Con un discurso de odio extremadamente activo, Hitler, Mussolini y Franco
legitimaron la violencia hacia grupos estigmatizados en sus respectivas
sociedades desde hacía siglos. La aversión hacia el comunismo, el feminismo y
los judíos, o el desprecio por la democracia eran rasgos de la sociedad muy
anteriores al advenimiento de estos líderes. El nivel de brutalidad contra
estos colectivos fue consecuencia directa de la propagación de bulos y de la
construcción de una imagen estereotipada. Mucho tiempo después, cuando Michael
Dukakis perdió las elecciones contra Bush padre, en 1988, afirmó que, aunque
resultase un ejercicio penoso, era necesario responder a los bulos lanzados por
los adversarios, y se arrepentía de no haberlo hecho durante la campaña. Las
derechas no pueden tener el monopolio del discurso histórico. La socióloga
chilena Marta Lagos se quejaba amargamente hace unos años de que un tercio de
los chilenos justificaban el Golpe de Estado de 1973. A su juicio, esto se
debía a que su generación promovió la idea de que Pinochet, pese a todo (y ese
“todo” son unos 6.000 muertos), hizo algunas cosas buenas. El presidente Boric
se expresó en estos términos en 2023: “Pinochet fue un dictador, esencialmente
antidemócrata, cuyo gobierno mató, torturó, exilió e hizo desaparecer a quienes
pensaban distinto. Fue también corrupto y ladrón. Cobarde hasta el final, hizo
todo lo que estuvo a su alcance por evadir la justicia. Estadista jamás”.
Lagos consideraba lamentable que Boric fuera el primer presidente en hablar
con esa contundencia y mencionaba la “derrota cultural” al afirmar que ninguno
de los seis jefes de gobierno anteriores había retratado al dictador como el
asesino que era, lo que supuso una forma de blanquear el pinochetismo. Esta
benevolencia con los dictadores explica en parte el crecimiento de los
autoritarismos que ahora vemos en tantos lugares. En España pasa algo parecido.
Ningún gobierno ha hecho gran cosa por sacar de las cunetas a las víctimas del
franquismo. Me parece dramático que estemos divididos por conflictos que
tuvieron lugar hace 80 años, principalmente porque nuestros abuelos decidieron
abrir un nuevo tiempo durante la Transición. Pero lo que tal vez nos cuesta
decir es que ese período se cimentó sobre el silencio de las víctimas, que no pudieron
elegir. En cualquier caso, a nadie se le puede decir que no es legítimo
recuperar los restos de sus familiares. Esto constituye una obligación moral
para la izquierda y la derecha, aunque para el PP no será jamás una prioridad
porque es un partido esencialmente cainita cuando se habla de la Guerra Civil.
Negarse a hacer pedagogía es lo que hace pervivir la imagen de los dictadores
buenos. Ocurre algo parecido en la Rusia actual con la imagen de Stalin, al que
las nuevas generaciones consideran más un padre de la patria que lo que
realmente fue: un sanguinario genocida de indescriptible maldad. Si no se
enseña historia en las escuelas, se podrá mentir acerca de cualquier hecho
histórico, y ese es el sueño de los Trump, Bolsonaro, Milei o Putin.
No me gusta mencionar la Guerra Civil española porque ya tenemos demasiados
elementos de división, pero si lo hacemos, estamos obligados a ser rigurosos.
Se puede hablar de todo y con todos, pero no dentro de los marcos culturales
impuestos por las derechas. La derecha y la ultraderecha han sido incapaces
durante cincuenta años de llegar a la conclusión a la que llega cualquier
demócrata con dos dedos de frente: que en una guerra los dos bandos cometen
atrocidades que nadie tiene la capacidad de frenar porque están dirigidas por
grupos incontrolables, pero esta circunstancia en ningún caso puede compararse
con la utilización de todo el aparato del Estado para reprimir, torturar y
asesinar a los disidentes políticos, que es lo que sucedió tras la Guerra
Civil.
Lo que dicen algunos líderes del PP cuando hablan sobre la posguerra está
amparado por la libertad de expresión, pero no significa que sea verdad. Más
bien al contrario: tratan de dulcificar la imagen de Franco precisamente con el
fin de estigmatizar a la izquierda, dando a entender que el franquismo fue una
suerte de reacción de defensa contra los excesos de la Segunda República, y no
un movimiento particularmente brutal con el fin de restituir el poder de clase
de las élites mediante la fuerza de las armas. Es una falacia extremadamente
ofensiva decir que “todos perdimos la guerra”. La guerra y sobre todo la
posguerra no afectaron por igual a todos los españoles. Existe una diferencia
abismal entre sufrir las penurias de una conflagración bélica y perder la
vida o la identidad en las cunetas o el exilio después de 1939. No se puede
reordenar un relato para transformar un golpe de Estado en una tragedia
colectiva sin culpables, con el fin de convertir a los vencedores incluso en
víctimas retrospectivas, para después olvidar a los fusilados, torturados,
encarcelados, exiliados, depurados, las mujeres rapadas y humilladas y los
niños robados. Esto no es un debate sobre la libertad de expresión, sino la
vieja pugna entre la verdad histórica y los franquistas empeñados en disfrazar
la barbarie de lucha por la libertad y el orden. En el siglo XXI, la mentira
como herramienta política de la ultraderecha se ha convertido en un problema
estructural.
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