El paralelismo entre Trump y Ayuso no reside en el estilo personal, sino en la estructura profunda del relato político: una narrativa que redefine la democracia como un combate, transforma al adversario en enemigo y presenta la alternancia como amenaza
Las palabras, en política, no solo describen la realidad: la crean. La historia reciente ha demostrado que
determinados marcos discursivos, una vez normalizados, tienen una sorprendente
capacidad de viajar entre países, idiomas y sistemas institucionales. El
trumpismo no es solo un fenómeno estadounidense, sino una mutación retórica global. Y su lógica ¡ha encontrado
ecos claros en otras democracias occidentales. El discurso pronunciado el
domingo por Isabel Díaz Ayuso encaja con
precisión inquietante en esa genealogía.
No se trata de una comparación superficial ni de una acusación ideológica.
El paralelismo entre Donald Trump y Ayuso no reside en el estilo personal, sino en
la estructura profunda del relato político: una narrativa
que redefine la democracia como un combate existencial, transforma al
adversario en enemigo moral y presenta la alternancia como una amenaza
ilegítima. Es una forma de hacer política que no busca convencer, sino deslegitimar.
Fabricar el punto cero
Donald Trump llegó al poder en 2016 proclamando que Estados Unidos era un
país en decadencia, secuestrado por élites corruptas, traicionado desde dentro
y al borde del colapso moral. Isabel Díaz Ayuso emplea una lógica idéntica
cuando afirma que España atraviesa “sus peores momentos en
democracia”. En ambos casos, el mensaje es el mismo: todo lo anterior ha fracasado, y el presente es una
anomalía histórica que justifica medidas excepcionales.
Este marco no admite gradaciones. Aunque el discurso de Ayuso invoca los
“matices”, su conclusión es binaria: o se actúa como ella propone, o España cae
en la “podredumbre”, el “abandono” y el “desastre”. Trump hablaba de un país
“destruido”, Ayuso de una España al borde de la descomposición moral e
institucional. El resultado es idéntico: crear la sensación de un punto
cero, un momento fundacional que solo puede resolverse mediante una
ruptura política radical.
En este tipo de relato, la crítica deja de ser oposición democrática y se
convierte en rescate nacional.
Uno de los rasgos centrales del trumpismo fue su monopolización simbólica
de la nación. “Make America Great Again” no es una propuesta económica, sino
una afirmación moral: solo un sector del país representaba a la “verdadera”
América. El resto, eran intrusos o traidores.
Ayuso construye una apropiación similar cuando describe a España como una
nación milenaria, virtuosa, humanista y ejemplar, amenazada por fuerzas que no
solo gobiernan mal, sino que odian a España. El
recurso de utilizar a El Escorial, a la historia imperial, a la “hispanidad” y
a una identidad esencializada cumple la misma función que el uso de banderas,
iglesias y veteranos por parte de Trump: sacralizar el proyecto político
propio.
En este marco, discrepar no es legítimo. Es sospechoso. La oposición deja
de ser alternativa para convertirse en anti-España, del
mismo modo que para Trump era “anti-americana”.
Enemigo interno
Trump convirtió a las minorías políticas y sociales en chivos expiatorios
permanentes. Inmigrantes, musulmanes, progresistas urbanos o jueces federales
eran presentados como grupos pequeños pero todopoderosos, capaces de doblegar
la voluntad de la mayoría.
Ayuso adopta esta misma lógica cuando afirma que “un escaño de Bildu y ETA manda más que el principal partido del
Congreso”, o cuando sostiene que España está secuestrada por
“minorías dictatoriales”. El tamaño real de esas fuerzas es
irrelevante, lo esencial es la idea de conspiración
estructural: pocos deciden por muchos porque el sistema ha sido
corrompido.
Este tipo de discurso tiene una función clara: invalidar el resultado de las urnas sin negarlas
formalmente. Trump no decía que había perdido; decía que le habían robado.
Ayuso no niega la legalidad del Gobierno, pero lo presenta como ilegítimo,
fruto de pactos “abyectos” y trampas morales. La democracia deja así de ser un
procedimiento y se convierte en una cuestión de pureza.
Uno de los elementos más reveladores del paralelismo es la concepción de la
alternancia política. Trump nunca aceptó plenamente que perder fuera una opción
legítima. Ayuso, por su parte, describe un sistema en el que todo pacto que
excluya al Partido Popular es presentado como una agresión antidemocrática.
La idea de que existe una conspiración permanente “para que el PP no
gobierne jamás” replica el núcleo del discurso trumpista: si no gano yo, el sistema está amañado. La paradoja es
evidente: se acusa al adversario de autoritarismo mientras se niega la
legitimidad de cualquier mayoría que no sea la propia.
Este marco erosiona uno de los pilares de la democracia liberal: la
aceptación de la derrota como parte del juego.
La ley es solo un arma
Trump se presentó siempre como defensor del “law and order”, incluso
mientras atacaba a jueces, fiscales y procesos judiciales que le eran adversos.
Ayuso emplea una estrategia similar al erigirse en defensora absoluta del Estado de derecho, al tiempo que lo redefine como un
instrumento al servicio de una causa política concreta: la suya.
En su discurso, el Estado de derecho deja de ser un conjunto de garantías
impersonales y pasa a ser aquello que impide que gobiernen sus adversarios. Si
gobiernan otros, entonces el Estado de derecho ha desaparecido. Esta lógica
circular es idéntica a la de Trump tras el asalto al Capitolio: la legalidad
solo es válida si confirma el resultado deseado. La consecuencia es
devastadora: la ley deja de ser un límite y se convierte en
un botín discursivo.
Feminismo, enemigo útil
Trump utilizó el feminismo como símbolo de una supuesta decadencia moral y
de una conspiración cultural contra el “sentido común”. Ayuso adopta una
versión adaptada de esa narrativa al presentar al feminismo como un instrumento
hipócrita de poder, ajeno a las mujeres reales.
Al hacerlo, no propone una agenda alternativa de igualdad, sino una deslegitimación global de cualquier reivindicación
que no pase por su filtro ideológico. La violencia, el acoso o la
discriminación dejan de ser problemas estructurales y se convierten en armas
políticas del adversario.
Esta estrategia no busca proteger a las mujeres, sino neutralizar el debate, exactamente como hizo Trump al
convertir cualquier acusación en un ataque político.
Inmigración y el reemplazo
Pocos ámbitos muestran mejor el paralelismo que la inmigración. Trump
construyó su ascenso sobre la idea de una invasión que destruiría la nación
desde dentro. Ayuso adopta un marco casi idéntico cuando habla de inmigración
masiva, inseguridad, colapso de servicios y manipulación de censos electorales.
No hay datos, ni matices, ni análisis estructural. Hay intencionalidad maligna. El Gobierno no gestiona mal la
inmigración, la usa deliberadamente para generar caos. Es la misma lógica
conspirativa que Trump aplicó a las caravanas migrantes o al voto latino.
El resultado es un discurso que simplifica un fenómeno complejo hasta
convertirlo en una amenaza identitaria.
La política es una guerra moral
El cierre del paralelismo es quizá el más preocupante. Tanto Trump como
Ayuso concluyen que la política ya no es un espacio de negociación, sino
una batalla moral definitiva. “Socialismo o libertad”,
“ellos o nosotros”, “verdad o destrucción”. No hay adversarios legítimos, solo
enemigos existenciales.
Este tipo de discurso no busca gobernar sociedades plurales, sino movilizar identidades cerradas. Es eficaz
electoralmente, pero corrosivo institucionalmente. Destruye los puentes,
erosiona la confianza y convierte cada convocatoria electoral en un plebiscito
apocalíptico.
Europa, un riesgo
El trumpismo está dejando cicatrices profundas en Estados Unidos. España,
como democracia parlamentaria europea, es más vulnerable a este tipo de
polarización extrema. Cuando el discurso político adopta la lógica del asalto permanente, el daño no se mide solo en votos,
sino en instituciones debilitadas y consensos rotos.
El paralelismo entre Trump y Ayuso no implica identidad, pero sí parentesco ideológico. Ambos entienden la política no
como gestión del desacuerdo, sino como una cruzada por la verdad única. Y la
historia demuestra que cuando la política se presenta como una guerra
moral, la democracia siempre es la primera víctima. Así pasó
en la década de 1930 y las consecuencias todo el mundo sabe cuáles fueron.
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