Comentario: Antequera, eres el mejor, tus artículos son inigualables. Este es una delicia para los lectores. ¡¡¡Gracias!!!
El presidente de Estados Unidos arremete contra España, un país que está demostrando mucha más sabiduría y madurez política que Estados Unidos
Ha dicho Donald Trump que los españoles
son unos “losers”, o sea unos perdedores. Es el último
improperio del presidente norteamericano, metralleta del insulto, contra
nuestro país. El magnate neoyorquino practica una suerte de matonismo político,
de sadismo incontrolable con el más pequeño y más débil. Es el típico abusón de
patio de colegio, en este caso el abusón de la aldea global, y esta vez nos ha
tocado la china a nosotros. Tendremos que llevarlo con paciencia, orgullo y
dignidad.
Hubo un tiempo en que presumir de fama y dinero era algo de mal gusto. Hoy
es justo al revés. El poderoso alardea de su éxito personal y no se sonroja de
su catetismo e ignorancia ante las carcajadas de los demás. Son los signos de
los tiempos. La posmodernidad ha enterrado los valores humanos forjados en
la Antigua Grecia y ha venido a sustituirlos por la
hipocresía del capitalismo salvaje luterano y anglosajón. Todo se compra y se
vende; nada se hace por altruismo o generosidad. El Satán del dólar lo invade todo y la verdad ha
quedado sepultada bajo un estercolero de bulos, retórica y maldad.
Sin embargo, uno cree que el perdedor no es, tal como dice Trump, el noble
y bravo pueblo español que hoy se sitúa en el lado correcto de la historia
junto a los principios democráticos, los derechos humanos, la legislación
internacional con sus convenios y tratados y la paz. El perdedor es el propio
Trump, aunque él aún no lo sepa (el tonto siempre es el último en enterarse de
que lo es). Aunque él se crea el más mejor, el amo del Universo, el number one, el gran gurú de la secta MAGA y hasta una especie de dios omnipotente, ya
vendrá la historia a ponerlo en su sitio en el panteón de los más terribles y
sanguinarios autócratas que ha conocido la humanidad. Todo hombre es, en
realidad, un loser, ya que está condenado a la
muerte. Pero esa lección de humildad no la aprendió en los colegios caros que
frecuentó en su juventud. Trump, con su montón de pasta y su casoplón en Mar-a-Lago, no es más que un amasijo de carne mortal
destinada al pudridero y a la damnatio memoriae ya
que, cuando pase a mejor vida, quedará como un mal recuerdo del pasado.
A este personaje nefasto no podrá hacerle justicia ni el Tribunal Supremo (que ha intentado manipular para
escapar de la acusación de golpismo), ni el FBI por sus
trapacerías fiscales, ni la Corte Penal Internacional por
bombardear escuelas iraníes llenas de niñas. Ni siquiera el Senado doblegado
ante la tiranía del nuevo Nerón. Será la
señora de la guadaña quien, llegada la hora final, le pondrá delante de sus
pecados para demostrarle que es un loser como todo
hijo de vecino. Él está intentando encontrar un remedio médico para esas
manchas rojizas que avanzan rápidamente por su cuello y sus manos. Incluso está
visitando a los genios de la biotecnología de Silicon Valley en
busca del elixir de la eterna juventud. Su amigo Putin intenta convencerle de que ambos pueden ser
inmortales, cíborgs indestructibles, y él se lo ha creído. Vanos intentos por
escapar a la cruda realidad: la finitud del ser humano. La muerte nos
iguala a todos, a pobres y a ricos, a señores y vasallos, a ángeles y demonios.
Trump pagará como todos como loser que es.
Si Trump se hubiese preocupado de cultivar
su espíritu y su moral y no tanto de su bolsillo (el dinero enloquece al ser
humano) hubiese aprendido algunas lecciones de esta vida. Sócrates tomó la cicuta porque prefirió morir
antes que vivir traicionando sus principios; hoy se le recuerda como “el más
bueno y sabio de los hombres”. Van Gogh solo
vendió un cuadro en su vida, vivió pobre, enfermo, rechazado por la sociedad y
soportando un infierno existencial; hoy es el pintor más vendido de la
historia. Y Ana Frank, perseguida y
represaliada, reducida a la categoría de insecto por los nazis, ha quedado como
ejemplo del triunfo frente a la barbarie, de la derrota final (moral, política
y militar) de los monstruos del Tercer Reich. ¿Eran
todos ellos losers, como dice el fatuo de la
gorra que ha usurpado la Casa Blanca a fuerza de bulos y mentiras? Al
contrario, todos quedaron como grandes personajes de la historia de la
humanidad.
En La senda del perdedor, esa magnífica novela de Bukowski, se sientan las bases del héroe moderno, que
en realidad es el antihéroe: Henry Chinaski. Ahí
se cuentan un par de verdades, en tono realista, sobre las sociedades modernas
que condenan a la gente a la desigualdad, a la pobreza y a la injusticia
social. El ascenso es la caída; el auténtico triunfo es la conciencia lúcida de
la derrota.
Los españoles no somos unos perdedores. Podemos serlo según los parámetros
aberrantes de Trump, que valora el éxito de un país en función de la riqueza y
el dinero. Pero nuestra cultura milenaria, mucho más sabia y profunda que la
yanqui, ha dado al mundo las pinturas de Altamira, la Alhambra de Granada, el Quijote, Las Meninas, los poemas de Lorca y el Guernica de Picasso,
entre otros tesoros. Ningún país con semejante patrimonio cultural puede
considerarse un perdedor. Y, en todo caso, falta saber cómo termina la guerra
de Irán, porque Trump dijo que la finiquitaría en cuatro
días y los iraníes le han salido levantiscos y resistentes. Si hubiese leído
a Heródoto se habría enterado de que los persas son
un enemigo duro de roer. Y van a cobrarse un precio muy alto, en sangre
americana, antes de ser conquistados por un tipo que se cree Alejandro Magno. Él mismo empieza a caer en la cuenta
de su error de cálculo, de su propia delirante megalomanía, y ya se rodea de
pastores y curas para rezar en grupo en la Casa Blanca, en plan Edad Media.
Cuando el fanático toma conciencia de sus crímenes se refugia en la
religión. Solo que Jesús (el
mesías de los marginados, de los fracasados, de los losers), no juega en su equipo, como él
dice. Antes entrará el camello por el ojo de la aguja que el
rico Trump en el reino de los cielos.
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