Los ultras crecen en Aragón por el agotamiento del bipartidismo: los dislates del PP y el desgaste que desde hace tiempo viene sufriendo el sanchismo
Tal como predecían las encuestas, Vox le ha hecho
sangre al bipartidismo en las elecciones de Aragón. Sus 14
escaños (siete más que en los anteriores comicios) son un serio toque de
atención a PP y PSOE. Los populares de Azcón pierden
dos diputados (amarga victoria); los socialistas cinco (una decepción que ha
rozado el descalabro). Unos y otros constatan una alarmante fuga de votos hacia
la ultraderecha. Los primeros porque han jugado a copiarle el programa
electoral a los de Abascal; los
segundos porque era evidente que la aventura de presentar a una ministra
como Pilar Alegría, la cara visible de un sanchismo que
desde hace tiempo acusa el desgaste de la gobernación, no podía tener un buen
final (un factor decisivo que se une a la intolerable división de la cainita
izquierda española). Y en ese colapso del bipartidismo, los ultras han
recolectado un buen cosechón de votos.
No sabemos si Aragón es el Ohio español, como se empeñan en decir los
analistas sesudos. Es decir, no sabemos si quien gana en Aragón ganará
finalmente las generales (de hecho, Trump sabe lo
que es perder en Ohio y conquistar la Casa Blanca). Lo que
está claro es que, ya desde hace años, Aragón es la España vacía en su máxima
expresión (no en vano, allí nació el movimiento Teruel también
existe). Municipios donde no llega Internet ni el ferrocarril; comarcas
agrícolas y ganaderas antes fértiles y prósperas hoy deprimidas y olvidadas;
pueblos enteros abandonados, enterrados bajo el polvo, la piedra milenaria y los
arbustos. Lugares donde ya no quedan maestros ni carteros. Ese mundo aislado,
autárquico, quizá anclado en el pasado, ya no cree en los políticos de Madrid ni en los burócratas europeos. ¿Votan a Vox
porque se han hecho nazis de la noche a la mañana? Habrá algunos que sí, que se
abrazan al fascismo posmoderno por convicción y por devoción, pero la mayoría
deposita su voto en la urna por pura rabia, por rechazo al sistema, por una
indignación que ni PP ni PSOE están sabiendo interpretar.
Cada cita electoral autonómica es una enmienda a la totalidad de esa parte
de la población que ya no cree en nada, que ha decidido tragarse el cuento de
las élites globalistas, despotricar de Bruselas y sus
corporaciones multinacionales, suspirar por un retorno a un pasado adánico y
edénico que nunca existió y cerrar los ojos a la realidad del cambio climático
que cuartea la tierra, inunda los pastos y quema los montes. El aragonés
hastiado de todo no es tonto y sabe que las promesas de los nuevos señoritos
del agro no son más que bulos, castillos en el aire, engaños propios de
charlatanes y embaucadores. Pero el aragonés, al igual que antes el extremeño y
probablemente en poco tiempo el castellano leonés y el andaluz rebotado con la
democracia, vota a Vox y le va a seguir votando, ya sin vuelta atrás, porque
siente que el bipartidismo le ha dejado en la estacada, tirado, arruinado. Con
el arado oxidado, las patatas podridas y el mulo famélico.
Ayer, el trumpito maño, Alejandro Nolasco,
celebraba que haya “ganado el sentido común” y celebraba los buenos resultados
de la formación de Abascal. Pero ni el más cafetero del partido neofranquista
se cree que haya ganado el sentido común. Ha ganado el odio, que es el material
con el que se forjan los sueños fascistas. Nolasco, un candidato tan poco
brillante y mediocre como los demás que Vox presenta en todas partes, recoge lo
que han sembrado otros. Recoge la torpeza de Feijóo, que tuvo la
fatal ocurrencia de fichar al activista ultra Vito Quiles para
cerrar la campaña y arañar el voto joven; recoge los errores de un
presidente Sánchez que se aferra a una
socialdemocracia mal entendida y edulcorada mientras el tumor de la
pasokización crece y gangrena al PSOE; recoge el fracaso de SALF, el otro partido ultra de Alvise Pérez, que no ha conseguido superar el listón
del tres por ciento y se queda fuera de la Asamblea regional.
Vox pesca de todas partes, de la derecha inútil e indolente y del
socialismo gripado; del aragonesismo trasnochado y de una izquierda rota en
facciones (sonrojante el descalabro de Podemos). Abascal
sabe que el suyo es un partido personalista, sin cuadros y sin programa. Un
partido de cuñados y señoritos. Más allá de los cuentos de viejas, del
conspiracionismo, negacionismo y de la demagogia barata, no puede ofrecer nada
a los españoles. Al menos nada bueno. Muy loco tiene que volverse este país
para hacer presidente a un señor que niega el cambio climático mientras el agua
sale a chorros por los enchufes de las casas andaluzas en una catástrofe sin
precedentes. Mucho tiene que enfermar esta sociedad para llevar a la Moncloa a un tipo que pretende liquidar las
autonomías, expulsar a siete millones de personas del país, acabar con la ley
de violencia de género, generalizar la venta de armas, recortar servicios
públicos en plan motosierra de Milei, privatizar
las pensiones, ilegalizar el PNV, sustituir los
cuidados paliativos por el crucifijo para los enfermos terminales y regar con
dinero público las plazas de toros. Está todavía muy lejos del sorpasso al
bipartidismo, pero su crecimiento en votos resulta alarmante por lo que tiene
de degradación de la democracia.
Un sobreexcitado Azcón celebra que el PP siga siendo el partido con más
poder en Aragón y de paso arremete contra Pilar Alegría (ni en la victoria
demuestra elegancia). Pero a esta hora la gran pregunta es quién tiene el
remedio, la fórmula mágica para frenar a Vox. Desde luego la derecha
tradicional supuestamente democrática no. Ya ha sido zombificada por el
delirio ultra. Queda un último rayo de esperanza en una izquierda que supere
sus divisiones históricas y se una por fin contra el fascismo. Los buenos
resultados de la Chunta (como en su día los que
obtuvo el BNG o Por Andalucía), llevan a pensar que no todo está
perdido. Queda esa izquierda plurinacional, valiente y beligerante. Hay brotes
rojos en medio del desierto. Pero sin unidad estamos perdidos. Rufián, ponte las pilas.
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