Un grupo de artistas e intelectuales firma un manifiesto contra el incremento del gasto en Defensa del Gobierno de Sánchez
José Antequera
27/03/2025
Ya tardaba el mundo de la cultura en firmar un manifiesto contra el plan de
rearme de Ursula Von der Leyen, al que se ha
sumado Pedro Sánchez. Visto el creciente clima prebélico,
nuestros artistas e intelectuales han tenido que desempolvar las pancartas, las
banderas y las gorras con el lema del “No a la guerra” para decirle a nuestro
Gobierno que gaste más en mantequilla y menos en tanques. No podemos estar más
de acuerdo con nuestra vanguardia cultural siempre movilizada. Las armas son
malas, el lenguaje bélico es malo, la guerra es mala. Nadie que se considere a
sí mismo de izquierdas y que conserve un mínimo de humanidad y sentido común
puede estar a favor del retorno a las trincheras y las alambradas, como en los
peores tiempos del siglo XX. El problema es que, al otro lado, apuntándonos
directamente, está Vladímir Vladímirovich Putin,
un autócrata cruel y de la peor calaña que no atiende a razones, un gobernante
que se ríe de la sensibilidad europea, de la convivencia multicultural, de la
paz. El nuevo Hitler de nuestro tiempo.
Después de Auschwitz, no se pueden escribir
poemas, ya lo dijo Adorno. Los
firmantes del manifiesto pacifista son, sin duda, lo mejor de esta generación,
lo mejor del pueblo, nuestra gente, nuestros hermanos, el genial Montxo Armendáriz, la valerosa Aitana Sánchez-Gijón, el recio Luis Tosar, la vitalista Carolina Yuste, el lírico Juan Diego Botto, la cañera Rozalén y mi admirado Javier Bardem, entre otros muchos. No seremos nosotros
quienes les acusemos de utópicos, de contradictorios, de naífs o habitantes de
un mundo de unicornios rosa. Si no existiera la voz coral y armónica de todos
ellos habría que inventarla. La verdad es la verdad, aunque sea una quimera.
Tienen todo el derecho del mundo a denunciar el rearme, porque eso es lo que
está haciendo la vieja Europa, rearmarse
hasta los dientes por mucho que nuestro querido presidente, en su afán
eufemístico, pretenda hacernos creer que en lugar de fusiles y bombas vamos a
comprar gominolas. Es más, no solo tienen el derecho de levantar la voz ante la
barbarie de la guerra, sino el deber. Si no lo hicieran, estarían faltando a su
conciencia personal y a la conciencia colectiva de lo mejor de nuestra
sociedad. El problema es, como ya he dicho antes, que al otro lado del campo de
batalla está Putin. El frío psicópata del KGB, el criminal
masivo, el loco. ¿Qué hacemos entonces con este tipo, camaradas del cine, de la
literatura, de la música y el arte en general? ¿Cómo le hacemos comprender al
carnicero de Ucrania, al genocida de Bucha, al mataniños que despanzurra escuelas,
hospitales y mercados a bombazo limpio, que existe un código moral cuyo primer
mandamiento es no matarás? ¿Cómo nos sentamos a dialogar con él, cómo podemos
recordarle que hay una cosa que se llama Derecho internacional que él ha
convertido en papel higiénico, cómo hacerle entender que los derechos humanos,
el primero el derecho a la vida, deben respetarse siempre? Si alguien me
convence de que hay una solución, desde ahora mismo me proclamo abajo firmante
de ese bienintencionado manifiesto.
Europa no está enviando un mensaje belicista al mundo, está reforzando su
seguridad, poniendo medios para que el nuevo Führer no se
nos meta hasta la cocina. Europa se está defendiendo ante el nuevo abusón de la
historia que llega con sus aires de grandeza, sus ambiciones expansionistas y
sus botas manchadas con la sangre y el barro del odio. Los europeos tenemos que
ser fuertes porque ha llegado la hora de defender lo más sagrado que tenemos,
nuestro modo de vida, el multiculturalismo, los principios fundamentales de
la Ilustración, libertad, igualdad y fraternidad, lo mejor
que ha dado el ser humano. Cuando el racista ultra y fanatizado llama a las
puertas de la civilización con su puño de hierro y su aliento fétido de
conquistador, como hizo el tirano persa Jerjes en los
tiempos de Salamina, toca remangarse codo con
codo con cada uno de los nuestros y enseñarle los dientes al invasor. No se
trata de atacar a nadie; no se trata de ser enemigo de nadie. Se trata de
defendernos contra quien quiere devolvernos a la chabola, a la tiranía
oligárquica y supremacista y a la esclavitud. Hasta Rufián, nada sospechoso de militarista, pide a la
izquierda que supere “la pancarta” y legisle “sin manías” sobre seguridad y
defensa.
Europa es el último faro de la libertad que alumbra el mundo en medio de la
oscuridad de los nuevos totalitarismos. Nadie en su sano juicio quiere la
guerra. Pero si alguien pretende traernos la guerra a casa, que no nos pille
indefensos cantando en Eurovisión o en
un partido de la Champions. Aquella vieja sentencia
romana, si quieres la paz prepárate para la guerra, atribuida a Vegecio, sigue espeluznando como hace mil setecientos
años, aunque por desgracia sigue siendo verdad. Así es como funciona el mundo,
ese mundo que no hemos podido o sabido cambiar. Lo que toca ahora es reforzar
nuestros puntos débiles, proteger el flanco oriental, disuadir al loco por si
se le ocurre hacer una locura en las Repúblicas Bálticas, Moldavia o Polonia. Estamos
todos en el mismo barco, españoles y franceses, italianos y alemanes,
irlandeses, portugueses y griegos, cada ciudadano libre de cada uno de los 27
países que forman ese balneario de paz y prosperidad llamado Europa, el paraíso
que un par de sátrapas con ínfulas bajo el apodo de Trumputin pretende arrebatarnos para
devolvernos a un mundo de amos y siervos, como en la Rusia zarista. No debemos permitirlo. Lucharemos
para que nuestros hijos puedan aprender la teoría de la evolución en las
escuelas, para que nuestras niñas puedan practicar el deporte que más les guste
–incluso el fútbol–, para que dos hombres o dos mujeres que se aman puedan
casarse y para que Quequé pueda
seguir haciendo chistes con el Valle de los Caídos.
Por supuesto, para que un inmigrante sea tratado como una persona y no como un
animal.
Los demócratas nunca quieren la guerra, pero saben pelear, esa lección la
aprendimos nosotros, los españoles, en 1936, cuando la Segunda República fue violentada por una panda de
salvapatrias entregada al nacionalismo religioso no muy diferente a la que hoy
nos hiela el corazón con sus amenazas y bravuconadas. Obreros que cambiaron el
martillo por el fusil, campesinos que cambiaron el arado por el tanque,
maestros de escuela que cambiaron la tiza por la bala. Pocos, muy pocos, eran
militaristas. Fue un sacrificio inútil, nos dirán. No es cierto. Se luchó
porque había que luchar, porque era lo justo, porque soñaban con un país mejor:
el que hoy tenemos. Como también se sacrificaron millones de demócratas
europeos que dieron su vida contra la barbarie fascista desde los campos
de Stalingrado hasta las playas Normandía. Hoy, tras décadas de paz en Europa, aquel
sacrificio no puede caer en el olvido. Si renunciamos a defender nuestro Estado
de derecho estaríamos traicionando a cada uno de los que dieron su sangre por
nuestra libertad. Lo dice un cobarde incapaz de matar a nadie: ni nos quieren
arrebatar lo más sagrado que tenemos, lucharemos. Porque más vale morir libre
que vivir como un esclavo bajo el yugo de un cerdo atiborrado de vodka.
Comentario:
Los
rusos no han amenazado a nadie. Lo del rearme de Europa es un cuento chino para
salvar a Alemania y Francia de su decadencia y de su prepotencia. No olvide,
Sr. Antequera, que los rusos, en la II Guerra Mundial, aportaron ¡6.000.000 de
muertos! para que Europa tenga ahora todas esas virtudes que Vd. dice que
tienen. De no haber sido por ellos, ahora todos estaríamos hablando alemán y
bajo el yugo de Hitler. Sin olvidar que, tiempo atrás, el franchuter Napoleón
también lo intentó y salió con el rabo entre las patas. Puede que Putin sea un
autócrata, pero ¿qué son esa alemana y los demás mandatarios de la UE que sólo
protegen señoritos? ¡¡¡Qué vienen los rusos!!! No, Sr. Antequera, no vienen los
rusos. Los que sí están aquí ya son los ladrones y los embusteros de esos 27
países de la UE.
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