La apelación a la ejemplaridad institucional choca con una herencia política marcada por algunos de los mayores casos de corrupción de la democracia española
Alberto Núñez Feijóo ha decidido convertir el talento en
una de las grandes banderas de su proyecto político. La idea resulta atractiva.
Pocas cosas generan más consenso que defender la formación, el mérito, la
capacidad y la excelencia. Nadie discute que una sociedad progresa mejor cuando
aprovecha el potencial de quienes la integran y cuando ofrece oportunidades
reales para desarrollarlo.
La dificultad aparece cuando el discurso abandona el terreno de las
declaraciones y entra en el de la memoria.
Durante un foro dedicado precisamente al talento,
Feijóo identificó tres grandes enemigos. La inacción, el falso igualitarismo y
la corrupción. Sobre este último aspecto fue especialmente contundente. Llegó a
definirla como un enemigo letal capaz de dañar la credibilidad institucional,
la seguridad jurídica, la inversión y la confianza ciudadana.
Escucharlo producía una sensación curiosa. Era algo parecido a asistir a
una conferencia sobre vegetarianismo impartida por un carnicero entusiasta.
Porque si existe una formación política que ha contribuido a deteriorar la
confianza pública en las instituciones durante las últimas décadas, esa ha sido
precisamente el Partido Popular. Gürtel, Kitchen, Púnica, Lezo,
los papeles de Bárcenas, la financiación irregular acreditada judicialmente, la
caja B, las condenas a dirigentes de primer nivel y una larguísima lista de
procedimientos judiciales forman parte de una realidad documentada por los
tribunales, no por los adversarios políticos.
Feijóo parece convencido de que los españoles padecen una amnesia colectiva
particularmente intensa y, quizá por eso habla de corrupción como si se tratara
de una plaga exótica llegada recientemente a la política nacional y no de una
enfermedad que durante años encontró en el PP uno de sus principales focos de expansión.
La ironía alcanza una dimensión especialmente llamativa cuando promete recuperar el talento para la gestión pública y garantizar
que los cargos se otorgarán por capacidad y experiencia. La
afirmación tiene mérito.
Sobre todo, si se recuerda que buena parte de las estructuras clientelares
que acabaron investigadas judicialmente se construyeron precisamente bajo
gobiernos del Partido Popular. Aquellas redes no se caracterizaban precisamente
por seleccionar a los mejores. Más bien premiaban la cercanía política, la
lealtad interna y determinadas relaciones de confianza que poco tenían que ver
con la excelencia profesional.
Hay además un detalle en el discurso del líder popular. Feijóo asegura
querer una España sin enfrentamientos estériles, sin sumarios, sin UCO, sin
UDEF y sin fiscales. La frase pretendía probablemente transmitir una imagen de
normalidad institucional. Sin embargo, el resultado fue bastante distinto.
Llama la atención que un dirigente político incluya en la misma enumeración
los enfrentamientos políticos y los organismos encargados de perseguir delitos.
Como si la presencia de la UCO o de la UDEF fuera una anomalía y no una
garantía democrática.
En realidad, el talento necesita muchas cosas para florecer. Necesita
educación, estabilidad, oportunidades y movilidad social. Necesita
universidades fuertes, servicios públicos eficaces y políticas que permitan a
los jóvenes desarrollar proyectos de vida dignos. Pero también necesita algo
más sencillo, necesita coherencia.
Y ahí es donde el discurso de Feijóo encuentra sus mayores dificultades.
Porque combatir la corrupción exige credibilidad. Y la credibilidad no se
construye únicamente señalando los errores ajenos. También requiere asumir con
honestidad el propio pasado.
El Partido Popular sigue sin haber realizado una
reflexión verdaderamente profunda sobre la etapa más oscura de su historia
reciente. Ha cambiado líderes, ha renovado equipos y ha actualizado mensajes.
Lo que continúa pendiente es una explicación convincente de cómo una organización
política llegó a convertirse en protagonista recurrente de algunos de los
mayores escándalos de corrupción de la democracia española.
Quizá por eso cada vez que Feijóo se presenta como gran referente moral
contra la corrupción aparece inevitablemente una sonrisa escéptica. No
porque la corrupción no sea un problema gravísimo. Precisamente porque lo
es.
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