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jueves, 18 de junio de 2026

18/06/2026 SÁNCHEZ NO ERRADICA EL TIPO MÁS CRUEL DEL LAWFARE

Mientras la política se consume en acusaciones cruzadas sobre la instrumentalización judicial, existe un lawfare sistemático que beneficia a grandes empresas y perjudica a millones de familias, y del que ningún gobierno quiere oír hablar

José Antonio Gómez

El término lawfare lleva meses instalado en el centro del debate político español con una intensidad que no tiene precedentes. Desde que Pedro Sánchez alcanzó los acuerdos con los partidos independentistas catalanes que permitieron su investidura, la palabra (que podría traducirse como guerra jurídica, instrumentalización de la justicia o acoso judicial) ha colonizado los titulares, los platós de televisión y los discursos parlamentarios con una ubicuidad que resulta, cuanto menos, llamativa. Llamativa porque, en el fragor de ese debate, nadie parece dispuesto a señalar el lawfare que verdaderamente destroza la vida de las personas: el que ampara sistemáticamente a los bancos, las energéticas y las aseguradoras frente a los ciudadanos que se atreven a demandarles.

El lawfare, en su definición más precisa, es la utilización abusiva o ilegal de las instancias judiciales, nacionales e internacionales, manteniendo una apariencia de legalidad, para inhabilitar o provocar el repudio popular contra un adversario. En su versión política, el debate está servido: el PSOE, Sumar y el propio Sánchez, que durante años negaron su existencia, han pasado a afirmar de forma insistente que ha existido y que existe. Podemos ha llegado a presentar una demanda formal por este asunto. El propio Sánchez, en una entrevista en RTVE, puso como ejemplo el uso de la Policía por parte del PP en el caso Kitchen para perseguir a adversarios políticos y ocultar pruebas. El ministro de Transportes, Óscar Puente, fue más gráfico aún al compararlo con las meigas: "Uno puede no creer en ellas, pero haberlas haylas." Es más, el PSOE ha creado toda una teoría de la conspiración como herramienta de justificación de los procesos judiciales abiertos contra el entorno familiar de Sánchez, contra el PSOE o contra el Gobierno. El ministro Óscar López ha llegado a afirmar, amparándose en su derecho a la libertad de opinión, que los "jueces prevarican" y no se ha bajado de ese caballo a pesar de que no tiene prueba de ello. 

Todo eso está bien documentado, es políticamente relevante y merece el escrutinio que recibe. El problema es lo que queda fuera del foco.

La justicia a dos velocidades: lo que revelan las sentencias

Existe en España una realidad judicial que ningún presidente del Gobierno, desde Adolfo Suárez hasta Pedro Sánchez, ha tenido el menor interés en corregir. Una realidad que no afecta a líderes políticos ni a expresidentes, sino a trabajadores, consumidores, familias endeudadas y pensionistas que, en un momento dado, deciden enfrentarse a un banco, a una eléctrica o a una aseguradora ante los tribunales. Lo que les espera es, con demasiada frecuencia, una justicia que no funciona igual para todos.

La base de datos del Consejo General del Poder Judicial, conocida como CENDOJ, es pública y accesible. Cualquier persona con la paciencia suficiente puede consultarla y comprobar algo que los abogados especializados en cláusulas abusivas conocen perfectamente: existen juzgados en España donde el cien por cien de los casos relacionados con determinadas entidades bancarias son archivados de manera sistemática. No la mayoría. No un porcentaje elevado. El cien por cien. Incluyendo causas en las que, por ejemplo, a un matrimonio de jornaleros sin formación académica se les colocaron productos financieros de alto riesgo y la jueza instructora determinó que esas personas, sin ningún tipo de cultura financiera ni conocimiento del mercado, encajaban en el perfil de "inversor medio". Una conclusión que desafía cualquier lógica, pero que sirvió para cerrar el caso.

Los letrados que trabajan en este ámbito describen una situación que va mucho más allá de la casualidad o de las diferencias de criterio jurídico. Hablan de una asimetría estructural en la que el ciudadano que litiga contra un banco, una energética o una aseguradora parte de una desventaja que no es solo económica, aunque también lo es, porque los recursos legales de estas empresas son incomparablemente superiores, sino judicial. Las instrucciones de causas contra grandes corporaciones se alargan más de lo razonable. Las pruebas presentadas por la parte demandante son obviadas o no tenidas en cuenta. Los informes periciales son ignorados. Los jueces se niegan a solicitar diligencias que podrían afectar a lo que, en el argot judicial, se denomina "intereses superiores".

Europa tuvo que corregir a España

El episodio de las cláusulas suelo es quizás el ejemplo más conocido y más documentado de este fenómeno. Durante años, los tribunales españoles resistieron, matizaron y reinterpretaron la jurisprudencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea para proteger los intereses de la banca. La resolución llegaba desde Luxemburgo y los jueces españoles buscaban la manera de aplicarla de la forma menos gravosa posible para las entidades financieras, generando una cadena de recursos, cuestiones prejudiciales y nuevas interpretaciones que convertía cada litigio en un proceso interminable.

El abogado José María Erausquin lo describió a Diario Sabemos con una precisión que merece ser recordada. En el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, en los momentos previos a una vista, comentó su deseo de que el asunto se resolviera de una vez. La respuesta que recibió de alguien vinculado al propio tribunal fue reveladora: "Amigo, las cosas de España no se acaban nunca. Los jueces españoles no acostumbran a aplicar directamente las resoluciones del TJUE, esperan a que el Tribunal Supremo les diga cómo hacerlo, y como siempre hay algún juez díscolo que eleva nueva cuestión con dudas, el tema va y viene hasta el aburrimiento." Eso sucedió en febrero de 2019. Y la situación, según los especialistas, no ha cambiado sustancialmente.

El caso del IRPH, el Índice de Referencia de Préstamos Hipotecarios, es la confirmación más reciente y más flagrante de ese patrón. Tanto el Tribunal Supremo como diversas Audiencias Provinciales se han declarado en rebeldía en varias ocasiones, generando una doctrina absolutamente contraria a lo que indicaban las decisiones europeas. Miles de hipotecados afectados por un índice que el propio TJUE consideró susceptible de ser evaluado por su transparencia y sus efectos sobre el consumidor han visto cómo los tribunales españoles encontraban siempre la fórmula para no darles la razón que Europa indicaba que podían tener.

La Abogacía del Estado: cuando lo público defiende lo privado

Hay un elemento en esta historia que resulta especialmente perturbador desde el punto de vista democrático. Cuando los litigios de los ciudadanos contra las grandes empresas españolas llegan a instancias europeas, los Gobiernos de España —todos ellos, sin excepción, desde la Transición hasta hoy— han utilizado recursos públicos para defender los intereses de esas corporaciones.

La Abogacía del Estado, financiada con dinero de todos los españoles, ha actuado como complemento de los carísimos despachos de abogados que contratan los bancos, las energéticas y las aseguradoras para litigar en Luxemburgo. La lógica oficial es que el Estado defiende el "interés general" o la estabilidad de sectores estratégicos. La lógica real es que, cuando una familia hipotecada llega al TJUE reclamando que se le aplique la jurisprudencia europea sobre cláusulas abusivas, se encuentra al otro lado no solo con los letrados del banco, sino con los representantes del propio Estado español argumentando en contra de sus derechos. La Abogacía del Estado ha llegado, incluso, a defender la licitud de vulnerar derechos fundamentales en nombre de ese nebuloso "interés general".

Eso no lo ha hecho un solo Gobierno. Lo han hecho todos. Adolfo Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez. La continuidad es tan perfecta que resulta difícil no concluir que se trata de una política de Estado, de un acuerdo implícito entre el poder político y el poder económico que trasciende los colores partidarios y sobrevive a cualquier alternancia en el Gobierno.

Ningún Gobierno quiere cambiar esto

La pregunta que emerge de forma inevitable es por qué. Por qué ningún Ejecutivo, sea del signo que sea, ha abordado con seriedad esta dimensión del problema judicial. La respuesta tiene varias capas, y ninguna de ellas resulta tranquilizadora.

La primera es la más obvia: los grandes grupos empresariales tienen una capacidad de influencia sobre el poder político que no tiene equivalente en ningún otro sector de la sociedad. Sus recursos económicos, su peso en el empleo, su presencia en los medios de comunicación y su acceso directo a los círculos de decisión les otorgan una posición de privilegio que se traduce, entre otras cosas, en una protección judicial que los ciudadanos corrientes no tienen.

La segunda capa es más estructural. El sistema judicial español adolece de una opacidad y una falta de rendición de cuentas que lo hace especialmente permeable a esas influencias. Cuando existe la amenaza de que los jueces podrían ser auditados o sometidos a inspección externa, la reacción corporativa del poder judicial es de rechazo absoluto. Esa reacción, que en un sistema sano debería resultar incomprensible, en el contexto español revela algo mucho más preocupante: hay quien no quiere que se mire demasiado de cerca cómo se imparte justicia en determinados casos.

La tercera capa es política. El lawfare corporativo no genera manifestaciones, no produce titulares impactantes, no moviliza a la opinión pública de la misma manera que el lawfare político. Una familia que pierde un litigio contra su banco por una cláusula abusiva no ocupa portadas. Un expresidente investigado o la esposa de un presidente procesada, sí. Y en ese desequilibrio de visibilidad reside, en parte, la impunidad con la que opera este sistema.

Estado de Derecho incompleto

España celebra elecciones con regularidad, tiene prensa libre, respeta las libertades civiles básicas y forma parte de las instituciones europeas. Todos esos elementos son constitutivos de una democracia. Pero un Estado de Derecho completo requiere algo más: requiere que la justicia sea igual para todos, que el ciudadano que litiga contra una corporación poderosa tenga las mismas posibilidades reales de obtener tutela judicial efectiva que cualquier otro. Y eso, en España, no está garantizado.

El debate sobre el lawfare político es legítimo y conspiranoico a la vez. Que los partidos en el poder utilicen los mecanismos judiciales para perseguir a sus adversarios, o que los jueces actúen con sesgo ideológico en causas con implicaciones políticas, son problemas reales que merecen atención y solución. Pero ese debate no puede convertirse en el único debate. No puede servir para tapar, con su estruendo mediático, la existencia de un sistema paralelo en el que los más poderosos siempre ganan y los más vulnerables casi nunca.

Mientras los políticos de todos los colores se acusan mutuamente de instrumentalizar la justicia, hay miles de familias españolas que han perdido sus ahorros en productos financieros que nunca entendieron, que siguen pagando hipotecas con cláusulas que Europa declaró abusivas hace años, que intentan recuperar lo que es suyo ante unos tribunales que miran hacia otro lado. Para ellos, el lawfare no es un concepto que aparece en los pactos de investidura. Es su realidad cotidiana. Y Pedro Sánchez no parece tener el menor interés en cambiarla.

 

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