El tribunal libra de la cárcel al comisionista y le perdona la mayor parte de los 3,7 millones de multa
Pedro Sánchez insiste en que agotará la legislatura.
Ni siquiera la demoledora sentencia del Tribunal Supremo por
el caso mascarillas –con condena de 24 años de prisión para el exministro y
exsecretario de Organización del PSOE José Luis Ábalos–
parece variar el rumbo puesto hasta el 2027 por el presidente del Gobierno.
Mientras tanto, Feijóo insiste en que no
piensa presentar la moción de censura para dar oxígeno al sanchismo. “No voy a
cometer ese error”. La partida, aunque con el rey algo más acorralado, sigue en
tablas.
En Moncloa y Ferraz hay un
profundo malestar con el Supremo, no ya por el contenido de la sentencia
(definitiva a tenor de las pruebas que hablan de una trama organizada en el
Ministerio de Transportes) sino por lo “desproporcionado” de la condena. A
Ábalos le ha caído el castigo más duro, “la perpetua”, como dice su hijo Víctor. Un fallo mucho más contundente que el recaído
en su día sobre otros ilustres del triste y concurrido panteón de la corrupción
española como Rodrigo Rato, Eduardo Zaplana o Jaume
Matas. La sentencia, por número de años, es superior a cualquier
otra, como la impuesta a las autoras del crimen de Isabel Carrasco o la que condenó a la manada, y a
la altura de la que le cayó a Tejero (30 años
por un golpe de Estado). Ni siquiera Barrionuevo y Vera sufrieron
un correctivo tan severo por el caso Segundo Marey, algo
cuando menos chocante, ya que un contrabando de mascarillas con comisiones, por
muy deleznable y reprobable que pueda parecer, no debería ser, con el Código
Penal en la mano, más punible que un secuestro. Es lógica y moralmente
incomprensible.
El caso mascarillas es algo intolerable se mire por donde se mire. Ha
habido lechugas y chistorras, chicas y pisos, demasiadas juergas y mariscadas.
Pero el fallo del Supremo rezuma cierto tufo a resolución moralizante,
ejemplarizante, algo más propio de Estados autoritarios que de una democracia
avanzada. La Justicia debería ser justa, o sea lo que marque el Código Penal,
ni un día más, ni un día menos. Pero el Supremo ha decidido que Ábalos y su
asesor, Koldo García, se coman todos los años de prisión del
mundo mientras Aldama, el misterioso comisionista
y gran corruptor de la red que decidió declarar contra sus socios colaborando
con la Justicia, sigue disfrutando de una vida de libertad, fama y éxito por
los platós de televisión. El Supremo libra de la cárcel a Aldama y le condona
la mayor parte de la multa de 3,7 millones de euros que reclamaba la Fiscalía Anticorrupción por el daño ocasionado. En
ese punto, no solo resulta preocupante que los magistrados hayan optado por un
indulto encubierto (algo que debería ser competencia exclusiva del Gobierno)
sino también que le haya perdonado al corruptor el supuesto botín. Pero quizá
lo más peligroso de todo sea el mensaje que se envía a la sociedad y que tiene
que ver con aquello de “el que pueda hacer que haga” que dijo Aznar: delate usted al PSOE, aunque sea sin pruebas,
que sale gratis y hasta resulta rentable y provechoso. La jurisprudencia del
Supremo dando amparo al impostor. Lamentable.
Aldama llegó a decir, sin pruebas y en sede judicial, que Pedro Sánchez
estaba en el “escalafón 1” de la trama corrupta. Sus mentiras han gozado de
bula papal. Todo se lo ha consentido el tribunal. De modo que el comisionista
inaugura una nueva era en la historia de la Justicia española: el pelotazo
judicial. El mensaje, tal como advierte Rufián, es letal:
“corrompe políticos” a calzón quitado, delinque, fórrate, delata, difama y
miente, que al final hay un premio gordo, más bien un premio supremo. Antonio Balas, jefe de la UCO, dejó claro ante los
magistrados que el polémico comisionista no aportó nada potable a la causa. “No
ha aclarado ningún punto particular”, concluyó durante el juicio. Todo lo
sabían los agentes antes de que cantara el supuesto testigo protegido. Javier Ruiz, el siempre incisivo y didáctico
presentador de Mañaneros, da en la diana al
analizar el papel del niño mimado de la Fiscalía: “La corrupción le sale a
devolver a Aldama”. Y el periodista Manuel Rico añade
sobre el personaje: “Es el gran beneficiado de la trama de corrupción”. Que el
Supremo permita a este señor eludir la prisión y hasta le perdone la multa
supone una gran derrota para el Estado de derecho.
Lo de Ábalos no tiene defensa posible,
pero ponerlo a la sombra hasta mediados de siglo, y más allá, se antoja
excesivo se mire por donde se mire. Y no solo por el ensañamiento político
contra un hombre odiado por defender la moción de censura contra Mariano Rajoy y apostar por la amnistía a los
presos independentistas del procés (algo
que no ha perdonado el Supremo), sino porque merma el derecho a la reinserción
social de todo condenado.
Marino Turiel, abogado del exministro, asume
lacónicamente que “Aldama se ha ido de rositas”. Nada que ver con José Luis Peñas, el hombre que destapó la trama Gurtel interponiendo una denuncia en firme contra
los corruptos –no mercadeando vilmente cuando ya estaba en la cárcel, como ha
hecho Aldama–. Peñas se jugó la vida y la de su familia para airear los trapos
sucios del PP. Y lo hizo solo, sin apoyo de nadie. Al final, ser honrado le
costó seis años de cárcel, un millón de responsabilidad civil y una multa.
“Este señor [Aldama] se va con el dinero, con alfombra roja y como un campeón.
Muy sorprendente todo”, asegura tras conocer la sentencia contra Ábalos. Si
hasta hoy había víctimas de primera y de segunda categoría (a las de la Dana
de Valencia las han calificado de segunda para
salvarle el cuello a Mazón) a partir de
ahora también habrá clases entre los testigos protegidos (los del PP
siempre prime y sala VIP). Muy atinada la fina ironía del
valiente y bravo Peñas cuando anticipa el futuro y ve a Aldama como un buen
vicepresidente de Feijóo. Touché.
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