Comentario: De acuerdo con José Antequera en casi todo, pero no en todo, sencillamente, porque no es de recibo que los rusos vayan a invadir Europa. Si esa Sra. alemana lo que quiere es meternos miedo para que desembuchemos unos cuantos miles de millones de euros y sus empresas y las de los yanquis de armamento se forren y ella también con sus presuntas comisiones, va dada. El miedo es libre, pero estamos muchos que no tenemos miedo y nos resbala eso de que los rusos -que nunca nos han hecho nada que no sea poner ¡6.000.000 de muertos para que media Europa tenga eso que llaman democracia- tengan intenciones, como ese yanqui de pacotillas con Groenlandia, de invadirnos así de un plumazo.
Si algún día, poco probable, se desencadena una guerra, iremos todos por
delante, chinos, rusos, americanos y, por supuesto, europeos (con España, cómo
no, incluida en el desaguisado). Mas, de momento, lo que hay que hacer es no
poner ni un euro para un rearme que sólo interesa a las ya dichas empresas de
armamento y a los/las previsibles comisionistas.
Un clima prebélico como no se respiraba desde la Segunda Guerra Mundial impregna a todos los países del mundo
José Antequera
26/03/2025
Tras liquidar y enterrar el Derecho internacional, instaurando el tiempo de
la ley de la jungla, del más fuerte y la guerra de todos contra todos, China reclama su parte de la tarta global. El
gigante asiático mira con ambición a Taiwán y
aguarda el momento de darle el zarpazo a la isla. Si el magnate neoyorquino
anhela plantar las barras y estrellas en Groenlandia, con un
par de hamburgers, ¿qué impide a los chinos hacer lo propio en
un territorio que considera suyo? Nada.
Un clima prebélico como no se respiraba desde 1945 impregna al mundo
entero. La guerra eterna de Ucrania, el
exterminio del pueblo palestino, los países árabes organizándose para la Yihad... Y ahora también China. Los informes de
inteligencia apuntan a una posible invasión de Taiwán antes de 2027. Y el
Gobierno taiwanés ha puesto en marcha maniobras militares, lo que se conoce
como “estrategia del puercoespín”. Cuando se ve en peligro, este animal
despliega sus pequeños pinchos para disuadir a los depredadores más fuertes.
“El dolor de pisar las púas se convierte en el principal impedimento para
aplastarlo”, asegura el diario local Taipei Times en
un artículo editorial. En realidad, tal estrategia no es más que un ingenuo y
cándido intento de los taiwaneses por demostrar su orgullo herido, por reforzar
el espíritu de unidad nacional y por canalizar el pánico ante los planes
bélicos de Pekín. Cuando Xi Jinping dé la orden de atacar, los soldados de
Taiwán parecerán soldaditos de plomo al lado de la formidable y feroz
maquinaria china. Y las patrulleras locales barquitos de papel. No será una
invasión, será un paseo militar.
El régimen capitalcomunista de Xi no hace más que lo que ve hacer al niño
malcriado Trump. Coger lo que más le apetece en cada momento. Si
al nuevo presidente norteamericano le pone quitarles el canal a los panameños,
lo hace; si le da por meter los marines en México y Canadá, no ve reparos; y si le entra la venada de tirar
un par de misiles en el Yemen, no hay
problema. Trump ve el mundo como un inmenso solar de su propiedad donde poder
construir muchos chalés para los ricos y colonos de MAGA. Es la política internacional como suculento
negocio inmobiliario. Gilismo en Wall Street (Jesús Gil fue un pionero, un visionario del
pelotazo político). El problema es que los chinos no son tontos, al contrario,
son los más listos de la globalización, unas fieras del plasma y los dueños de
facto del planeta, ya que, sin sus chips, robots, motores baratos e inventos
informáticos, la civilización occidental colapsaría sin remedio. Xi Jinping
tiene el mando a distancia de la historia y si le da al interruptor de apagado
colapsa la economía mundial. Si China estornuda, el trancazo en Occidente puede
ser antológico. Trump no es consciente de nada de esto porque no lee libros (en
realidad, no lee nada que tenga más de cuatro letras, los balances de la Bolsa para ver si se hunde Tesla, la empresa de su amigo Elon, y poco más) y esa visión yanquicéntrica de la
vida le pierde. Trump es un señor del siglo XIX, un esclavista colonial, un
bóer de manual, y cree que a un chino se le puede engañar como a un ídem, tal
como decía aquel dicho racista salido de la Union Pacific, la empresa
que abrió el ferrocarril al Oeste con la sangre y el sudor de miles de
asiáticos explotados. Sobre esa realidad despiadada, injusta y cruel, se
construyó el imperio yanqui, el nuevo imperio romano condenado al desplome cual
gigante con pies de barro.
Esa visión distorsionada del cateto de mente obtusa es la que puede llevar
a Trump a hacer realidad su sueño más húmedo: un combate a muerte con China.
Menospreciar el inmenso poder del régimen de Pekín puede traer nefastas
consecuencias, no solo para el futuro de Estados Unidos, sino para toda la
humanidad. En las redes sociales circula una declaración de Mary Anne Trump, madre del susodicho, quien, tiempo
atrás, advirtió de las pocas luces de su hijo. “Sí, él es un idiota con sentido
común cero y sin destrezas sociales, pero es mi hijo. Espero que nunca se meta
en política. Sería un desastre”. Vaya por delante que la cita puede ser un bulo
o fake, ya que no hay evidencia de que la señora Trump
soltara esa frase, aunque vista la catadura del ceporro, no nos extrañaría nada
que lo hubiese dicho.
La llegada al poder del millonario de Mar-a-Lago ha
instaurado la guerra en sus diferentes acepciones como forma de relación
humana. Guerra cultural, guerra religiosa, guerra arancelaria y, por supuesto,
la guerra de siempre, esa que parece cada vez más cercana. La amistad de Trump
con Putin no puede traer nada
bueno. Von der Leyen pide a los europeos que se hagan
cuanto antes con el kit de supervivencia por si a Rusia se le ocurre obsequiarnos con sus ojivas
nucleares. Sobrecoge la frivolidad con la que la presidenta de la Comisión, y
los prebostes de la UE, tratan el asunto
del Apocalipsis. Las tiritas, latas de atún, pilas y
botellines de agua de la señora Ursula nos servirán para bastante poco llegada
la hora del Fin del Mundo. Primero el esperpento, luego el espanto. Primero el
trumpismo con el satánico payaso Pennywise activando
la palanca de la guerra, después lo grotesco como paso previo a la barbarie.
¿Nos tratan como a borregos, como a niños a los que engañar con cuentos
infantiles o como simples números? Cualquiera de las tres interpretaciones
resulta de lo más siniestro. De la decadente democracia del hombre blanco
emerge un lejano imperio amarillo que reclama el poder total. Si Trump les toca
el bambú a los chinos estamos perdidos. Más madera, esto es la guerra, como
dijo Groucho. Pues todos al súper, que se agota el kit.
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