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viernes, 6 de marzo de 2026

06/03/2026 - TRUMP, EL PERDEDOR

Comentario: Antequera, eres el mejor, tus artículos son inigualables. Este es una delicia para los lectores. ¡¡¡Gracias!!!

El presidente de Estados Unidos arremete contra España, un país que está demostrando mucha más sabiduría y madurez política que Estados Unidos

José Antequera

Ha dicho Donald Trump que los españoles son unos “losers”, o sea unos perdedores. Es el último improperio del presidente norteamericano, metralleta del insulto, contra nuestro país. El magnate neoyorquino practica una suerte de matonismo político, de sadismo incontrolable con el más pequeño y más débil. Es el típico abusón de patio de colegio, en este caso el abusón de la aldea global, y esta vez nos ha tocado la china a nosotros. Tendremos que llevarlo con paciencia, orgullo y dignidad.

Hubo un tiempo en que presumir de fama y dinero era algo de mal gusto. Hoy es justo al revés. El poderoso alardea de su éxito personal y no se sonroja de su catetismo e ignorancia ante las carcajadas de los demás. Son los signos de los tiempos. La posmodernidad ha enterrado los valores humanos forjados en la Antigua Grecia y ha venido a sustituirlos por la hipocresía del capitalismo salvaje luterano y anglosajón. Todo se compra y se vende; nada se hace por altruismo o generosidad. El Satán del dólar lo invade todo y la verdad ha quedado sepultada bajo un estercolero de bulos, retórica y maldad.

Sin embargo, uno cree que el perdedor no es, tal como dice Trump, el noble y bravo pueblo español que hoy se sitúa en el lado correcto de la historia junto a los principios democráticos, los derechos humanos, la legislación internacional con sus convenios y tratados y la paz. El perdedor es el propio Trump, aunque él aún no lo sepa (el tonto siempre es el último en enterarse de que lo es). Aunque él se crea el más mejor, el amo del Universo, el number one, el gran gurú de la secta MAGA y hasta una especie de dios omnipotente, ya vendrá la historia a ponerlo en su sitio en el panteón de los más terribles y sanguinarios autócratas que ha conocido la humanidad. Todo hombre es, en realidad, un loser, ya que está condenado a la muerte. Pero esa lección de humildad no la aprendió en los colegios caros que frecuentó en su juventud. Trump, con su montón de pasta y su casoplón en Mar-a-Lago, no es más que un amasijo de carne mortal destinada al pudridero y a la damnatio memoriae ya que, cuando pase a mejor vida, quedará como un mal recuerdo del pasado.   

A este personaje nefasto no podrá hacerle justicia ni el Tribunal Supremo (que ha intentado manipular para escapar de la acusación de golpismo), ni el FBI por sus trapacerías fiscales, ni la Corte Penal Internacional por bombardear escuelas iraníes llenas de niñas. Ni siquiera el Senado doblegado ante la tiranía del nuevo Nerón. Será la señora de la guadaña quien, llegada la hora final, le pondrá delante de sus pecados para demostrarle que es un loser como todo hijo de vecino. Él está intentando encontrar un remedio médico para esas manchas rojizas que avanzan rápidamente por su cuello y sus manos. Incluso está visitando a los genios de la biotecnología de Silicon Valley en busca del elixir de la eterna juventud. Su amigo Putin intenta convencerle de que ambos pueden ser inmortales, cíborgs indestructibles, y él se lo ha creído. Vanos intentos por escapar a la cruda realidad: la finitud del ser humano. La muerte nos iguala a todos, a pobres y a ricos, a señores y vasallos, a ángeles y demonios. Trump pagará como todos como loser que es.

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En La senda del perdedor, esa magnífica novela de Bukowski, se sientan las bases del héroe moderno, que en realidad es el antihéroe: Henry Chinaski. Ahí se cuentan un par de verdades, en tono realista, sobre las sociedades modernas que condenan a la gente a la desigualdad, a la pobreza y a la injusticia social. El ascenso es la caída; el auténtico triunfo es la conciencia lúcida de la derrota.

Los españoles no somos unos perdedores. Podemos serlo según los parámetros aberrantes de Trump, que valora el éxito de un país en función de la riqueza y el dinero. Pero nuestra cultura milenaria, mucho más sabia y profunda que la yanqui, ha dado al mundo las pinturas de Altamira, la Alhambra de Granada, el QuijoteLas Meninas, los poemas de Lorca y el Guernica de Picasso, entre otros tesoros. Ningún país con semejante patrimonio cultural puede considerarse un perdedor. Y, en todo caso, falta saber cómo termina la guerra de Irán, porque Trump dijo que la finiquitaría en cuatro días y los iraníes le han salido levantiscos y resistentes. Si hubiese leído a Heródoto se habría enterado de que los persas son un enemigo duro de roer. Y van a cobrarse un precio muy alto, en sangre americana, antes de ser conquistados por un tipo que se cree Alejandro Magno. Él mismo empieza a caer en la cuenta de su error de cálculo, de su propia delirante megalomanía, y ya se rodea de pastores y curas para rezar en grupo en la Casa Blanca, en plan Edad Media. Cuando el fanático toma conciencia de sus crímenes se refugia en la religión. Solo que Jesús (el mesías de los marginados, de los fracasados, de los losers), no juega en su equipo, como él dice. Antes entrará el camello por el ojo de la aguja que el rico Trump en el reino de los cielos.

 

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