MARÍA MÁRQUEZ GUERRERO 19/03/2025
Abro el
periódico una mañana gris de marzo y el primer titular presenta, en estilo
telegráfico, algo así como un parte meteorológico, solo que en lugar de “Cae la
lluvia de manera prolongada…” nos informa de que han caído sin cesar durante la
noche cientos de bombas sobre Gaza, y, con letra más pequeña, en la entradilla
nos da el detalle de una cifra: más de 400 muertos.
Como una
inmensa ola de fuego, las bombas cayeron sobre Deir al Balah, Al Mawasi (la
zona que Israel declaró “humanitaria” y a la que exhortó a dirigirse a los
desplazados forzosos), Jan Yunis, Rafah, Ciudad de Gaza. Ocurrió mientras los
palestinos dormían, en medio del mes sagrado musulmán del Ramadán, tras semanas
de estancamiento sobre la prórroga del alto el fuego, una “tregua” que en los
últimos diez días no ha permitido la llegada de ayuda humanitaria, ni comida ni
agua.
Ya no le
cabe ni una palabra más al cerebro; y, sin embargo, seguimos “terrible,
horriblemente cuerdos”: “¿Cuándo se pierde el juicio? / Yo pregunto: ¿Cuándo se
pierde, cuándo? / Si no es ahora, que la justicia / vale menos que el orín de
los perros.” (León Felipe).
No hay
justicia, eso dicen las imágenes difundidas por los periodistas locales
mostrando cadáveres de bebés, niñas y niños, decenas de cuerpos inertes en las
morgues. “Israel dinamita el alto el fuego”, “Israel pulveriza por sorpresa el
alto el fuego en Gaza”, “Una oleada masiva de bombardeos causa más de 400
muertos”...
EEUU avaló
el ataque y amenaza de nuevo con “desatar el infierno” “contra quienes
aterroricen a Israel o a EEUU”. “Conmoción y pavor”, la inhumana estrategia
de Trump. En el cuerpo de la noticia, se ensaya una
justificación para la brutalidad: el “repetido rechazo” de Hamás a liberar más
rehenes israelíes sin garantías de que conllevará el fin de la guerra. No hay
razones posibles para justificar ningún genocidio. “Hay golpes en la vida, tan
fuertes… Yo no sé / Golpes como del odio de Dios…”
El Gobierno
palestino ha pedido la intervención internacional urgente ante el “brutal”
ataque israelí. Y pienso en qué hará Europa. En estos últimos días, los medios
de comunicación han convocado su nombre, su historia y su cultura; los valores
encarnados en ella de la Razón y el Progreso, reclamando la unidad de todos los
países para un “urgente rearme militar” con el objetivo de “defender a Europa”.
Se nos ha animado a tomar las plazas, con orgullo de europeos, para defender
nuestra “patria” de enemigos potenciales –Rusia- y del aliado imprevisible y
sospechoso, EEUU.
Lo
esperable, dadas nuestras coordenadas históricas, culturales y éticas, sería
que Europa condenara el genocidio, pusiera límites a la barbarie e hiciera
valer el Derecho Internacional. Pero el canciller alemán Friedrich Merz al día siguiente de ganar las
elecciones informó de que Benjamin Netanyahu lo
había llamado para felicitarlo, momento en el que Merz aprovechó para invitarlo a una visita
oficial, desafiando la orden de captura de la Corte Penal Internacional, que lo
persigue por crímenes de guerra y lesa humanidad.
Me vienen a
la mente titulares triunfales –“Alemania vuelve”- y noticias que nos proponen
al país germano como modelo, por su audacia y generosidad en el aumento sin
precedentes del presupuesto para defensa, modificando incluso la Constitución
alemana para acabar con el dogma del déficit flexibilizando el equilibrio
fiscal. En relación con este cambio de posición del gobierno alemán con
respecto al déficit, decía Yanis Varoufakis que
alegra pensar que la rigidez que tanto dolor ha causado en el pasado –ahí está
el sacrificio de Grecia- no es eterna, aunque la inversión prevista de 800.000
millones de euros no van al lugar que Europa necesita. Para el ex ministro
griego, la idea de rearmar Europa “es la nueva locura de la UE”.
Duele pensar
que en la crisis de 2008 el austericidio salvó a la banca (especialmente, a la
alemana y la francesa), y que la actual inversión en armas será una inyección
para la industria alemana, un impulso que ayude a salir al país de la recesión
que sufre desde hace más de dos años. También en España se oyen comentarios que
apuntan a que el rearme europeo será muy beneficioso para nuestro desarrollo
industrial y tecnológico. Hasta tal punto se ha naturalizado la idea de la
guerra como inversión que en la reflexión ni siquiera cuenta la variable de los
muertos. En semejante contexto deshumanizado, no es tan extraño el vídeo
promocional del resort de lujo en el que Trump y Netanyahu tienen previsto convertir la desolada
franja de Gaza.
A estas
alturas, a nadie le puede extrañar la llamada “desafección ciudadana”. Las
democracias están amenazadas por una “espiral de descrédito” (Christian Salmon); la ciudadanía contempla incrédula la
pérdida de la soberanía de los Estados, la incapacidad de los gobiernos para
poner límites a la voracidad de los mercados; sufre indefensión al ver
instituciones, como la ONU, que se han vaciado de sentido, o al constatar la
falta de herramientas eficaces para hacer valer el Derecho Internacional. Y
ahora, cuando se decide aumentar el gasto en defensa en nombre de la
democracia, paradójicamente se hará sin debate ni votación sobre el tema, ni en
el Parlamento europeo ni en el Congreso de los Diputados.
Crecen el
desamparo, la incertidumbre y el miedo, y este sí es terreno abonado para la
ultraderecha, la que encumbra a líderes autoritarios como Netanyahu o Trump. Sí,
tendremos que salir a las calles a defender la democracia, pero no para rearmar
a Europa, sino para devolvernos la capacidad de decidir sobre nuestro destino.
Nos va la vida en ello, creo que mucho más que en armarnos hasta los dientes.
Porque… ¿a
quién(es) dicen que debemos temer? Durante esta larga noche oscura, el terror
ha iluminado los cielos de Gaza, y se ha escuchado el relincho ensordecedor de
“los potros de bárbaros atilas”, esos “heraldos negros que nos manda la Muerte”
(César Vallejo).
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