La Policía filtra la identidad real del más famoso grafitero de la historia, cuya obra, desde hace décadas, ha removido conciencias en todo el mundo
Un informe policial, convenientemente filtrado a los periodistas de Reuters, ha revelado la identidad, hasta hoy oculta,
del misterioso artista urbano Banksy. Se trataría
de Robin Gunningham, aunque este señor con apellido de
lord inglés, de momento, no ha confirmado la noticia. Si finalmente se
demuestra que es él, si se acaba sabiendo el nombre y apellido del escurridizo
grafitero, el sistema habrá derrotado, por fin, al héroe desconocido del arte
callejero.
Un Banksy anónimo molestaba, resultaba incómodo para más de uno (no sería
la primera vez que un político envía a sus albañiles, con pico y pala, a
destruir algunas de sus hermosas composiciones). Así que esto es el poder
reprimiendo al artista solitario y comprometido; esto es la policía fichando al
guerrillero del aerosol que lucha contra la injusticia social. Toda una
metáfora de los tiempos mercantiles que nos ha tocado vivir.
Hasta hoy, poco se sabía de Banksy más allá de que a los catorce años fue
expulsado del colegio y que estuvo en prisión por delitos menores. Durante
décadas, su obra repleta de sátira, crítica política, humor ácido y con un
sello inconfundible, ha estado envuelta en el más absoluto de los misterios.
Creaciones como La niña con el globo rojo, El lanzador de flores, Mona Lisa bazooka y las Ratas autoestopistas forman parte ya de la
historia del arte contemporáneo. Han sido años de glorioso activismo artístico
mientras el público gozaba con sus aventuras de cómic y se preguntaba quién era
ese creador total tan original como fantasmagórico que un día firmaba un mural
en Londres y al día siguiente se plantaba en Kiev, entre las ruinas de la locura de Putin, para representar a una niña con máscara antigás
y extintor subida a una silla. El efecto sorpresa y la eficacia de un mensaje
impactante, directo, contundente: ese ha sido el secreto del éxito de la
factoría Banksy.
La gente que deambula por las calles de las grandes ciudades de
mundo, Nueva York, Los Ángeles o París, se encuentra de repente con un Banksy como quien
se encuentra con un Goya plasmado
en una muerta pared, en un enmohecido muro de cemento gris o en una valla junto
a un solar abandonado. Al instante, el espectador queda conmocionado por un
dibujo de rabiosa actualidad que habla de la corrupción política, de la crisis
económica, de la pobreza, del racismo, del drama del cambio climático o de la
guerra injusta y cruel. Una imagen que apunta directamente a la conciencia
del espectador. Entonces el transeúnte ve que detrás de cada obra, de cada
grafiti, está la mano de una especie de divinidad invisible que entra y sale de
escena para denunciar los males de la humanidad, un demiurgo que aparece y
desaparece como por arte de magia sin que las autoridades puedan echarle el
guante. Es el artista regalando su arte; es el ladrón bueno que roba la verdad
escamoteada por el rico para dársela al pobre; es el genio ofreciendo su
trabajo al pueblo sin recibir nada a cambio. El talento ya no está colgado en
el museo o en la mansión de algún millonario inculto. Pertenece al ciudadano,
se convierte en patrimonio de la humanidad. La obra de arte como disidencia y
como parte esencial de la conciencia social.
Decía Kant que mientras lo bello
produce un placer tranquilo y agradable, lo sublime genera una emoción intensa,
a menudo mezclada con temor/temblor, asombro o admiración ante algo
extraordinario. Esto último es Banksy. Sus viñetas urbanas como puñetazos de
realidad, unas veces terroríficas, otras fascinantes, son siempre hipnóticas.
Un rayo de luz sobreimpreso en una sucia y desconchada pared. El hechizo de lo
sublime.
Más allá de la innegable calidad de los dibujos Banksy, que habían puesto
firma a la vanguardia del siglo XXI como símbolo y mito contracultural de
nuestro tiempo, la magia de esta historia propia de una novela gráfica de Alan Moore reside en que nadie sabía quién era
realmente el autor de tantas maravillas pictóricas. Y ese anonimato acrecentaba
su leyenda, como ocurrió con el extraño vengador de V de Vendetta enfrascado en una batalla sin
cuartel para recuperar la libertad de la humanidad en un mundo de tiranos
(véase Donald Trump, quien cada vez que arrestan a un posible
candidato a Banksy pone un tuit con la palabra “terrorista”). En este mundo de
locos trumpizados ansiosos por desnudar su intimidad en las redes sociales, el
verdadero genio huye de la fama y la notoriedad para refugiarse en el tímido
anonimato. Banksy pega el palo artístico bajo su capucha, sin que nadie pueda
reconocerlo, y escapa de la pasma, escurriéndose en medio de la noche como
la Pantera Rosa o como uno de esos elegantes ladrones
ingleses de guante blanco.
Banksy era la resistencia intelectual frente a la internacional fascista
que nos gobierna ya en todo el planeta, pisoteando los derechos humanos.
Sus mensajes sociales, comprometidos y peligrosos, hacían mucho daño al
sistema. De ahí que la Policía de la Moral trumpista se lo haya cargado (con la
ayuda cómplice de los muchachos de Reuters), aireando su carné de identidad.
Banksy tras la máscara de Anonymous era
el nuevo Che Guevara del mundo anarco-punk de hoy.
Desenmascarado, es un señor con barriga, sin misterio y sin glamur que no vende
un solo cuadro. “Mi esposa me odia cuando trabajo desde casa”, llegó a decir en
una ocasión. El sistema ha matado a Banksy filtrando su partida de nacimiento y
bajándolo del Olimpo de los dioses de la cultura pop para convertirlo en un
vecino del quinto con bata y pantuflas que vive al final de una modesta y
sombría calle de Bristol. Ahora, cada vez que pinte un grafiti para la
posteridad, le llegará la multa del ayuntamiento a su casa con acuse de recibo
y saldrá en los papeles. Muerto el mito, se acabó la rabia.
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