El Pentágono planea enviar cetáceos al Estrecho de Ormuz para limpiar las minas colocadas por el régimen de Irán
Donald Trump prepara una nueva monstruosidad que
añadir a su larga lista (que ya es difícil): delfines, leones marinos y
mamíferos acuáticos para limpiar el Estrecho de Ormuz,
convertido en un peligroso campo de minas por los iraníes. En las últimas horas
se ha sabido que el régimen de los ayatolás está plantando todo tipo de
artefactos explosivos en esa arteria del comercio mundial. El objetivo:
convertir Ormuz en un cuello de botella para terminar de estrangular la
economía global y de paso arrastrar a China (auténtica
obsesión del magnate neoyorquino), a la Tercera Guerra Mundial.
Aunque los generales del Pentágono presumen
de haber abatido 16 embarcaciones iraníes mientras colocaban las minas, lo
cierto es que un buen puñado de explosivos (entre quinientos y un millar) han
podido ser colocados en las aguas del Estrecho. Y ahí es donde entran los
pobres mamíferos acuáticos. Trump ha dado orden de movilizar la unidad de
delfines y leones marinos para detectar la munición y desactivarla. Hay que
denunciarlo alto y fuerte. Durante la primera Guerra del Golfo, y
después con la invasión de Irak, Estados Unidos
utilizó a estos hermosos animales como parte de su Programa de Mamíferos
Marinos para la detección de minas. Nos dijeron que no entraban en contacto con
las cargas explosivas, ya que su labor se limitaba a marcar la posición de la
bomba con flotadores de colores, avisando así a su entrenador. Sin embargo,
¿cuántos de estos nobles seres acuáticos estallaron por los aires? ¿Cuántos
pacíficos cetáceos reprogramados como arma de guerra fueron sacrificados? Jamás
se dieron cifras concretas de semejante crueldad. Nos contaron que los habían
bautizado con nombres de dibujos animados como Makai, Tacoma, Katrina y Ten, pero sobre sus misiones secretas y su trabajo
letal nada más se supo. Las denuncias de los ecologistas y defensores de los
derechos de los animales fueron, una vez más, ninguneadas.
Cuenta la mitología griega que en un tiempo remoto los misteriosos delfines
fueron piratas castigados y convertidos en cetáceos por tratar de vender al
dios Dioniso como esclavo. Desde Homero, el delfín ha sido compañero inseparable del
marinero solitario, terapeuta de niños autistas, atracción de feria e
inspiración de poetas. Hoy a los delfines (muy apreciados por la Marina
norteamericana por su sofisticado sistema de sonar natural) los amaestran
durante décadas, seguramente mediante métodos y prácticas moralmente
reprobables. Filosóficamente, entrenar a seres humanos para que se maten entre
sí en el campo de batalla es algo nauseabundo. Decía Paul Valéry que la guerra es una masacre entre gentes
que no se conocen para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se
masacran. O sea, una orgía de atrocidades alimentadas por charlatanes y
embaucadores como Aznar. Pero el ser humano es libre
de elegir su propio destino, su propio infierno, su propia autodestrucción,
mientras que, al inteligente delfín, un ser superior, lo sacan del mar –donde
nada en libertad y en armonía con el planeta y con el cosmos–, lo alistan
contra su voluntad, lo enfundan en una bandera absurda que no es la suya y lo
recluyen en un cuartel de agua, donde se le agota con ejercicios extenuantes y
estúpidas acrobacias antes de enviarlo a primera línea de batalla. Pocas
aberraciones humanas cometidas por el llamado sapiens tan execrables como esta.
En la guerra de Irán hay demasiados intereses en juego: el precio del
barril de petróleo, la estabilidad de las Bolsas y los
mercados internacionales, las elecciones de medio mandato de noviembre
que Trump podría perder si el conflicto bélico se
prolonga demasiado y el ciudadano medio americano, harto de no poder llenar el
depósito de combustible de su Cadillac, rompe con
el trumpismo. Todo eso y la destrucción del mundo de ayer con su Derecho
internacional basado en reglas, enterrado para siempre por doña Ursula Von der Leyen. El delfín vive en orden y paz con
la naturaleza; el ser humano en el caos, la ley de la jungla y la nueva edad de
oro del trumpismo fascista. ¿Quién es el ser más racional?
Hoy, el mataniñas Trump y su lacayo Netanyahu vuelven
a la carga con los horrores de la guerra. Mientras explotan las escuelas
repletas de colegiales, mientras cada día mueren cientos de civiles inocentes
en los bombardeos sobre Irán, Líbano, Cisjordania y Palestina, podría parecer una frivolidad preocuparse
por unos cuantos animales utilizados para la maquinaria del crimen y el
genocidio. Se está librando una batalla por una montaña de dólares y unos
océanos de petróleo y sangre, así que el lector de esta columna se preguntará
qué demonios puede importar que empleen a unos cuantos cetáceos para que
podamos llenar los depósitos de nuestros coches una semana más. Importa.
Importa porque la explotación del delfín como carnaza, como carne de cañón para
la guerra, es el símbolo perfecto de hasta qué nivel de degradación,
depravación e inmoralidad ha llegado el mono desnudo mal evolucionado hacia la
locura y la barbarie.
No se trata de caer en la retórica naíf o buenista, ni de recuperar
argumentos de aquellas películas lacrimógenas de nuestra infancia como ¡Liberad a Willy! Se trata de denunciar una
injusticia más, quizá minúscula al lado de la masacre de esa escuela femenina
que el criminal de guerra Trump ha volado por los aires con sus infames Tomahawks, pero injusticia, al fin y al cabo. Trump,
destructor de mundos, va a explotar para la guerra al bello, amigable,
sonriente y atlético delfín. Va ponerle el uniforme de los marines y una gorra
de MAGA. Va a sacrificarlo por la patria y por sus
petroleros cargados de codicia y negras mentiras. Ya lo dijo Anguita: malditas las guerras y los canallas que las
hacen. Y que dejen en paz a los delfines.
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