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martes, 26 de mayo de 2026

26/05/2026 - ZAPATERO Y LA HIPOCRESÍA DE UN ESTADO QUE SÓLO SE ESCANDALIZA POR TURNOS

La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero ha abierto un debate judicial, político y moral. Lo judicial seguirá su curso. Lo político ya ha quedado bastante claro. Y lo moral, en España, hace años que cotiza a la baja

Josep Jover

Conviene empezar por una obviedad que aquí siempre estropea alguna consigna: una imputación no equivale a una condena. Que un expresidente haya sido citado como investigado no prueba su culpabilidad. Prueba, eso sí, que un juez considera que hay indicios suficientes para sentarlo ante la Justicia y obligarlo a dar explicaciones. No es poco. Pero tampoco es la sentencia final que tantos redactan con la alegría procesal de quien confunde una toga con una porra.

Ahora bien, dicho eso, la cuestión política de fondo no desaparece. Al contrario: se vuelve más interesante. Porque el caso no sólo plantea qué hizo o no hizo Zapatero, qué favores movió, qué puertas abrió o qué cobros pudieron estar asociados a esa red de influencias. Plantea también otras preguntas, bastante más incómodas para el sistema: por qué unas conductas se convierten en escándalo nacional irreversible cuando afectan a la izquierda y otras merecen para la derecha una indulgencia casi administrativa, como si todo fueran molestias del tráfico institucional y también, qué se ha dado o prometido a cambio de los dossieres americanos contra Zapatero.

Aquí es donde aparece el gran teatro español. Si una investigación de este calibre, nutrida en parte por material llegado desde el exterior, hubiera puesto en el foco a un expresidente de la derecha, buena parte de ecosistema mediático estaría hablando de captura del Estado, connivencia internacional, interferencias intolerables y delitos contra el interés nacional. Y no les faltaría retórica, que para eso vamos sobrados de patriotas de alquiler.

La hipocresía, por desgracia, no es patrimonio de un solo bando. La derecha mediática y política lleva años explotando la idea de que la corrupción ajena es una prueba de decadencia nacional, mientras la propia suele presentarse como error administrativo, exceso de confianza o simple mala compañía. Una especie de milagro ideológico: si lo hacen los otros, es una trama; si lo hacen los tuyos, es una distracción. España, ese país donde la moral pública cambia de código postal según quién firme la factura.

Y luego está el otro elefante en la sala: la confianza en la Justicia. O, para ser más exactos, la confianza limitada, intermitente y selectiva en la Justicia. Hay una percepción muy extendida, de que una parte relevante del aparato judicial español actúa con sesgos conservadores profundos, herencias corporativas resistentes al paso del tiempo y una severidad no siempre repartida de manera homogénea; sobre todo si eres de izquierdas o independentista. Esa percepción no surge de la nada ni de una simple rabieta ideológica. Se alimenta de décadas de decisiones discutidas, ritmos procesales asombrosamente desiguales, entusiasmos cautelares muy variables y una cierta familiaridad entre poder judicial, poder mediático y cultura política ultra-conservadora.

Afirmar que existe esa percepción, e incluso que hay elementos históricos para tomársela en serio, es un antecedente, afirmar como hecho probado que toda decisión contra un dirigente de izquierdas responde a una conjura del “estado profundo” es otra muy distinta. Y además es intelectualmente perezoso. Porque convierte cualquier investigación en un dogma previo: si afecta a los míos, es persecución; si afecta a los otros, es justicia poética. Es el mismo tribalismo que criticamos, solo que con mejor vocabulario; pero eso de la vinculación con la derecha dura de nuestro poder judicial, como las meigas, haberlas, hailas.

La posición seria, aunque menos cómoda para el fanatismo de sobremesa, es más exigente: ni santificar automáticamente al juez, ni absolver automáticamente al investigado porque encaja en nuestro mapa sentimental. Se puede sospechar del sesgo estructural del sistema y, al mismo tiempo, exigir explicaciones durísimas a un expresidente cuando aparece en una causa de tráfico de influencias, sociedades instrumentales, flujos opacos y contactos de alto nivel. De hecho, esa es la única posición adulta. Todo lo demás es propaganda con aspiraciones de catecismo. Y las mismas explicaciones deben ser exigidas para los expresidentes anteriores, que su conducta habitual no ha desentonado de lo que se reprocha a Zapatero.

Pero la cuestión de fondo importante sigue intacta: ¿a cambio de qué? Si hubo gestiones, si hubo mediación, si hubo influencia, si hubo cobros, si hubo estructuras pensadas para separar el favor del beneficiario final, la cuestión central no es sólo penal. Es institucional. ¿A cambio de qué se pone el prestigio de una expresidencia al servicio de intereses privados? ¿A cambio de qué se normaliza que el poder retirado siga operando como oficina de contactos premium? ¿A cambio de qué se espera que la ciudadanía no vea en todo esto algo más que una “actividad privada” bastante bien conectada? Y porqué Zapatero sí y los otros expresidentes no.

Porque tengámoslo claro: ¿se habría reaccionado igual si el apellido investigado fuese otro? La respuesta, sinceramente, parece obvia. No. Habríamos visto otro vocabulario, otras urgencias morales, otros editorialistas inflamados y otros patriotas de plató descubriendo de pronto la soberanía nacional. En España no cambia tanto el amor a la justicia como el reparto de los adjetivos.

Zapatero tiene derecho a defenderse. Faltaría más. Pero el país también tiene derecho a no tragarse el viejo menú de siempre: presunción de inocencia para los propios, presunción de culpabilidad para los adversarios y presunción de pureza para unas instituciones, como la Justicia, que llevan demasiado tiempo reclamando confianza automática mientras administran méritos desiguales para merecerla. Y eso nos lleva a la siguiente pregunta: Qué ha cobrado o qué se le ha prometido al que ha generado y enviado esos dossieres con los que se imputa a Zapatero. Porque en el mundo internacional nadie da nada por nada.

Eso quizá sea lo más revelador del caso. No sólo es lo que pueda acabar acreditándose sobre Zapatero, sino es el espejo que vuelve a colocar la realidad delante del sistema. Un espejo cruel, sí, pero merecido. En él aparece una democracia donde una justicia con muchos grises, se invoca con fervor cuando castiga al rival, se cuestiona cuando roza al aliado y se idealiza o se denigra según convenga al turno de palabra. Aunque sea a costa de traicionar a la idea del estado y a los propios ciudadanos.

Muy institucional todo. Muy edificante. Muy español.

 

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