Comentario: En Europa (UE) no van a tomar nota de nada de lo que enseña Suiza, eso es obvio porque mandan los señoritos de siempre. Pero, al menos, los gobernantes españoles deberían tomar nota de los salarios de Suiza y aplicarse el cuento, aunque sea parcialmente, ya que, nuestros trabajadores son los que menos cobran de ese conglomerado de la OCDE de los países más desarrollados. ¡Sin salario no hay libertad, ni justicia ni democracia!
El país helvético ha blindado constitucionalmente el dinero en efectivo, una lección que la UE debería aprender
El 73% de los ciudadanos suizos votó este domingo a
favor de garantizar constitucionalmente la existencia permanente del dinero en
efectivo, en un referéndum que manda un mensaje inequívoco al mundo financiero: la
supresión del efectivo no es progreso, es un error. La iniciativa, respaldada
por casi tres cuartas partes del electorado helvético, establece que las
entidades del Estado deberán garantizar en todo momento la disponibilidad de
monedas y billetes en francos suizos, descartando además que el dinero físico
pueda ser sustituido algún día por dinero virtual.
El resultado no admite interpretaciones ambiguas. En un país
conocido por su cultura de la precisión, su independencia política y su
desconfianza institucional ante los excesos del poder financiero, los
ciudadanos han hablado con una claridad que contrasta con el rumbo que están
tomando buena parte de los gobiernos europeos. Mientras Bruselas, Frankfurt y
Pekín debaten el lanzamiento de monedas digitales de banco central, Suiza ha
decidido anclar en su Constitución algo que otros dan por obsoleto: el derecho
a pagar con dinero real.
El efectivo es una garantía de
libertad
Hablar de dinero en efectivo es hablar de autonomía
individual. El billete que guardas en la cartera no necesita señal de red, no
requiere batería, no deja rastro de tus hábitos de consumo y no puede ser
bloqueado por un fallo informático, una sanción gubernamental o la quiebra de
una entidad financiera. Son ventajas que parecen obvias hasta que desaparecen,
y el referéndum suizo es precisamente la respuesta de una sociedad que ha
decidido no esperar a descubrirlo por las malas.
La iniciativa aprobada no nace del miedo a la tecnología ni del rechazo al
futuro. Nace de una lectura lúcida de lo que significa ceder el control
absoluto del dinero a sistemas digitales gestionados por terceros. Cuando el efectivo desaparece, desaparece también la última
palanca de autonomía financiera del ciudadano común. Quien
controla los flujos digitales del dinero controla, en la práctica, la capacidad
de gastar, ahorrar o simplemente sobrevivir de millones de personas.
El "franco suizo virtual" tendrá
que convivir con los billetes
La paradoja del resultado es tan elocuente como el
propio resultado. Las autoridades suizas no renuncian a explorar el lanzamiento del
franco suizo virtual, una suerte de criptomoneda oficial emitida por el Banco
Nacional de Suiza, en línea con lo que están estudiando varios países europeos
y China. Pero tras el voto de este domingo, esa moneda digital —si algún día
llega a existir— tendrá que convivir obligatoriamente con el efectivo. No podrá
sustituirlo. La Constitución lo impedirá.
Este matiz es fundamental. Suiza no rechaza la innovación
financiera, pero sí rechaza que esa innovación se convierta en una coartada
para eliminar alternativas. El problema no es que existan
monedas digitales. El problema es que su implantación se utilice como pretexto
para hacer desaparecer el efectivo, dejando a los ciudadanos sin ninguna opción
que no pase por los servidores de un banco central o de una plataforma de pago
privada.
Entre los efectos colaterales de este referéndum está la preservación de
uno de los récords mundiales más singulares de Suiza, recogido en el Libro
Guinness de los Récords: la moneda de uso más antiguo del mundo en circulación
continua, el céntimo de franco suizo de diez, acuñado sin modificaciones desde
1879. Casi siglo y medio de historia monetaria ininterrumpida que habla
de una cultura de la estabilidad y la confianza en lo tangible que
no es fácil encontrar en otros países.
Ese dato no es anecdótico. Es el reflejo de una sociedad que ha entendido
desde hace mucho tiempo que la moneda no es solo un instrumento de intercambio,
sino también un símbolo de soberanía, de identidad y de confianza colectiva.
Cuestionar el efectivo es, en cierta medida, cuestionar todo eso.
Europa, a tomar nota
En Europa, la tendencia es la contraria. Varios países del
continente llevan años reduciendo los límites legales para los pagos en
efectivo, mientras los bancos cierran sucursales, los cajeros automáticos
menguan y las plataformas de pago digital consolidan su monopolio sobre las
transacciones cotidianas. Todo ello bajo el paraguas de la modernización, la
eficiencia y la lucha contra el fraude fiscal.
Ninguno de esos argumentos es falso. Pero todos ellos juntos no justifican
privar al ciudadano de la opción de usar efectivo. El fraude fiscal no desaparece porque desaparezca el dinero
físico; se desplaza hacia otras vías. Y la eficiencia
tecnológica deja de ser una ventaja cuando el sistema falla, cuando se produce
un ciberataque masivo, cuando una crisis energética tumba las redes de
comunicación o cuando un gobierno autoritario decide congelar los activos
digitales de quienes se oponen a sus políticas.
Suiza ha votado pensando en todos esos escenarios. Y ha votado con el 73%
de su electorado diciendo que no está dispuesta a renunciar a su última línea
de defensa financiera.
El dinero en efectivo es política, no solo
economía
La discusión sobre el efectivo no es técnica. Es
profundamente política. Quien controla el dinero controla el
comportamiento. Una sociedad sin efectivo es una sociedad en la que cada
transacción puede ser monitorizada, condicionada o bloqueada. En la que el
Estado —o el sistema financiero que actúa con su respaldo— tiene acceso total a
la vida económica de cada individuo. En la que la disidencia, el ahorro
informal, la economía doméstica o la simple privacidad en el gasto quedan
expuestas sin remedio.
Los suizos lo saben. Y han decidido que eso no es un
precio aceptable por la comodidad de pagar con el móvil. El referéndum de
este domingo no es una victoria de los nostálgicos ni de los conspiracionistas.
Es la victoria de quienes entienden que la libertad financiera individual es un
componente esencial de la libertad cívica, y que una vez que se pierde,
recuperarla es extraordinariamente difícil
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