David Márquez 28/02/2025
Estoy presenciando, de cerca y de lejos, las posturas más inconsecuentes,
lamentables, locas, pero ante todo, miserables, en promoción y defensa de las
dos directrices que actualmente gobiernan el mundo: ego y dinero. Movidas por
estos dos motores de la voluntad, pueden verse a personas con titulación, con
denominación de origen, etiquetadas como de las más «racionales», perder la
cabeza, traicionar, saquear, abandonar, engañar, mentir a la cara y la espalda,
arrastrarse y consagrar sus vidas, su tiempo, a «llevar la razón» y/o hacer
caja; punto.
Por todas partes, en todos los escenarios, ambientes, escucho pronunciar
ese «yo», ese «porque yo soy, he sido, conozco a, he cenado con, he estado en».
Yo, yo y yo. Lo sacan a paseo a discreción y sin ninguna vergüenza: «yo sé de
eso, porque yo…». Más tarde, evidenciando un claro desinterés por otra cosa que
no sea el dinero, olvidan por completo ese «yo», tan altivo, tan sofisticado,
tan digno de un homenaje y doscientos mil selfies, y se derriten por, se
agachan y lamen la mano y el culo del primero que les promete un regalito,
principalmente si tiene su origen en la malversación, el robo, la usurpación,
porque lo que más les pone es quedar como «listos», engañar a sus madres y al
resto de ciudadanos decentes (tontos) y darse una vuelta por el restaurante
obligado. El apetito monetario de estos individuos (y estas individuas,
perfectamente igualadas) llega a niveles tan peseteros que son capaces de
ramonear las migajas de cualquier operación sin que ese mismo ego que los eleva
a una categoría supuestamente «respetable» les avise de su inconsecuencia,
dándose lugar a la situación más desmesuradamente cómica, propia del más
refinado mamarracho.
Todos sabemos de lo que hablo. Todos conocemos los niveles de corrupción,
ineficiencia, abuso, e incluso infantilismo en los que ciertos políticos,
empresarios y ciudadanos de a pie no dejan de reincidir, porque no entienden la
política y los negocios y la vida de otra manera que no sea cultivando la
estafa, la mentira, la hipocresía. Ahí los tenéis, en sus cenas y almuerzos,
actuando como «amigos», aliándose para engañar y humillar (o eso creen) a la
gente honrada, antes de propinarse la forzosa puñalada a traición. En persona o
mediante sus acólitos y subordinados, te empujan, por acción o inacción, a ser
deshonesto, mentiroso, traidor, para que colabores en la caída y hundimiento, y
te aproveches de un ignorante, de una persona vulnerable, de una «oportunidad
de negocio». Y te critican y culpan y condenan si dices no y te mantienes en tu
sitio, ellos (y ellas, se entiende), porque no conciben que
alguien pueda pasar sin toda la basura que su mayoría consume, anhela y
envidia. Eres, por tanto, el enemigo.
Pero dejadme que me dirija directamente a ellos.
¡Oh, pero qué asco me dais, todos y todas, parece mentira! Seguid ahí,
contando ceros, ignorantes crónicos, desgraciados al fin, Vuecencias,
Excelentísimos y don nadies, que yo seguiré a lo mío. No os envidio ni un solo
céntimo, ni una sola de vuestras piscinas en vuestras flamantes comunidades de
costa, de muy mal gusto, por cierto. Sinceramente, me parece que los ciudadanos
honrados, que los hay, tampoco os envidian nada. Saben que, en el más humilde
barrio, en la casita más pobre de un apartado pueblo, se vive mucho mejor, más
tranquila, segura, dignamente. Quedaos, pues, con el botín, atragantaos con los
presupuestos y las partidas y llenad los depósitos de vuestros todoterrenos y
vuestras piscinas y cuentas bancarias y barrigones y maleteros y sentaos,
vacíos de creatividad, de ilusión, de empatía, de amor, de vida, frente a la
mayor, más cara pantalla, orgullosos de haber asestado otro golpe genial a la
caja común, a una vieja indefensa, con vuestro «yo» por bandera. Qué miedo, qué
pesadilla supondría para mí, ser como vosotros, acaparar todos vuestros bienes,
bajo el yugo de un ego incapacitante, limitativo, y perderme todo lo que vivo a
diario, gratis.
Vaya este artículo, y todos los que vengan, por todas vuestras víctimas.
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