|
|
|||
|
No es verdad que nuestra alternativa sea involucrarnos cada día más en la
política de amenazas. La UE puede ser un bastión de sensatez y de luz en los
tiempos de oscuridad en los que vivimos |
|||
|
|||
|
Los dirigentes europeos, con el eco de todos los
grandes medios de comunicación y del poder financiero, se empeñan en decirnos
que Europa debe multiplicar sus presupuestos para gastos militares como única
forma de tener seguridad y autonomía y, además, que eso ha de hacerse
reduciendo el Estado de Bienestar. A mi juicio, están completamente
equivocados por tres razones principales. Europa también ha generado inseguridad para sí misma En primer lugar, porque confunden, o engañan, cuando
hablan sobre el origen de la inseguridad y la naturaleza de las amenazas. Los
dirigentes europeos no hacen un balance autocrítico de lo que ha ocurrido en
los últimos años. Se empeñan en culpar a Rusia de la situación actual, cuando
la propia Unión Europea y Estados Unidos han contribuido a provocarla,
incumpliendo sus compromisos de no expansión de la OTAN y generando una
verdadera e innecesaria amenaza existencial para Rusia. Producirían risa, si no fuesen por lo dramático de
la situación en la que estamos, las declaraciones de Macron advirtiendo de
que Putin se propone invadir a toda Europa (cuando no han parado de decir que
Rusia, que su derrota militar ante Ucrania no sólo era posible, sino segura;
incluso diciendo que había tenido que sustituir los carros de combate por
burros). No voy a negar que Europa se enfrenta a amenazas
exteriores, pero no son todas las que nos ponen en peligro. La política insensata,
belicista, antieuropea, seguidista frente a Estados Unidos, provocadora y
pirómana que han seguido sus dirigentes también ha creado enemigos y se ha
convertido en un riesgo para la propia Unión Europea. Más gasto militar no asegura más defensa ni autonomía
estratégica En segundo lugar, los dirigentes europeos se
equivocan, porque es materialmente imposible que Europa pueda lograr
seguridad y autonomía por la vía de aumentar sus presupuestos militares. En un artículo que acabo de publicar señalo las
razones que justifican mi opinión. – Para disponer de un ejército capaz de enfrentarse
hoy día a cualquier amenaza bélica hace falta disponer de una base industrial
potente y un sistema de investigación, innovación y desarrollo avanzado e
independiente. Europa no los tiene, en el grado necesario, porque las
políticas neoliberales que ha aplicado en los últimos años han desmantelado
su industria y la han dejado en situación de gran dependencia. – Para tener garantías militares de disuasión y
defensa suficientes frente a sus supuestos enemigos militares, Europa
necesitaría un presupuesto militar mucho más elevado, no ya del que ahora
tiene, sino del extraordinario que sus dirigentes afirman que van a disponer
en un futuro inmediato. Sobre todo, cuando lo previsto es que este último lo
pongan en marcha los diferentes países y no la Unión Europea en su conjunto. – En cualquier caso, para garantizar su seguridad y
disponer de autonomía estratégica, lo que necesita Europa no es más dinero
para presupuesto militar. Si fuera un solo país, sería la segunda potencia
militar mundial, tras Estados Unidos y con 3,5 veces más gasto militar per
capita que China. Sin embargo, ese ya elevado presupuesto militar conjunto
(aumentado en un 30% en los últimos tres años) más el de Estados Unidos
(entre ambos, casi el 55% del total mundial en 2023, según SIPRI) no ha sido
capaz de rebajar la inseguridad y el peligro. Por el contrario, los ha
aumentado, según reconocen los propios dirigentes europeos cuando afirman que
ahora estamos más en peligro que nunca. Si de fuerza militar se tratara, lo que necesitaría
Europa, en todo caso, serían sinergias, más cooperación, vertebración e
integración cuando hicieran falta, inversiones coordinadas y complementarias…
En suma, un Ejército europeo y no una suma de milicias. – Para que un ejército sea efectivo como instrumento
de defensa frente a un enemigo exterior es necesario que tenga una única
bandera, que responda a intereses colectivos que lo respaldan y apoyan, que
exista un fuerte lazo nacional y de pertenencia entre la ciudadanía y las
instituciones que la lleve a sentirse protegida por un ejército al que
considera suyo, al que apoya y está dispuesta a financiar con su esfuerzo y
sacrificio. Europa no tiene nada de eso porque las políticas neoliberales que
ha aplicado han producido desafecto, alejamiento y rechazo de la ciudadanía a
sus instituciones, como demuestra el avance de las fuerzas de extrema
derecha, nutridas, precisamente, de la inseguridad y descontento que eso
genera. – Es un auténtico despropósito y un insulto a la
razón y a la inteligencia de la ciudadanía europea que sus dirigentes afirmen
que Europa gozará de seguridad y autonomía defensiva aumentando su gasto
militar mientras permiten que en nuestro suelo haya 38 bases militares de
Estados Unidos con más de cien ojivas nucleares (en realidad, es muy posible
que muchas más) que pueden destruir varias veces a todas las naciones
europeas si se aprieta un botón en Washington. O la Unión Europea apuesta por seguir arrendando su
defensa a Estados Unidos y entonces se somete a sus dictados (como reclama
con razón Donald Trump), o quiere ser de verdad autónoma militarmente y
entonces no se permite que el presidente de Estados Unidos siga teniendo la
llave del destino no ya militar, sino existencial de toda Europa.
No es verdad que el mayor gasto militar requiera
desmantelar el Estado de Bienestar Diferentes políticos, economistas, periodistas y
líderes de opinión vienen diciendo en los últimos días que, para financiar el
necesario rearme europeo, es preciso reducir el gasto social: «recortar el
Estado de bienestar para construir un Estado de guerra», según decía un
artículo reciente de Financial Times. Esa afirmación es, sencillamente hablando, un engaño
que desmienten la teoría económica, los hechos y la historia. Desgraciadamente, la historia humana está plagada de
escaladas armamentistas y guerras, hoy día muy bien documentadas, y, por
tanto, es fácil conocer cómo se financiaron y cuál fue el resultado de las
diferentes vías utilizadas para ello. Como también se saben perfectamente las
desventajas económicas de todo tipo que tiene el gasto militar frente al
civil. En la historia contemporánea, casi siempre han sido
financiadas con una combinación de fuentes: impuestos, deuda, ayuda exterior,
sobreexplotación de recursos naturales, aportaciones del gran capital
privado, o mediante comercio ilegal o mafioso. De entre ellas, sobresalen los
impuestos y la deuda y por eso se puede decir que ningún rearme ni guerra
tienen buenos resultados económicos (salvo, claro está, para los ganadores si
se aprovechan de su victoria para saquear a los vencidos y compensar sus
costes). Por el contrario, reducir el gasto para financiar la
defensa o la guerra, en detrimento de los impuestos o la deuda, es un
despropósito económico, político y social. No conviene económicamente porque a menor gasto (por
supuesto, incluido el social) hay menos demanda productiva y eso debilita a
la economía, cuya fortaleza es fundamental para soportar el gasto militar y
el esfuerzo bélico, si la guerra llega a producirse. Es una rémora política
porque la menor producción de bienes y servicios civiles merma el apoyo
ciudadano y deslegitima a los gobiernos que deben llevar a cabo la escala
armamentista. Y reducir el gasto social es también un pesadísimo lastre
social en momentos de amenaza o conflictos bélicos porque crea pobreza,
exclusión, descontento y rechazo al sacrificio y al patriotismo, cuando se
comprueba que estos se hacen recaer desigualmente sobre la población. Cuando se oye hablar de financiar a los ejércitos
conviene informarse para no dejarse engañar. Y quizá no hay mejor vía para
ello que conocer lo que hizo el presidente Roosevelt cuando tuvo que declarar
el estado de guerra ante la amenaza nazi y el ataque japonés a Pearl Harbor
en 1941: introdujo un impuesto general sobre la renta con un tipo que en 1944
fue del 91%, pidió préstamos masivos y multiplicó el gasto público por diez.
En solo cuatro años gastó más dinero (en dólares de aquel momento) que desde
que se fundó su país, 152 años atrás. Naturalmente, un estado de guerra que obligó a
multiplicar por cuarenta y dos el gasto militar produjo grandes sufrimientos
a la población. Pero, al revés de lo que se proponen hacer los dirigentes
europeos, los repartió equitativamente y no sólo no detuvo sino que siguió
llevando a cabo políticas de bienestar: aumentó el salario mínimo y prohibió
el trabajo infantil, comenzaron a pagarse cheques de jubilación y aumentó la
cobertura de las ayudas por desempleo y a la pobreza, se multiplicó la
construcción de viviendas públicas asequibles, se tomaron medidas contra la discriminación
racial en el trabajo, se racionaron alimentos y combustibles para asegurar el
suministro a toda la población, se impulsaron las ayudas para educación o
vivienda a veteranos de guerra… En lugar de disminuir la fuerza del New Deal
que puso en marcha frente a la Gran Depresión de 1929, lo continuó y
fortaleció. Todo eso hizo posible que la pobreza bajara entre 15 y 20 puntos
porcentuales de 1940 a 1944, justo en esos años dramáticos de guerra e
ingente gasto militar. No trato de hacer, ni mucho menos, una defensa de
estos últimos como motores de las economías (el PIB de Estados Unidos se
duplicó en ese periodo y el programa de gasto masivo de Roosevelt fue la base
de su inmenso poder imperial en la posguerra). Simplemente, quiero señalar
que afrontar una escalada de gasto militar como la que pretenden los
dirigentes europeos, sin reforzar la equidad y dinamitando la cohesión social
y el bienestar es una vía suicida que traerá la consolidación de la extrema
derecha y mucha más inseguridad y quizá nuevas guerras en Europa. La Unión Europea está haciendo el ridículo y paga
los platos rotos El discurso de las dirigentes europeas es mentiroso,
catastrofista y amenazante. Busca generar miedo en la población, exagerando
las amenazas y mintiendo, como he dicho, sobre su verdadera naturaleza, para
que se acepten sin rechistar sus propuestas. Ya lo hicieron en la crisis
originada a partir de 20027-2008. Amenazaban con el colapso total de las
economías si no se aplicaban cuantiosos recortes del gasto social y resultó,
como muchos advertimos, que fueron sus políticas de austeridad las que, en
realidad, provocaron su derrumbe. Decían que no había dinero para bienestar,
cuando lo hubo y dieron sin límite billones de euros a los bancos privados y
a las grandes empresas. Ahora tratan de hacer lo mismo. Europa no se puede dejar envolver por el discurso de
sus dirigentes. Hay razones de sobra para mostrar que se han equivocado
provocando a Rusia y luego creyendo que sería posible vencerla militarmente y
mediante sanciones económicas. Una estrategia que ha hundido en la miseria y
en el dolor a Ucrania y que ha tenido dos vencedores, el país invasor y
Estados Unidos, en detrimento de Europa que es quien está pagando de verdad
los platos rotos. Es normal que Trump y Putin se estén mofando de todos ellos
en su propia cara. Hay esperanza si se apuesta por la paz No es verdad, como dicen los dirigentes europeos,
que nuestra alternativa sea involucrarnos cada día más en la política de
amenazas, dejarnos llevar por el cántico de los belicistas, aumentar el gasto
militar y prepararnos para la guerra. La Unión Europea puede ser, por el contrario, un
bastión de sensatez y de luz en los tiempos de oscuridad en los que vivimos
si asumiera otros principios fundamentales, quizá como los siguientes: – La tregua y el fin de la guerra es el objetivo
primordial cuando ya se ha desatado. La Unión Europea debe apoyar el camino
que lleve a conseguirlos, vengan de donde vengan y lo antes posible. – La paz sólo puede basarse en la ausencia de amenazas.
Europa tendría que asumir sus errores pasados, entender que los acuerdos
deben respetarse y que no se puede acosar a ningún país. La mejor
contribución que la Unión Europea puede hacer ahora a la paz es reconocer que
contribuyó a quebrarla, tal y como hoy día es sabido a través de multitud de
testimonios de líderes políticos o diplomáticos. – Hay que poner sobre la mesa nuevos acuerdos de
desmilitarización permanente. Europa debería liderar la apuesta por suscribir
los que impulsen la desmilitarización y pongan freno al incremento salvaje
del gasto militar. Empezando por la necesaria reconsideración del papel de la
OTAN que ha actuado como detonante y aceleradora de conflictos más que como
instrumento de la paz. – La paz a la que aspiremos no puede ser la de los
cementerios ni podemos creer que será completa. La paz siempre es imperfecta
y seguramente limitada, el resultado de acuerdos frágiles, difíciles y casi
siempre en la cuerda floja. Por ello, lo mejor que hay que hacer para
alcanzarla y asegurarla es sostener los principios que la rijan sobre una
base de respeto mutuo, bienestar y progreso de los pueblos. – La mejor forma de fortalecer a la Unión Europea y
de garantizar su seguridad es lo que hasta ahora no viene sucediendo: la
prioridad de sus instituciones debe ser proporcionar mejores niveles de vida
a su ciudadanía y reforzar la democracia, liberándose de la influencia de los
grupos de interés y de los poderes en la sombra que antidemocráticamente
dictan sus decisiones. Hay que impulsar una revisión de los tratados europeos
que impulsan las políticas que mantienen a «Europa encadenada», como ha
escrito Sami Naïr en su último libro. – La Unión Europea debe ser realista, pragmática e
inteligente. Debería darse cuenta de lo que realmente está ocurriendo en el
mundo: el ocaso del imperio estadounidense que sustituyó al británico. Por
eso, el haberse dejado caer ciegamente en brazos de los Estados Unidos de
Biden (y antes de otros presidentes, aunque ahora en medio de una guerra) ha
sido un gravísimo error histórico. Donald Trump no es un loco, ni un pollo
sin cabeza, como ingenuamente se quiere hacer creer. Lidera, con mucha más
decisión, aunque de forma más desvergonzada, inhumana e ilegal, eso sí, la
misma estrategia que Biden: lograr retrasar lo más posible ese colapso
creando condiciones que favorezcan la reindustrialización de su economía,
incentiven la vuelta de miles de empresas actualmente deslocalizadas y
permitan que el dólar siga siendo la moneda de referencia mundial. Cuanto más desconcierto genere, mayor sea la
incertidumbre y más debilite al resto de las economías, más fácilmente podría
lograr su objetivo. Por eso, la seguridad y autonomía que debe buscar la
Unión Europea no es la militar, sino la económica y la política. Justo las
que perderá si apuesta sólo por el rearme.
Europa está a tiempo y tiene ante sí una oportunidad
única. Salvo un milagro impensable a estas alturas, sus actuales dirigentes
no van a saber aprovecharla, suponiendo que tuvieran voluntad de ello y no
fueran meros empleados de la industria militar y financiera donde están los
únicos beneficiarios de la estrategia de rearme que están defendiendo. Europa necesita otros principios y también otra
clase dirigente. No caerán del cielo, sino que vendrán de donde ha venido
siempre el impulso que ha traído paz, democracia, libertad y progreso a las
sociedades modernas, de la ciudadanía, de la gente corriente. Sí, efectivamente; he dicho que vendrán porque tengo
la completa seguridad de que, antes o después, la razón de la paz se impondrá
sobre la brutalidad de la guerra. Y si logramos que eso sea un empeño
generalizado y vibrante, también estoy seguro de que eso ocurriría más pronto
que tarde. |
No hay comentarios:
Publicar un comentario