Estaría bien que nos explicaran al menos quiénes serán los amigos, quiénes los enemigos y cuánto le costará a nuestro bolsillo ponernos a pegar tiros
GERARDO TECÉ 28/03/2025
Contaba Miguel Gila su primera vez en la guerra. Había perdido su trabajo
de ascensorista, así que su madre le enseñó un anuncio en el periódico en que
se buscaban soldados que matasen a buen ritmo. Aunque tú eres más bien lento,
le dijo, es cuestión de que te entrenes, Miguel. Le preparó una tortilla de
escabeche, un termo de café y lo mandó al frente. Tras seguir las indicaciones
de una señora que andaba por la zona y que le explicó que la guerra era al
fondo a la derecha, Gila se presentó ante su general, que rápidamente le
ofreció trabajo, ya que había que cubrir la baja de un soldado que no tenía
ganas de disparar a nadie porque estaba de luto. Aquí se mata de nueve a una y
de cuatro a siete, le explicó, y en su primera misión le pidió que cruzase las
líneas enemigas para traer de vuelta el avión bombardero que ambos ejércitos
combatientes compartían por falta de presupuesto. Entre que fue y que vino con
la mala noticia de que el enemigo se negaba a devolver el avión porque el
domingo se lo habían alquilado a una agencia de viajes para compensar gastos,
su general le dijo que la guerra había terminado. Una inspección había cerrado
el campamento porque allí nadie tenía licencia de armas.
Las guerras de Gila eran accidentadas, pero las de ahora no lo son menos.
Esta semana comparecía el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el
Congreso para explicar la necesidad de aumentar el gasto militar. ¿Aumentarlo
cuánto?, le preguntaron los diputados de los diferentes partidos, a lo que
Sánchez, mirando sus papeles, respondió que la cifra necesaria sería,
concretamente, vaya usted a saber. Euro arriba, euro abajo. ¿Gasto militar para
hacer exactamente qué?, le replicaron y el presidente pidió un poquito de por
favor y que no entrásemos en detalles menores. ¿Y con qué apoyos parlamentarios
cuenta usted para aprobar ese aumento en gasto militar?, se le cuestionó,
provocando que finalmente Sánchez explotase: mira, si venimos aquí a hacer
preguntas para pillar, cojo mi tanque y me voy de vuelta a Moncloa. Tras el
rebote del presidente, fue la vicepresidenta y ministra de Hacienda, María
Jesús Montero, la que cogió el misil por los cuernos para explicar a los
españoles que gastar mucho en armamento no implica necesariamente gastar menos
en cosas del comer. A punto de ordenar la incautación de las calculadoras,
Montero pidió a los españoles que se centrasen de una vez por todas: ¿desde
cuándo va uno al frente para ponerse a hacer sumas, restas o multiplicaciones?
Así no hay quien monte un puñetero ejército.
Son muchas las preguntas sin responder en este momento belicista que
vivimos. Si necesitamos un ejército propio porque ya no sabemos si Estados
Unidos es amigo o enemigo, ¿qué hacemos con las bases militares de Rota y
Morón? Como Gila, podríamos acercarnos con nuestras nuevas fragatas europeas a
Rota y, saludando desde lejos, pedir a los americanos que nos dejen hueco para
aparcar. Si nos invitan a boquerones y puntillitas significará que seguimos
siendo amigos. Si nos lanzan un pepino, mala señal. Querrá decir que ya no
estamos juntos en lo de la OTAN –Ohio Tiene Amigos Nuevos– y habrá que pedirles
que metan sus portaaviones en cajas y hagan la mudanza. Otra cosa es que
quieran. Los americanos son muy suyos. Mientras averiguamos quiénes son
nuestros amigos, tampoco deberíamos dejar de investigar quién es, exactamente,
el enemigo ante el que nos rearmamos. En principio, parece que es Putin. ¡Que
se ponga! A ver si es capaz de explicarnos por teléfono cómo podemos combatir
su amenaza nuclear ante la que los flamantes tanques europeos tendrían la misma
función que la bala que Gila se llevaba a las guerras atada con un hilo para
que no se fuera muy lejos después de dispararla. Que nos explique el ruso si,
según su criterio, deberíamos cumplir las órdenes de rearme que nos da su
amigo, que es nuestro líder occidental, Donald Trump. Vaya follón.
Un lío tan grande que el pobre Abascal, que se compró una camiseta de la
Legión en Amazon en tiempos de paz, ahora que la cosa se pone belicista, va y
vota en contra de la inversión europea en armas. Media vida viendo desfilar con
marcial emoción a la cabra cada 12 de octubre para acabar votando lo mismo que
Podemos y Sumar en Bruselas cuando por fin suena la corneta. No es que no nos
guste pegar tiros, explican desde el partido de Santiago Sin Mili, es que no
nos gusta la estrategia conjunta de la UE. Ir pa ná es tontería, que decía el
otro. Argumento similar al de Feijóo, dispuesto a invertir en armas porque eso
siempre será una cosa más seria y responsable que invertir en sanidad o
emergencias valencianas, pero al que no le cuadra que esa inversión la lidere
Pedro Sánchez y pide reunirse él mismo con el JEMAD. Me llamo Alberto, ¿le
importa quedarse ahí quieto un momento y le paso revista? Dicho en el idioma
Gila: lo de la guerra está bien, pero si me dejáis ir de presidente. Si hay que
ir la guerra se va, claro que sí, pero estaría bien que, en mitad del rearme,
nos explicasen al menos quiénes serán los amigos, quiénes los enemigos, qué
pintan los amigos que dirigen nuestro ejército besándose con los enemigos y
cuánto le costará a nuestro bolsillo ponernos a pegar tiros sin saber bien a
qué. Como dice Gila, si no te explican el argumento, por muchas ganas que le
pongas, al final te pierdes y te desmoralizas.
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