Comentario: Que lástima que Hitler en lugar de asesinar judíos inocentes no lo hubiera hecho con los judíos sionistas. El mundo estaría ahora mucho mejor y en Oriente Medio se viviría en paz. Claro que, con permiso de los otros yanquis, los sajones, que le regalaron la tierra de Palestina a los ultrasionistas para que formaran ese Estado infame de Israel.
Mientras el mundo tiene los ojos puestos en Irán y el Líbano, Israel está utilizando a los colonos ultrasionistas como fuerza de choque para ejecutar la anexión de Cisjordania
En Cisjordania la violencia reciente adquiere una
dimensión que trasciende el drama local. El asesinato de Farea Hamayel, abatido
mientras intentaba refugiarse entre olivos centenarios, no es solo un episodio
más en un conflicto prolongado, sino un síntoma de una dinámica
geopolítica más amplia en la que la guerra regional y la realidad sobre el
terreno convergen de forma inquietante.
Desde el inicio de la ofensiva conjunta de Estados
Unidos e Israel contra
Irán, la atención internacional se ha desplazado hacia el riesgo de una
conflagración mayor en Oriente Medio. Sin embargo, este desplazamiento del foco
ha tenido un efecto colateral significativo: la intensificación de la
violencia en Cisjordania, donde los colonos ultrasionistas operan
con una visibilidad internacional reducida y, según múltiples observadores, con
una creciente impunidad.
En localidades como Khirbet Abu Falah, la secuencia de los acontecimientos
revela una lógica que se repite. Ataques de colonos, intervención militar para
proteger a los atacantes, y posteriormente la consolidación territorial
mediante la instalación de nuevos puestos de avanzada. Esta concatenación no
responde únicamente a impulsos espontáneos, sino que sugiere una dinámica estructural de control territorial. La
violencia, en este contexto, actúa no solo como instrumento de intimidación,
sino como mecanismo de transformación del espacio.
El papel de los colonos ultrasionistas en esta ecuación es central, pero no
puede analizarse de forma aislada. La línea que los separa de las fuerzas
estatales es, en muchos casos, difusa. Como han denunciado en repetidas
ocasiones organizaciones como B’Tselem o Yesh Din, existe una intersección operativa y simbólica
entre milicias civiles y aparato militar que complica la atribución de
responsabilidades y refuerza la percepción de una estrategia tolerada y respaldada desde
instancias oficiales.
Este fenómeno se inserta en una tendencia más amplia: la progresiva
expansión de asentamientos israelíes ilegales en Cisjordania. Estos
asentamientos continúan creciendo tanto en número como en extensión, a menudo
precedidos por la aparición de puestos de avanzada informales que
posteriormente son regularizados. La combinación de violencia, desplazamiento y
legalización crea un ciclo difícil de revertir, en el que la realidad sobre el
terreno precede y condiciona cualquier marco político.
La dimensión geopolítica de esta evolución se hace aún más evidente al
considerar el contexto regional. La confrontación con Irán no solo redefine las
prioridades estratégicas de Israel, sino que también reconfigura los márgenes
de actuación en otros frentes. Mientras el gobierno de Benjamín Netanyahu centra su discurso en la
amenaza existencial iraní, la situación en Cisjordania evoluciona con menor
escrutinio internacional. Este desajuste entre atención global y dinámicas
locales crea un espacio de oportunidad para cambios graduales pero
significativos.
En este sentido, la violencia en Cisjordania no puede entenderse únicamente
como un fenómeno de seguridad, sino como parte de una estrategia territorial de largo plazo. La presión sobre
comunidades palestinas a través de ataques, restricciones de movimiento y
destrucción de medios de vida contribuye a un proceso de desplazamiento
que altera la demografía y la geografía política del territorio. La expansión
de asentamientos, facilitada por decisiones administrativas como la
reactivación del registro de tierras, refuerza esta tendencia.
Al mismo tiempo, la respuesta institucional a la violencia plantea
interrogantes sobre el estado de derecho. Las bajas tasas de enjuiciamiento en
casos de agresiones contra palestinos demuestran la percepción de impunidad y
debilitan la confianza en los mecanismos legales. Este déficit no es menor: en
conflictos prolongados, la ausencia de rendición de cuentas tiende a consolidar
dinámicas de violencia estructural.
El impacto humano de estas políticas es inmediato y tangible. Comunidades
enteras ven destruidas sus condiciones de vida, desde la pérdida de ganado
hasta la imposibilidad de cultivar sus tierras. La destrucción de
infraestructuras básicas y la intimidación constante generan un entorno en el
que la permanencia se convierte en un acto de resistencia. Sin embargo, el
efecto acumulativo de estas presiones apunta hacia un resultado más duradero:
la reconfiguración del territorio mediante la salida gradual de su población
original.
En paralelo, la narrativa oficial israelí se centra en la seguridad y en la
neutralización de amenazas externas. Declaraciones de responsables como Israel Katz, que destacan operaciones militares letales
contra líderes iraníes, como es el caso del supuesto asesinato de Ali
Larijaní, refuerzan la percepción de un Estado inmerso en una guerra
existencial. No obstante, esta narrativa coexiste con una realidad más compleja
en los territorios ocupados, donde la violencia cotidiana configura un
conflicto de baja intensidad, pero de alto impacto acumulativo.
La coexistencia de estos dos planos define el momento actual. Mientras
la atención internacional se concentra en el riesgo de escalada entre
potencias, la situación en Cisjordania evoluciona de forma incremental pero
constante. Es en esta divergencia donde reside una de las claves del
conflicto: los cambios más duraderos no siempre se
producen en los momentos de mayor visibilidad, sino en aquellos en los que la
mirada global está puesta en otro lugar.
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