El documental de Juanjo Castro refleja, con testimonios y datos oficiales, la verdad sobre los fallecidos en las residencias que el PP de Ayuso trata de negar
José Antequera
14/03/2025
Cinco años de la pandemia. Cinco años ya desde que aquel suceso histórico
cambió nuestras vidas para siempre. Miramos atrás con escalofríos cuando
recordamos toda aquella locura distópica. El virus de Wuhan, los mil muertos diarios, la Sanidad pública colapsada, el confinamiento, Pedro Sánchez con su “nueva realidad”, la curva
epidémica del doctor Simón, la España de los balcones (aplausos para los
sanitarios, primero héroes, luego villanos), el mercado negro de mascarillas,
los acaparadores de papel higiénico, el teletrabajo, los ERTE, el pan casero con masa madre, la extrema derecha
agitando el odio en todo el país, las vacunas que no llegaban... Y, también, la
asfixiante sensación de que no salíamos con vida, para contarlo, de aquella
extraña pesadilla.
Hoy, cuando va quedando atrás toda aquella convulsión planetaria que puso
patas arriba el mundo entero (hubo un momento en que miles de millones de
personas vivían encerradas como topos en sus galerías subterráneas), hacemos
balance y llegamos a la conclusión de que, tal como era de esperar, no hemos
salido mejores de aquel trance, al contrario, después de la plaga llegan los
vientos de guerra. El humano es un ser suicidamente tozudo siempre empeñado en
acabar consigo mismo. Sigue habiendo demasiadas preguntas sin respuesta. ¿Fue
el covid un coronavirus creado en laboratorio, tal
como aseguran los servicios de inteligencia alemana, o brotó en un remoto
mercado chino donde se comen animales como el pangolín sin las debidas
garantías higiénicas? ¿Qué fue de aquellos 140.000 millones de los fondos
europeos Next Generation para la reconstrucción? ¿Por qué
este Gobierno no ha acometido la urgente y necesaria reforma integral de la
Sanidad pública, un plan que pese a los parches sigue en el cajón de la
decepcionante Mónica García? Y, sobre todo, ¿por
qué no se ha hecho justicia con los 7.291 ancianos a los que el Gobierno
de Ayuso recluyó en las residencias madrileñas, en
buena medida privatizadas, tras aplicarles los protocolos de la vergüenza?
Anoche, el periodista Xabier Fortes condujo
un programa especial, La pandemia que cambió el mundo,
donde se emitió 7291, el
demoledor documental de dos horas de duración dirigido por Juanjo Castro sobre las presuntas negligencias y
disparates que se cometieron en el gabinete ayusista durante la crisis
sanitaria. En la cinta se pone cara y nombre a las víctimas y a sus familias,
hasta hacernos entender que lo ocurrido en los geriátricos madrileños fue real,
no una invención de los medios de comunicación afines a la izquierda woke, ni una leyenda urbana, ni el argumento de una
mala película de terror. Lo que ahí se relata, fue lo que sucedió. Personas
abandonadas a su suerte, personas muriendo en los pasillos, personas a las que
se dejó de atender, bien por el miedo de los cuidadores al contagio o por la
aplicación de unos protocolos inhumanos propios de un régimen totalitario.
Ancianos muchos de ellos desorientados por la senilidad o el alzhéimer que
vieron cómo, de la noche a la mañana, su compañero o compañera de habitación
había desaparecido para siempre sin que nadie les diera una sola explicación;
cómo las trabajadoras sociales, antes amables y atentas, aparecían en la sala
enfundadas en bolsas de basura (“como marcianas”, según el testimonio de una de
ellas) para tratarlos como apestados; y cómo se cortaba toda comunicación
exterior, de tal manera que ya nunca más volverían a ver a sus hijos, a sus
nietos, a sus hermanos y amigos. Solo ellos, los que se han ido (más bien, a los
que la maquinaria de un sistema implacable, ciego y cruel dejó ir) saben el
infierno que se debió vivir allí.
El documental lo refleja todo con la frialdad de aquellos días trágicos y
el realismo que algunos políticos del PP quieren negarle al más grave episodio
de negligencia sanitaria de nuestra historia. Uno asiste entre asombrado y
pasmado a los testimonios de los protagonistas: esa mujer que llora
desconsolada tras recordar cómo perdió a su padre sano sin saber cómo; ese
consejero Alberto Reyero que dimitió de
su cargo cuando vio la salvajada que se iba a cometer; esos propietarios del
capitalismo salvaje que niegan el carácter sanitario de una residencia y la
definen como un hotel o resort para jubilados; esos burócratas que firmaron los
protocolos de la vergüenza y que ahora, para tratar de tapar su infamia y su
ignominia, pretenden convencer a la opinión pública de que aquella normativa no
fue de obligado cumplimiento, sino “una serie de recomendaciones” o consejos
para los trabajadores sociales. Y, por encima de todo ese sindiós, planeando
como una sombra intocable, como una inquietante presencia, la siniestra mujer
fatal, Isabel Díaz Ayuso, máxima responsable de las nefastas
decisiones que se adoptaron en aquellas jornadas dramáticas. El papelón de una
mujer incompetente que se vio desbordada, quizá porque lo más importante que
había hecho hasta el momento en la vida era llevarle la cuenta de Twitter al perro Pecas, la mascota
de Esperanza Aguirre.
Produce espanto y hastío tener que soportar que esta señora se pasee como
si nada por Madrid sabiendo como sabemos
que su equipo de gobierno firmó un protocolo gerontofóbico y cruel que, en
realidad, fue la sentencia de muerte de miles de personas mayores. Fortes dejó
claro ayer, en su programa para la historia de TVE, que trató de contactar con
ella para que participara en el debate. No quiso ir, lo cual lo dice todo. En
la Asamblea de Madrid se siente fuerte porque allí
puede mentir y soltar bilis y sapos contra el enemigo rojo sin que le pase
nada. Pero ante un grupo de periodistas dispuestos a interrogarla con datos,
con informes, con documentos oficiales en la mano, queda en evidencia lo que
es: un guiñol en manos de otros que vomita bulos a todas horas. Por cierto,
ella no acudió al plató, pero envió a su lacayo Alfonso
Serrano para continuar con la mentira. Entre las muchas
falsedades que soltó el fiel consejero ayusista llegó a negar la cifra negra de
7.291 fallecidos: “Fueron cuatro mil”, dijo, como si esa matización restara
alguna importancia a la magnitud de la calamidad. Una vez más, mintió Serrano,
ya que los datos manejados por los periodistas son oficiales y salen del propio
gabinete de prensa de la Comunidad de Madrid.
Todo lo que rodea al episodio de las residencias es de una depravación tan
descarnada, de una inhumanidad tal, que cuesta trabajo entender que esto no
haya llegado a un tribunal de justicia. Por desgracia para las familias de las
víctimas no han contado con la ayuda de una jueza como la de Catarroja
(encargada de investigar las negligencias de Carlos Mazón durante
la riada) para airear la verdad. En Plaza Castilla se echó tierra encima y a
otra cosa. Una vez más, memoria borrada.
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