Se vienen cometiendo constantemente, no sólo entre la gente corriente,
sino entre los políticos que debieran hacer frente a este asunto y también
entre muchos economistas |
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No hace falta que explique hasta qué punto es grande
el problema de acceso a la vivienda debido a su alto precio, ni las consecuencias
tan dramáticas que provoca, principalmente en el ámbito personal y familiar,
pero también en el económico, financiero, urbanístico y social, en general. Hoy me limito a señalar tres confusiones que, a mi
juicio, se vienen cometiendo constantemente, no sólo entre la gente
corriente, sino entre los políticos que debieran hacer frente a este asunto y
también, aunque parezca mentira, entre muchos economistas. Como se verá
enseguida, son graves porque impiden percibir correctamente la naturaleza del
problema, de modo que resulta entonces imposible solucionarlo. Son las siguientes. En primer lugar, creer que la subida exagerada de
los precios de la vivienda ocurre sólo en nuestro entorno, en nuestro pueblo
o ciudad, en nuestra región o país. No es cierto. Es un error de percepción
porque la subida y su exagerada magnitud se está produciendo en la práctica
totalidad de los países. Si bien es verdad que algunos, incluso de nuestro
entorno más cercano, registran subidas más moderadas, se puede decir con
total fundamento que el alza de los precios de la vivienda es un auténtico
fenómeno global. Una confusión de este tipo impide resolver el
problema por una razón bien sencilla. No es lo mismo que cualquier tipo de
mal se padezca individual o localmente que de forma generalizada. No se trata
igual ni se cura con el mismo procedimiento una enfermedad singularizada en
una persona que la producida por una pandemia. Las causas que lo generen
serán, con toda seguridad, muy diferentes. Una segunda e importante confusión consiste en no
percatarse de que el precio de la vivienda no es el único que está subiendo. La realidad es que a la vivienda le viene ocurriendo
exactamente lo mismo que a otros bienes que se han convertido en objeto de la
inversión de quienes en los últimos años han acumulado una cantidad ingente
de ahorro y riqueza. Si sólo fuera el precio de la vivienda el que está
subiendo, tendríamos que darle solución específica. Pero si comprobamos que
evoluciona al alza siguiendo la misma estela que otros bienes como el oro, la
plata, los objetos de lujo, las piezas de arte, o los activos financieros, y
si tenemos en cuenta que todos ellos son los que efectivamente adquieren
quienes disponen de ahorro en abundancia, tendremos otra clave fundamental. La razón es sencilla, sabemos que en los últimos
años y muy particularmente tras la pandemia, los grandes patrimonios han
multiplicado su magnitud en casi todos los países. Y ese incremento no se
destina al consumo de bienes y servicios corrientes, sino al tipo de activos
de inversión que he mencionado. Eso es lo que ha producido un incremento muy
grande de su demanda que impulsa extraordinariamente al alza sus precios o
cotizaciones, según el caso. La vivienda es un bien de inversión muy atractivo,
quizá no tanto como el oro o las acciones cuando se tienen grandes capitales,
pero sí lo suficiente como para que allí se destinen cantidades de dinero muy
grandes que elevan, como acabo de decir, la demanda de viviendas y su precio.
Lógicamente, no para que en ellas vivan quienes las adquieren, sino para
obtener rentas de su mera posesión, dedicándolas al alquiler o a usos
turísticos, por ejemplo. Además, la mayor demanda de vivienda para los
grandes ahorradores no sólo eleva su precio, sino que «tira», por una especie
de efecto reflejo, de los precios de todas las viviendas que hay en el
mercado, para propiedad o alquiler. La consecuencia de esta confusión es que se intenta
resolver el problema de la vivienda dentro del mercado cuando su origen, como
acabo de mostrar, se encuentra fuera de él. La tercera confusión es un efecto de la anterior.
Consiste en creer que, ante la gran presión de la demanda producida por la
razón que acabo de apuntar, la solución es elevar la oferta, hacer que el
número de viviendas construidas crezca, crezca y crezca si cesar. Como ocurre
ante tantos otros problemas económicos, sólo se sabe recurrir al crecimiento
constante, cuando el problema que se sufre no es, en realidad, de cantidad,
sino de calidad o de reparto, como en este caso. Se trata de otra confusión no menos relevante que
las dos anteriores porque igualmente impide resolver el problema de acceso a
la vivienda o, cuanto menos, frenar el alza de su precio. Cuando la oferta de viviendas aumenta mediante la
iniciativa privada, se buscará atraer a la demanda más solvente, justo la que
en mayor medida impulsa el alza de precios, pues puede pagarlos sin apenas
tener que preocuparse por cuál sea su cuantía. Y, aunque la oferta de
viviendas sea pública, será esa misma demanda la que más fácil y rápidamente
pueda adquirirlas. Y en ambos casos, como he dicho, la mayor oferta atrae más
demanda que arrastra al conjunto del mercado y lo que sucede, como está
sucediendo, es que, aunque suba la oferta, los precios siguen aumentando sin
cesar. El corolario de todo lo que acabo de señalar es
bastante evidente y se puede resumir con claridad: no se puede enfrentar el
problema de la vivienda como si fuese un problema local (porque es global),
sin tener presente que está causado por un fenómeno que no tiene origen en el
mercado de la vivienda (la concentración extraordinaria de la renta y la
riqueza) y limitándose a aumentar el parque de viviendas que se ofrecen en el
mercado (pues, en su totalidad o en una proporción suficientemente
determinante, serán adquiridas por la demanda de alta riqueza,
retroalimentando la subida de precios). Sabiendo esto, lo que se puede y se debe concluir es
que resultará materialmente imposible no ya resolver, sino incluso paliar en
pequeña medida el problema de acceso a la vivienda de los grupos sociales de
menor renta si no se cumplen dos requisitos imprescindibles: a) Frenar con firmeza la desigualdad y a la
concentración de la riqueza. b) Impedir que la vivienda siga siendo un activo de
inversión, al menos mientras no esté asegurado que sea lo que debe ser, un
bien de primera necesidad para los individuos y familias y cuya provisión
debe quedar garantizada a todas las personas por los poderes públicos. En resumen, sencillo de todo lo anterior: es un
hecho objetivo y claramente observado día a día que el mercado está siendo
incapaz de resolver el problema de la vivienda. Es más, está generando otros
al conjunto de la economía y a la sociedad de gran magnitud y que pueden
llegar a ser explosivos si no se resuelve. Por tanto, no hay otra alternativa
que sacar, literalmente hablando, u ofrecer fuera del mercado el número de
viviendas suficiente para garantizar el derecho de habitación de todas las
personas que hoy día la necesitan y no pueden acceder a ella; por supuesto, contribuyendo
a su financiación en la medida de su capacidad. Todo lo demás es retórica y cada día que pase sin
que se asuman y pongan en práctica estos últimos presupuestos hace que el
problema se haga cada vez más difícil, por no decir imposible, de resolver. |
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