Miquel Ramos 25/03/2025
Viva la libertad, carajo. ¿Quién no lo suscribiría? Todos y todas deseamos
libertad. Pero el ultraderechista y estafador Javier Milei tiene claro que, en
su lema, el del carajo, esa libertad es una carcasa vacía para la mayoría de
sus ciudadanos, como estamos viendo desde que tomó el poder. La libertad como
concepto abstracto no se traduce en nada material ni en ningún beneficio vital,
ni en ningún aumento de derechos cuando es usada para vaciarla de contenido.
Mucho menos lleva aparejada la inseparable responsabilidad para con los demás
que la debería acompañar. No hay palabra más manoseada y pervertida a lo largo
de la historia que esta, la libertad, usada hasta por quien estira la cuerda de
tu horca.
Libertad era también poder tomarse una cerveza en una terraza de Madrid en
plena pandemia de la covid, como dijo Ayuso. Ella la encarnaba en oposición al
comunismo que acechaba y amenazaba con tomar las instituciones en las últimas
elecciones si no ganaba. Comunismo o Ayuso. Comunismo o Libertad. Libertad era
también beberse tantas copas de vino como uno considerase, como dijo Aznar ante
las leyes que bajaban la tasa de alcohol permitida al volante. Libertad para
abarrotar un bar en pandemia. Para conducir bañado en alcohol. Siempre hay una
pulsión liberticida en aquellos que tratan de limitar tus deseos. Es el mantra
de los mal llamados libertarios, a quienes me niego a regalarles tan bella
palabra, hasta ahora reservada a los anarquistas y a sus anhelos de una
sociedad tan libre como responsable consigo misma.
Hay muchas otras palabras y frases hechas que quedan muy bien en toda
causa, pero cuyo significado dista mucho de lo que entienden unos y otros. Solo
el pueblo salva al pueblo, por ejemplo, un lema de los movimientos sociales que
resurgió tras la catastrófica Dana en Valencia, cuando los vecinos y las
vecinas se ayudaron ante la dejadez y la negligencia de las autoridades. La
extrema derecha trató de apropiárselo, de resignificarlo para arrojarlo contra
el gobierno de Pedro Sánchez y el Estado como parte de su postizo discurso
antiestablishment. Los mismos que hoy protegen al principal responsable de
avisar a la ciudadanía para que estuviese a salvo ante el temporal. Vox ha
salvado a Mazón mientras trataba de apropiarse de aquel lema. No ha sido 'el
pueblo' salvando 'al pueblo'. Han sido los ultraderechistas salvando al
principal responsable de las más de 200 muertes, el mismo que hoy les da una parte
del pastel. Y hubo quien decidió regalarles aquel eslogan, renunciando a dar la
batalla por el lenguaje, por el significado de pueblo y de salvar al pueblo. Un
error tremendo. Pero no es el único ejemplo.
La defensa de la vida es otro de los marcos en disputa. Hemos regalado la
palabra provida a quienes tan solo defienden fetos y embriones, y a la vez,
atacan a quienes ya han nacido por cualquier otro motivo. La ultraderecha nunca
ha sido provida, sino todo lo contrario: perpetran o justifican genocidios,
represión y desigualdades contra cualquiera que, una vez nacido, reniega o no
encaja en su modelo de sociedad. Sin embargo, hablar hoy del derecho a vivir
evoca inmediatamente a la turba antiabortista coaccionando a las mujeres a las
puertas de las clínicas. Otra derrota.
¿Quién no desea sentirse seguro? La libertad es no tener miedo, dijo Nina
Simone. Es, por tanto, sentirse seguro. Pero ¿de qué seguridad estamos
hablando? De nuevo, otro marco robado. Hablar hoy de seguridad evoca
inevitablemente a la delincuencia en las calles, a que te asalten o te okupen
la casa, o a que al turista le sisen el Rolex de medio millón de euros en las
Ramblas de Barcelona. ¿En qué momento la seguridad ha dejado de ser, por
ejemplo, tener una vivienda y un trabajo digno? Pues nada. La derecha consiguió
enmarcar la seguridad en sus propios términos, eximiendo siempre lo estructural
que genera desigualdades y, por extensión, muchas de las delincuencias que hoy
se presentan como desvíos morales. Aderezadas, además, con ingredientes
culturales o raciales, un clásico del argumentario reaccionario y racista de
todos los tiempos.
Esta semana, la policía metropolitana de Washington DC advertía que estaba
investigando los ataques a los Teslas, la marca de Elon Musk, como delitos de
odio. Coches discriminados porque la marca pertenece al hombre más rico del
mundo y mano derecha de Donald Trump en su cruzada antiderechos. La última
aberración respecto al uso perverso de los delitos de odio para proteger al
privilegiado, al fascista, al mayor difusor de odio. Algo a lo que en España
nos acostumbramos tan pronto como aterrizó esta legislación, usada por los
ultraderechistas contra los antifascistas, contra quienes se plantan ante su
odio y su maldad. La última: varios estudiantes investigados por protestar ante
una charla ultra en la universidad, acusados de delito de odio. Otra usurpación
del significado, tan aceptada ya incluso entre supuestos demócratas que aterra.
Cientos de miles de argentinos salieron anteayer a las calles para recordar
el terrible golpe de estado de Videla, para honrar a sus víctimas y desafiar la
reescritura que el nuevo gobierno pretende hacer de su historia. Nada nuevo. Es
el habitual empeño neofascista, imponer un relato alternativo a lo que sus
padres ideológicos perpetraron. En Alemania, en Italia, en España, en Argentina
o donde sea. Todo negacionismo de la historia, que hasta hace poco atribuíamos
tan solo a los apolillados franquistas y a los revisionistas del Holocausto que
negaban la existencia de las cámaras de gas, cobra hoy un carácter de Estado,
con figuras como Milei y sus homólogos en el mundo asaltando no solo las
instituciones, sino también el significado de las palabras y la propia
historia.
Ante la ofensiva reaccionaria en todos los frentes, ninguna trinchera
admite deserción. Tampoco la semántica. Regalar el significado de las palabras,
situarse en posiciones equidistantes y supuestos centros virtuosos, donde
verdad y mentira son tan solo opiniones enfrentadas, es una de las principales
derrotas de nuestro tiempo.
El politólogo Elvin Calcaño recordaba ayer en X a Koselleck cuando decía
que los conceptos políticos se politizan e ideologizan con la distancia del
tiempo. Y nos recordaba que hoy “pasa lo mismo con el significado de esas
dictaduras: se ha ideologizado y, así, para las actuales subjetividades
derechizadas y manipuladas desde algoritmos de redes sociales pueden
representar lo contrario de lo que fueron. Hoy es fácil reescribir la historia
porque ya no hay marcos comunes de referencia; de manera que se ha eliminado la
frontera entre verdad y mentira,” decía muy acertadamente sobre esta ofensiva
revisionista de Milei.
El robo de la historia, la usurpación de las palabras y de los marcos es
hoy el principal frente de batalla de la reacción antiderechos. De quienes
pretenden dar marcha atrás en toda conquista social y política. Una de las
principales derrotas de nuestro tiempo es haber aceptado el juego, considerar
que todo es debatible, también tu vida y tu dignidad, y que la verdad depende del
punto de vista, y no de hechos objetivos. Si abandonamos esta disputa, si no
peleamos por el significado de cada palabra, por la verdad de los hechos y de
la historia, todo será mucho más fácil para quien pretende repetirla. Si no se
pelea por el marco, el futuro instalará inevitablemente toda la mentira
reaccionaria. Porque no basta con saber que uno dice la verdad o defiende una
buena causa. Hay también que saber mantenerla y explicarla. Y no regalar nunca
ni una bandera, por mucho que algunos se limpien el culo con ella y luego la
enarbolen como su principal insignia.
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