David Torres ESCRITOR 14/03/2025
En la rueda de prensa que dio en Helsinki, Pedro
Sánchez reconoció que España había sufrido un ciberataque
procedente de Rusia y que Rusia siempre ha sido una amenaza para Europa. Es una
frase copulativa que, bien analizada, no va ni a la esquina, pero con menos
alforjas se han declarado guerras, se han multiplicado presupuestos en defensa
y se han inaugurado populosos cementerios. Teniendo en cuenta que Rusia es uno
de los países que más invasiones europeas ha sufrido en los últimos dos siglos
-en las guerras napoleónicas, durante la guerra civil rusa y en la segunda
guerra mundial-, cabe la posibilidad de que Sánchez y
sus asesores estudien historia contemporánea en el Canal Cocina.
Del ciberataque ruso tampoco es que se sepa mucho, pero cuanto menos se
sepa, mejor, no vayamos a enterarnos de que Sánchez ha
caído en el famoso timo de la anciana de Vladivostok que estaba enamorada de él
y le prometía una herencia millonaria a cambio de unos miles de euros para
agilizar los trámites. El timo, de momento, parece que vamos a pagarlo entre
todos a base de un generoso cheque en blanco para los fabricantes de armas. Por
lo visto, la última moda en ciberseguridad es comprarse un tanque y pasarlo por
encima del ordenador cuatro o cinco veces: así los piratas informáticos se lo
pensarán dos veces antes de volver a intentar robar datos.
De cualquier modo, ver a Sánchez disfrazado
de sheriff de pueblo en Finlandia, mascando chicle y sacándole brillo a la
estrella, le devuelve a uno la fe en la España una, grande y libre. Parece una
reedición del Guerrero del Antifaz con corbata o de Jose Mari Aznar hablando con acento tejano
mientras planta los zapatos en una mesa de Washington, sólo que más alto y más
guapo. Hay algo extremadamente viril en estos hombretones que, sin tener la más
puta idea de lo que es una guerra, están deseando meterse en una, pero de
lejos, comiendo palomitas. Aznar, igual
que Macron y Abascal, ni
siquiera hizo la mili, y Sánchez sirvió
en el Servicio Geográfico del Ejército, donde según él, no aprendió nada. A lo
mejor es la primera verdad que ha dicho en su vida.
Pese a que el plan de rearme europeo va a tambalear la poca fe que aún le
tenían a Sánchez sus socios de
gobierno, también puede darle la confianza de quienes lo consideran básicamente
un cobarde, un traidor y un pelanas. Por internet no paran de correr miles de
comentarios de machotes que proclaman que hay que darle a Putin su propia
medicina, audaces estrategas que sueñan con enmendar los errores de Napoleón y Hitler, planeando
la enésima invasión de Rusia desde Instagram, Twitter y Facebook. Se ve que aún
sentimos nostalgia del imperio romano, una época gloriosa que se reencarnó
luego en Carlomagno y en Felipe II, olvidando, en primer lugar, que Europa se ha
dedicado toda la vida a liarse a hostias consigo misma y, en segundo lugar, que
ya no es más que un museo de antigüedades.
Por su parte, Rusia, como dijo Churchill, sigue
siendo “un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. Tan
misterioso que en 2022 Ursula von der Leyen aseguraba
que el ejército ruso estaba tan hecho polvo que sacaba chips de los lavaplatos,
y ahora, después de tres años de combates, dice que se ha convertido en un
peligro tan grande para el continente que necesitamos 800.000 millones de euros
para hacerle frente. Con estrategas de este calibre a los mandos, no hay duda
de que otra cosa no, pero la guerra va a ser muy divertida. Tampoco se entiende
muy bien qué quería decir Sánchez en
Helsinki al agradecer que se esté planeando “un planteamiento de seguridad de
360 grados”. En la geometría que se llevaba en mis tiempos, eso era quedarse en
el mismo sitio, pero vete a saber qué significa ahora, cuando los tanques se
arreglan con lavaplatos.
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