Desde la Segunda Guerra Mundial -como desde antes- no ha dejado de haber contiendas. La historia de la humanidad es la historia de las conflagraciones por el negocio que siempre ha supuesto: intereses fronterizos, económicos o ideológicos que han constituido una fábrica de muerte, de dolor para el ser humano, capaz de acabar con familias y con amores, generar hambre y miseria, crear destrucción o cercenar infancias, además de sembrar un miedo que nunca acaba de desaparecer. El filósofo Paul Valery lo dijo claro: «La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian, pero no se matan». Obviamente, en este escrito sólo trato de que los lectores sepan de buena tinta algo más sobre todo lo que ya pasó, lo que está pasando y lo que, previsiblemente, volverá a ocurrir.
Las “programadas” invasiones de Kuwait y
de Irak, junto con la famosa “Primavera Árabe”, inventada por Barack Obama
(amén del “genocidio” de Gaza y la actual guerra de Irán), han traído, por intereses
espurios como siempre, muerte, destrucción y algo mucho peor: terrorismo
islámico por medio mundo. Fanatismo religioso que no respeta ninguna regla
común de las personas. Pero el negocio de las armas -uno de los más
fructíferos, por no decir el que más- tiene que seguir funcionando. Así pues,
si no hay guerra, se inventa; porque hay que vender armas (los países son los
primeros traficantes) y las grandes potencias tienen que sustituir sus
“obsoletos” arsenales en guerras que poco le afectan para poder seguir
fabricando y vendiendo, y para actualizar sus potenciales con nuevos inventos
más sofisticados para matar. Oriente Medio y gran parte de África matan a su
gente de hambre, pero no les faltan armas a sus Dictadores para guerrear por
dominar la tiranía que los enriquece. Y no conformes, alimentan fanáticos para
que mueran matando en busca del placer eterno inexistente. Así, han conseguido
que las ciudades más pobladas de medio mundo sufran de sus fanatismos y estén
en permanente peligro. Ahora todos son lamentos y pesares cada vez que el
terrorismo islámico golpea; mas, ningún mandamás se acuerda ya de que sus
egoísmos, sobre todo, económicos son los que nos han traído esta “peste” tan
difícil de erradicar. La irracionalidad que rodea las contiendas bélicas aún
impera sobre la inteligencia, los intereses sobre la humanidad y la ceguera
mental sobre la luz cerebral (que se lo digan a Trump). De modo que, el mensaje
de “La orilla blanca, la orilla negra” puede ser fácilmente trasladado al mundo
de la política en una época convulsa como la actual, en la que de nuevo son
necesarios los himnos por la paz. Porque, aunque en el mundo occidental cada
vez es más raro un enfrentamiento bélico -o quizás no tanto, véase la guerra de
Ucrania-, siguen existiendo orillas blancas y orillas negras.
“Debe hacer un alto mi capitán/sí que
estoy cansado, no puedo más”
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