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jueves, 18 de junio de 2026

18/06/2026 - LA PATRONAL LANZA UNA OFENSIVA CONTRA EL ABSENTISMO, PERO OCULTA 3.243 MILLONES DE HORAS EXTRA ROBADAS A SUS TRABAJADORES

 

Comentario: ¡La esclavitud, oiga! La esclavitud que está presente desde hace bastante tiempo en España, desde que D. Felipe González Márquez “compró” el sindicalismo con los cursos de formación.

La patronal condicionó cualquier negociación del nuevo Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva a que los sindicatos acepten debatir las bajas médicas, pero guarda silencio sobre las 441.000 personas que trabajan gratis cada semana en España

José Antonio Gómez

España lleva meses sin un marco nacional que regule los convenios colectivos, y la solución no asoma por ningún horizonte. El Acuerdo para el Empleo y la Negociación Colectiva (AENC) caducó en 2025 y, desde entonces, patronal y sindicatos negocian subidas salariales y condiciones laborales en un vacío normativo que deja a millones de trabajadores sin la red mínima de protección que debería garantizar un pacto de ámbito estatal. Cuando el año supera ya su ecuador, los interlocutores sociales no han sido capaces ni siquiera de sentarse formalmente a plantear sus propuestas. Y este martes, lejos de acercar posiciones, la Confederación Española de Organizaciones Empresariales tensó la cuerda hasta un nuevo límite: los empresarios no hablarán de salarios ni de jornada laboral si los sindicatos no aceptan poner el absentismo sobre la mesa.

La maniobra se escenificó en la sede de la CEOE en Madrid, durante una jornada titulada Absentismo x IT: un problema de país, en la que una representación amplia de organizaciones sectoriales y territoriales de la patronal dibujó con claridad la posición empresarial. El mensaje fue rotundo y sin ambages. "Salarios y jornada a cambio de absentismo", resumió Manuel Piquer, presidente de la patronal navarra, con una concisión que no dejaba margen para la interpretación. La cuestión de las bajas por incapacidad temporal dejó de ser un asunto colateral para convertirse en la condición sine qua non de cualquier avance negociador.

Antonio Garamendi y la supuesta factura de los 33.000 millones

El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, aprovechó su intervención en la clausura del acto para reivindicar la coherencia histórica de la posición empresarial. Recordó que ya en 2023, en esa misma sala, la CEOE y la CEPYME condicionaron la firma del acuerdo nacional de convenios a que el absentismo por incapacidad temporal entrara en la agenda pública. Según Garamendi, el objetivo se cumplió: "Ya nadie discute que esto es un problema en España." Y los datos que maneja la patronal sustentan, al menos en su dimensión económica, la magnitud de la preocupación.

La escalada de las bajas médicas en los últimos años ha generado una factura que alcanza los 33.000 millones de euros anuales, una cifra de vértigo que se reparte entre las empresas, que absorben aproximadamente 17.000 millones, y la Seguridad Social, que asume el resto. Es sobre esa cifra sobre la que Garamendi construyó su batería de propuestas, orientadas en dos direcciones complementarias: mejorar la gestión pública de la incapacidad temporal y reducir la carga económica que recae sobre las empresas.

En la primera dirección, el presidente de la patronal reclamó el refuerzo de las plantillas de profesionales sanitarios y de inspectores de los servicios públicos de salud y del Instituto Nacional de la Seguridad Social, una potenciación de las competencias de las mutuas, y un sistema de controles más ágil que incorpore evaluaciones al trabajador de baja a los tres, seis y nueve meses, sin necesidad de esperar al año como ocurre en la actualidad. También planteó que la inspección médica del INSS asuma el control directo en los procesos de incapacidad temporal cuya reiteración supere la frecuencia habitual.

En la segunda dirección, y siempre condicionando sus propuestas a que el sistema público no corrija sus disfunciones, Garamendi reclamó que la Seguridad Social asuma el pago íntegro de los primeros quince días de baja, eliminando la obligación actual que impone a las empresas hacerse cargo del coste entre el cuarto y el decimoquinto día. Además, propuso exonerar a las compañías de las cotizaciones en los procesos de baja que superen los 365 días y en los contratos de sustitución de trabajadores en incapacidad temporal.

La baja médica no es absentismo

Los sindicatos mantienen una línea roja que tiene tanto de semántica como de fondo: se niegan a aceptar el término "absentismo" para referirse a las personas que faltan al trabajo porque están enfermas. Están dispuestos a hablar de salud laboral, de prevención de riesgos, de salud mental, de carga de trabajo, de condiciones ergonómicas. Pero no de absentismo. Porque aceptar ese encuadre sería, a su juicio, equiparar la enfermedad con la negligencia, y eso es precisamente lo que rechazan.

Y tienen razones sólidas para sostener esa posición, porque una baja médica no es, en esencia, absentismo laboral. El absentismo en sentido estricto implica una ausencia injustificada, voluntaria o fraudulenta. La incapacidad temporal es, por definición, una contingencia cubierta por el sistema de Seguridad Social precisamente porque el trabajador no puede ejercer su actividad por motivos de salud, verificados y avalados por un profesional médico. Mezclar ambos conceptos no es solo un error terminológico: es una operación de encuadre que carga sobre el trabajador enfermo la sospecha de estar fingiendo o de abusar de un sistema diseñado para protegerle.

Más allá del debate conceptual, los sindicatos rechazan medidas concretas que surgieron en la jornada empresarial, especialmente aquellas dirigidas a limitar los complementos que las empresas pagan voluntariamente para mejorar las prestaciones por incapacidad temporal. UGT aprobó por unanimidad en su último comité confederal que esas cláusulas son una "garantía en defensa de la salud" de los trabajadores y que no podrán ser alteradas ni modificadas en perjuicio de estos, incorporando esa resolución como guía obligatoria de negociación para el sindicato. El mensaje al empresariado no podía ser más directo: esa línea no se negocia.

El Ministerio, en segundo plano

En el Ministerio de Seguridad Social, que lleva meses con una mesa de negociación abierta con patronal y sindicatos precisamente para abordar la incapacidad temporal, las conversaciones están en punto muerto. Desde el departamento que dirige Elma Saiz se limitan a señalar que "la mejora de la gestión de la incapacidad temporal y la facilitación de la recuperación de la salud de los trabajadores es un asunto capital para el Gobierno" y que se está abordando en el marco del diálogo social, donde se han alcanzado acuerdos relevantes en legislaturas anteriores. Una respuesta prudente que, en la práctica, reconoce que no hay avances sustanciales.

La parálisis política que atraviesa España desde hace años —con un Gobierno en minoría, una oposición que no facilita acuerdos presupuestarios y un clima de confrontación permanente— impregna también el ámbito del diálogo social. Nadie llega a la mesa con voluntad real de ceder, y el resultado es un estancamiento que perjudica especialmente a quienes menos poder tienen en la negociación: los trabajadores con contratos más precarios, en sectores con menor densidad sindical, que negocian sus condiciones sin la red que debería proporcionar un acuerdo marco de alcance nacional.

3.243 millones en horas extra no pagadas

Y aquí es donde el relato de la patronal encuentra su punto más vulnerable, el que convierte su ofensiva contra el absentismo en algo difícilmente separable de la hipocresía. Porque mientras la CEOE convocaba a sus bases para hablar de los costes que generan los trabajadores enfermos, guardaba un silencio absoluto sobre una realidad que sus propios asociados protagonizan cada semana: las horas extraordinarias no pagadas que decenas de miles de empresas en España imponen a sus empleados.

Los datos son demoledores. En 2025, 441.000 trabajadores realizaron semanalmente horas extra sin ningún tipo de remuneración, con una media de 5,6 horas adicionales por persona a la semana. Traducido a euros, eso supone un coste laboral no abonado de 141 euros semanales por trabajador, o lo que es lo mismo, 7.355 euros anuales que cada uno de esos 441.000 trabajadores pierde entre salario y cotizaciones sociales que nunca llegan. En conjunto, las horas extra no pagadas representaron en 2025 un coste laboral anual de 3.243 millones de euros, cifra que incluye tanto el salario bruto como las cotizaciones sociales que habrían correspondido.

Los sectores donde esta práctica está más extendida en términos absolutos son la educación, el transporte y almacenamiento, la industria y el comercio. Pero si se mide en proporción sobre el total de asalariados, la fotografía es aún más reveladora: los sectores del suministro de energía eléctrica y gas, las finanzas y seguros, la educación, los servicios profesionales, científicos y técnicos, y el sector de la información y comunicaciones son los que presentan una mayor densidad de trabajadores afectados. No son precisamente los sectores de menor cualificación ni de menor productividad. Son, en muchos casos, los que generan mayor valor añadido y cuyos trabajadores tienen, teóricamente, más capacidad de negociación. Y, aun así, trabajan gratis.

Geográficamente, Madrid, Cataluña, Valencia y Andalucía concentran el mayor volumen absoluto de horas extra no remuneradas, lo que no es ajeno a que son también las comunidades con mayor peso económico y mayor número de trabajadores. Pero en términos proporcionales, Madrid, Asturias, el País Vasco, Cataluña y la Comunitat Valenciana lideran el porcentaje de asalariados afectados por esta práctica.

Dos balanzas que no se equilibran

El contraste entre los dos relatos, el de la CEOE sobre el coste del absentismo y el que revelan los datos sobre las horas extra no pagadas, es imposible de ignorar sin incurrir en una frivolidad analítica mayúscula. La patronal presenta 33.000 millones en bajas médicas como un problema de país que exige respuesta urgente, reforma del sistema y condiciones en la negociación colectiva. Pero 3.243 millones en trabajo no remunerado, extraído silenciosamente de más de 400.000 trabajadores, no merecen ni una mención en su agenda.

No es que ambos problemas sean equivalentes en su magnitud numérica; claramente no lo son. Pero sí son equivalentes en su naturaleza como distorsiones del mercado laboral. El trabajador que finge una baja está defraudando al sistema. El empresario que no paga las horas extra está cometiendo un delito. Y sin embargo, uno ocupa el centro del debate político y el otro apenas figura en las estadísticas oficiales que la mayor parte de la opinión pública nunca llega a ver.

La negociación colectiva es el espacio donde estas tensiones deberían resolverse con algo parecido al equilibrio. Pero cuando uno de los interlocutores llega a la mesa condicionando el diálogo a sus propias prioridades, mientras silencia sus propias responsabilidades, el resultado no puede ser un acuerdo: es una rendición. Y los trabajadores que llevan meses sin marco de referencia para negociar sus convenios merecen algo mejor que eso.

Otoño decisivo para el diálogo social

La negociación del nuevo AENC llega, pues, a su momento más crítico con las posiciones más alejadas de lo que se recuerda en mucho tiempo. La patronal ha fijado sus condiciones con una claridad que no admite ambigüedad. Los sindicatos han respondido con sus propias líneas rojas, igualmente nítidas. Y el Gobierno observa desde una posición incómoda, consciente de que sin acuerdo marco los convenios seguirán negociándose en un vacío normativo que puede traducirse en mayor desigualdad entre sectores y territorios.

Lo que viene en los próximos meses determinará si España es capaz de renovar el contrato social que rige sus relaciones laborales, o si la polarización y el bloqueo se instalan también en el único espacio donde, históricamente, los intereses encontrados del capital y el trabajo han sabido encontrar un terreno común. La respuesta, a estas alturas del año, no invita al optimismo.

 

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