Eduardo Madroñal Pedraza 19/03/2025
“Los pueblos nunca hemos temido al mal ni a los
fantasmas, ni nos hemos doblegado jamás ante la hegemonía o la intimidación.”
Desde la vuelta de Trump a la Casa Blanca, los pueblos del mundo sentimos
una gran incertidumbre y una profunda consternación ante cómo los Estados
Unidos (EEUU) con tal presidente a la cabeza ha lanzado una ofensiva global
-respaldada por el grueso de la burguesía monopolista estadounidense- que nos
está sacudiendo de nuevas y diversas maneras, desde Gaza a Ucrania, desde los
aranceles al impulso de la ultraderecha, y siempre con la guía del saqueo
económico y el dominio político-militar del planeta.
Ante esta agresiva política nos inundan los climas de opinión que nos
pintan una superpotencia y un trumpismo rearmados, temiblemente crecidos y a la
ofensiva, ante los que apenas podemos hacer otra cosa que ponernos a resguardo
y resistir. Pero la realidad es otra muy distinta.
Estados Unidos contra el mundo
En realidad, se están produciendo ricas respuestas del planeta a las
agresivas políticas de los EEUU de Trump. Primero, porque por agresiva que sea,
la respuesta de la clase dominante estadounidense no es realmente “a la
ofensiva”, sino que al contrario es a la defensiva. La catarata de políticas
disruptivas de Trump no son un signo de fortaleza, sino de debilidad.
Los EEUU de Trump tratan de contener -mediante formas cada vez más
imperativas- un ocaso imperial que avanza inexorable; un orden mundial unipolar
que agoniza a la misma velocidad que avanza mientras se configura un orden
mundial multipolar, donde potencias y países emergentes -con China y los BRICS+
a la cabeza- exigen ser tratados como iguales ante la declinante superpotencia.
EEUU se enfrenta a la lucha de los países y pueblos del globo que avanza
incontenible, conquistando nuevas cotas de independencia política, de soberanía
nacional y de autodesarrollo económico, que está reduciendo los espacios de
explotación económica y de control político-militar de Washington.
Los pueblos se defienden y golpean
La superpotencia yanqui todavía tiene tal temible capacidad para
desencadenar intervenciones y guerras, dolor y muerte. Pero ¿pueden unos EEUU
en su ocaso imperial poner las bridas a un planeta que ya se les ha desbocado?
Y ante sus agresiones lo que vemos no es sumisión, ni acongoje, ni acatamiento
ni pleitesía. Lo que vemos, apenas dos meses de iniciado su segundo mandato, es
un mundo levantado en su contra.
Porque la actuación de los EEUU de Trump tiene la “virtud” de mostrar -a
las claras y a las bravas, sin filtros ni maquillajes- su verdadero carácter de
la superpotencia, que está provocando una agudización de la contradicción entre
el hegemonismo yanqui y el conjunto de países y pueblos del mundo, incluido el
propio pueblo estadounidense.
Y al lesionar también los intereses de numerosas burguesías monopolistas y
clases dominantes de los países bajo su órbita de dominio -incluida la Unión
Europea (UE)- los ataques de los EEUU de Trump provoca nuevas respuestas y
amplía la resistencia.
Una respuesta global y multilateral
Podríamos caracterizar la política de los EEUU de Trump como una “bomba de
racimo” -que se divide en varias bombas que atacan varios objetivos a la vez-
que está recibiendo una temprana respuesta coral -de distintas maneras y con
diferentes tonos y grados de intensidad- que proviene de muy diversos países y
pueblos del mundo.
El propio pueblo estadounidense ya ha desarrollado protestas masivas contra
las ultrarreaccionarias políticas inmigratorias de Trump. También y junto con
el resto del mundo, se ha movilizado contra la brutal limpieza étnica de Gaza,
con el apoyo de la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo árabe, que se
opone al sucio sueño de Trump, “la Riviera de Oriente Medio”.
El amplio rechazo al humillante trato de Trump a Ucrania, para promover una
pinza imperialista con Putin para estrangular al país invadido. La misma
indignación que ha levantado el proyecto de Trump de apropiarse de Groenlandia,
y de tomar por la fuerza el Canal de Panamá, así como la guerra arancelaria
contra sus países vecinos, Canadá y México. Incluso ya se siente en Wall
Street, la incertidumbre ante la guerra comercial que va a disparar la
inflación y bajar sus beneficios, lo que no gusta a núcleos de la clase
dominante estadounidense.
En Iberoamérica, la mayoría de gobiernos progresistas hacen piña frente al
intervencionismo de Trump, pero además invitan -como ha hecho Petro en
Colombia- a Canadá a fortalecer sus vínculos comerciales con América del Sur,
puenteando a EEUU. La presidenta de Honduras ha amenazado a Washington -si
persisten en las deportaciones masivas de hondureños- que cerrará la base
militar yanqui de La Palmerola.
En África, más de una docena los gobiernos -Burkina Faso, Senegal, Mali,
Níger, Malawi, etc.- han decidido renacionalizar sus riquezas minerales. Y
junto a una Sudáfrica que ha osado sentar a Israel ante la Corte Penal
Internacional, otros nueve países -Belice, Bolivia, Colombia, Cuba, Honduras,
Malasia, Namibia y Senegal- han creado el Grupo de La Haya para promover el
derecho internacional, en lo que busca ser un germen de un nuevo movimiento de
Países No Alineados.
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