Querido José Antonio: Israel fue una concesión de los ingleses a los
americanos para que instalaran en Oriente Medio una Super-Base de control a esa
zona muy rica en petróleo, gas y otras materias muy necesarias para el Imperio
Yanqui. Lo demás vino luego… por culpa de los EEUU de América. Y lo que está
pasando es culpa suya únicamente, ya que, ellos son los que ponen las armas y
el dinero de la corrupción israelita… con la ayuda de esa basura de UE.
De Irgún a Gaza, el Estado de Israel da continuidad a la violencia organizada que los actuales dirigentes han aprendido a utilizar con total impunidad
José Antonio Gómez
09/09/2025
Más allá de la romántica visión de la película Éxodo, protagonizada por Paul Newman y basada en la novela de León Uris, la historia demuestra que el Estado de Israel se crea, entre otras cosas, por la acción
de varios grupos terroristas. Por esa razón,
cuando los dirigentes israelíes utilizan el terrorismo de Hamás o han usado los atentados de Septiembre Negro o Hezbolá para
justificar su política de exterminio, deberían echar una mirada atrás para ver
sus orígenes. Todo ello por no hablar de las acciones terroristas ejecutadas en
las últimas décadas que también fueron idealizadas por el cine, como es el caso
de la Operación Cólera de Dios.
Antes de que Israel proclamara su independencia en 1948, la Haganá, Irgún y Lehi perpetraban atentados, asesinatos
selectivos y desplazamientos forzosos durante el Mandato
Británico de Palestina. Para los historiadores ultrasionistas, son héroes de la
independencia; para los palestinos, precursores de la limpieza
étnica y el exilio. Lo que pocos discuten es que esas tácticas
de “seguridad nacional” marcaron un patrón que todavía resuena en la política
contemporánea de Israel: la mezcla de defensa legítima, ocupación ilegal
prolongada y violencia dirigida contra civiles percibidos como enemigos.
Irgún y Lehi entendieron algo que Benjamin Netanyahu y
sus sucesores parecen recordar todos los días: la violencia, cuando se ejerce
con organización y justificación ideológica, puede convertirse en una
herramienta de legitimidad política. Atacar aldeas palestinas o embajadas
británicas no era solo estrategia militar: era propaganda, presión internacional
y forma de consolidar territorios. Hoy, los asentamientos ilegales en
Cisjordania, los bloqueos y los ataques sobre Gaza siguen funcionando con la
misma lógica: control territorial bajo la bandera de la seguridad, con civiles
convertidos en daños colaterales necesarios.
La continuidad es inquietante. La línea que separa la defensa de la
agresión se difumina cuando se construye un Estado sobre el miedo, la fuerza y la impunidad de facto. Las
organizaciones sionistas pre-1948 sentaron un precedente: la legitimidad del
Estado se mide por su capacidad de imponer control, no por la reconciliación
con la población desplazada. El patrón se repite en Cisjordania y Gaza, donde la
seguridad de Israel justifica restricciones extremas, violencia militar y un
entramado legal que favorece a los ocupantes sobre los ocupados.
Para la comunidad internacional, esta herencia plantea un dilema ético y
político: reconocer a Israel como Estado soberano mientras cuestiona las prácticas
que su fundación y expansión consolidaron. La seguridad y la supervivencia
nacional son argumentos poderosos, pero no explican ni legitiman el genocidio o
un modelo que mantiene a millones bajo ocupación, bloqueos y control militar.
En otras palabras, la historia no es sólo pasado: es plantilla. Lo que
comenzó como acciones de grupos terroristas se ha institucionalizado,
transformando estrategias de guerra en política de Estado. Gaza, Cisjordania y
Jerusalén Este no son anomalías: son la manifestación contemporánea de una
continuidad histórica de control, ocupación y legitimidad construida sobre la
fuerza. Y mientras esa narrativa persista, cualquier debate sobre derechos,
ocupación o paz seguirá siendo un ejercicio teórico frente a la realidad de un
Estado formado, desde sus cimientos, sobre la lógica de la violencia
organizada.
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