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martes, 10 de febrero de 2026

10/02/2026 - VOX SE FROTA LAS MANOS CON LA INDIGENCIA DEL ANÁLISIS POLÍTICO DE LOS DEMÓCRATAS

Comentario: Mire Vd., José Antonio, el problema es que tanto el Partido Popular como Vox son dos perros de la misma camada, piensan igual y por eso van juntos contra toda la izquierda que se les ponga por delante. Y eso tiene mala solución democrática.

A esta extrema derecha no se la puede vencer manteniendo el eje izquierda-derecha porque su poder digital y la situación socioeconómica crítica de las clases medias y trabajadoras. Si se mantiene la guerra entre demócratas, Vox seguirá creciendo

José Antonio Gómez

Tras la crisis de 2008, la política española se ha explicado a sí misma a través de un marco cada vez más estrecho: el enfrentamiento ideológico. La irrupción y consolidación de la extrema derecha, primero con Vox y más recientemente con SALF, se interpretó como una reacción cultural, un fenómeno identitario o una importación tardía de las guerras culturales anglosajonas. Esa lectura ya no solo es insuficiente: es peligrosa.

El crecimiento de estas fuerzas ha dejado de ser ideológico. Hoy responde, sobre todo, a causas económicas y sociales profundas, acumuladas durante años y gestionadas de forma errática por los partidos democráticos tradicionales. Vox y SALF no crecen porque hayan convencido a la mayoría de los españoles de un proyecto ideológico coherente, sino porque una parte creciente de la sociedad ha dejado de creer que el sistema actual pueda ofrecerle seguridad material y un futuro.

España ha entrado en una fase en la que la política ya no gira sobre ideas, sino en torno a miedos. Y cuando la política se organiza alrededor del miedo, el populismo encuentra su terreno natural.

Uno de los errores más persistentes del análisis político español ha sido confundir el síntoma con la enfermedad. Vox y SALF no son el origen del malestar social, son su consecuencia más visible. Combatirlos únicamente desde el plano moral o ideológico equivale a tratar la fiebre sin atender a la infección.

El votante que hoy apoya a estas formaciones no es, en su mayoría, un militante ideológico radicalizado. Es, con frecuencia, un ciudadano frustrado, que ha experimentado una pérdida sostenida de bienestar, de expectativas y de confianza en las instituciones. La ideología funciona aquí como vehículo emocional, no como causa profunda.

La extrema derecha prospera cuando la democracia deja de cumplir su promesa básica: ofrecer progreso, estabilidad y movilidad social.

Caída real de la prosperidad

España vive una paradoja inquietante: crece económicamente, pero se empobrece socialmente. Durante años, los indicadores macroeconómicos han servido para construir un relato de éxito relativo. Sin embargo, para amplios sectores de la población, ese crecimiento no se traduce en mejora material.

La caída de los niveles reales de prosperidad no siempre se refleja en crisis abruptas, sino en un deterioro lento: más gastos fijos, menos capacidad de ahorro, mayor dependencia familiar y una sensación persistente de vulnerabilidad. Este desgaste afecta especialmente a las clases medias, históricamente el pilar de la estabilidad democrática.

Cuando la prosperidad deja de ser compartida, el contrato social se rompe y cuando eso sucede, el voto deja de ser racional para volverse reactivo.

Crecimiento estructural de la pobreza

Uno de los datos más alarmantes del contexto español es el crecimiento de la pobreza incluso entre personas ocupadas. La pobreza laboral ha dejado de ser una anomalía para convertirse en un fenómeno estructural. Tener empleo ya no garantiza una vida digna y cada vez es más habitual ver a personas empleadas en las colas de los bancos de alimentos o de los comedores sociales.

Este hecho tiene consecuencias políticas profundas. La democracia moderna se construyó sobre la idea de que el esfuerzo tendría recompensa. Cuando esa promesa se incumple de forma sistemática, surge una sensación de estafa colectiva que alimenta el resentimiento político.

Vox y SALF no necesitan ofrecer soluciones viables a este problema. En esencia, no lo hacen. Les basta con señalar que el sistema ha fallado y que los responsables son las élites políticas tradicionales.

Vivienda, núcleo del malestar

Pocas cuestiones condensan mejor la situación española que la crisis de la vivienda. No se trata solo de precios elevados, sino de una quiebra del proyecto vital. Para millones de personas, especialmente jóvenes, la vivienda ha dejado de ser un derecho aspiracional para convertirse en una barrera infranqueable. Casualmente, entre los menores de 35 años es donde más crece el apoyo a Vox y a SALF. 

El acceso a la vivienda condiciona todo: natalidad, movilidad laboral, estabilidad emocional, consumo y participación cívica. Cuando ese acceso se bloquea, la frustración se politiza.

Los partidos democráticos han demostrado una incapacidad estructural para afrontar este problema. Medidas parciales, cambios regulatorios contradictorios y ausencia de una estrategia sostenida han dejado un vacío que la extrema derecha llena con culpables fáciles y soluciones drásticas, aunque sean inviables.

Creación de empleo basada en la precariedad

España ha logrado crear empleo, pero lo ha hecho sobre una base frágil, tal y como demuestran los datos oficiales del INE y el SEPE.p. El modelo productivo sigue apoyándose en sectores de bajo valor añadido, alta temporalidad y salarios reducidos. El resultado es un mercado laboral que no integra ni protege, sino que desgasta.

Esta precariedad no solo afecta a los ingresos, sino a la psicología social. La incertidumbre permanente impide planificar, genera ansiedad y erosiona la confianza en el futuro. En este contexto, la democracia pierde atractivo frente a discursos que prometen orden, control y ruptura, aplicando, además el miedo a cuestiones como la okupación. 

La extrema derecha explota esta inseguridad con eficacia, presentándose como la única fuerza dispuesta a romper con un sistema que no funciona para la mayoría.

Salarios bajos en un contexto inflacionario

El impacto combinado de salarios estancados e inflación persistente ha tenido un efecto corrosivo sobre el poder adquisitivo. Aunque los índices oficiales suavicen el impacto, la experiencia cotidiana es inequívoca: se vive peor que hace una década y hay una generación que ya tiene asumido que va a vivir peor que sus padres. 

Esta pérdida silenciosa no genera movilización organizada, pero sí desafección política. La gente no protesta, castiga a los que considera culpables. Y lo hace apoyando opciones que prometen cambiar las reglas del juego, aunque no expliquen cómo.

La extrema derecha prospera aquí porque no necesita credibilidad técnica, solo identificación emocional.

Fracaso de los partidos democráticos

El crecimiento de Vox y SALF no puede entenderse sin el fracaso compartido de PSOE y PP. Ambos partidos han demostrado una incapacidad casi total para alcanzar consensos de Estado sobre los problemas que realmente afectan a la ciudadanía.

Vivienda, empleo, educación, modelo productivo, sostenibilidad fiscal: todo ha sido subordinado a la lógica del enfrentamiento o sometido al sectarismo ideológico. La política se ha convertido en un campo de batalla permanente, donde ganar la narrativa importa más que resolver problemas.

Este bloqueo institucional no solo paraliza reformas, deslegitima la democracia porque la polarización no la fortalece sino que la debilita. Al reducir el debate a una lucha moral constante, se elimina el espacio del acuerdo y de la responsabilidad compartida. En ese vacío, el populismo florece.

Vox y SALF no crecen a pesar de la polarización, sino gracias a ella. No es una cuestión ideológica, no han nacido fachas como los níscalos en otoño. Cada choque entre PSOE y PP refuerza la idea de que el sistema está roto y de que solo una fuerza externa puede arreglarlo. Paradójicamente, cuanto más se enfrentan los partidos democráticos, más se parecen al escenario que describe la extrema derecha.

En lugar de ofrecer una alternativa, los partidos tradicionales han optado por imitar la estrategia de guerra política de la extrema derecha: lenguaje agresivo, marcos simplificados, demonización del adversario. Esta estrategia es un error estructural. La copia nunca supera al original. Al adoptar estas tácticas, PSOE y PP legitiman el terreno del populismo y degradan el debate público. La democracia no puede competir con la extrema derecha en simplificación sin autodestruirse.

Colapso del eje izquierda-derecha

El eje izquierda-derecha ya no organiza la política española porque ha dejado de responder a las preocupaciones materiales. Hoy, el verdadero eje es otro: democracia frente a barbarie, institucionalidad frente a arbitrariedad, complejidad frente a soluciones mágicas.

Vox y SALF no representan una alternativa ideológica coherente, sino una impugnación del sistema democrático basada en el malestar social acumulado.

Consenso y gran coalición

Si las causas del auge de la extrema derecha son estructurales, la respuesta debe serlo también. No basta con retórica ni con tácticas electorales. Se necesita estabilidad, previsibilidad y tiempo.

La única solución realista pasa por un gran consenso entre PSOE y PP, una gran coalición capaz de sacar los grandes problemas del combate partidista. Un pacto a ocho años vista, que permita reformas profundas y sostenidas en vivienda, empleo, educación y modelo productivo.

Hablar de gran coalición sigue siendo tabú en España. Se la asocia con inmovilismo, reparto de poder o traición a los votantes. Sin embargo, en el contexto actual, una gran coalición no sería un proyecto ideológico, sino un mecanismo de emergencia democrática.

Un acuerdo de gobierno entre PSOE y PP, en el Estado y en las comunidades autónomas, no tendría como objetivo diluir las diferencias, sino suspender temporalmente la guerra política para abordar los problemas estructurales que alimentan a la extrema derecha.

Este pacto debería ser limitado en el tiempo, con una hoja de ruta clara, objetivos medibles y un horizonte explícito de retorno a la competencia plena.

Prosperidad, la base de la paz social

La democracia no se defiende solo con valores, sino con resultados materiales. Sin prosperidad compartida, no hay paz social duradera. Y sin paz social, la democracia se vacía de contenido.

El crecimiento de Vox y SALF no es el problema central. Es la señal de alarma. Ignorarla es garantizar que el fenómeno siga creciendo. Afrontarla exige algo mucho más difícil que polarizar: consensuar, gobernar y cumplir.

Sería un error concluir, a partir del análisis socioeconómico del auge de la extrema derecha, que la ideología ha dejado de importar. Importa, y mucho. La ideología sigue siendo el marco que ordena las prioridades, define los límites de lo aceptable y da sentido a las decisiones políticas. Sin ideología no hay proyecto, y sin proyecto no hay democracia viva. Sin embargo, en el contexto actual español y europeo la ideología ya no puede ser el eje organizador principal de la acción política democrática.

La situación es más grave. Cuando una parte significativa del electorado empieza a cuestionar las reglas mismas del sistema democrático, la prioridad deja de ser la competencia ideológica clásica y pasa a ser la preservación del marco democrático que hace posible esa competencia. En ese punto, la política entra en una fase distinta, más incómoda y menos épica: la del consenso defensivo.

Lección histórica que España aún no ha interiorizado

Las democracias no suelen caer por un golpe abrupto, sino por desgaste interno, cuando los partidos democráticos anteponen sus diferencias ideológicas a la defensa del sistema que les permite existir. La historia europea del siglo XX ofrece ejemplos de sobra. Y, sin embargo, España parece repetir un error clásico: confundir pluralismo con fragmentación y discrepancia con bloqueo.

Hoy, Vox y SALF no representan simplemente una opción ideológica más. Representan una forma de hacer política que degrada deliberadamente las instituciones, deslegitima los contrapesos y reduce la complejidad social a conflictos identitarios binarios. Frente a eso, la respuesta no puede ser una competición ideológica tradicional, porque esa competición presupone reglas compartidas que la extrema derecha no respeta.

La ideología se convierte en un lujo

En condiciones normales, el enfrentamiento entre izquierda y derecha es saludable y necesario. Permite alternancia, innovación y control del poder. Pero en contextos de malestar social profundo, empobrecimiento relativo y desafección institucional, ese enfrentamiento puede convertirse en un lujo que la democracia no puede permitirse.

Hoy, amplias capas de la sociedad no están decidiendo entre modelos ideológicos bien definidos. Están decidiendo si el sistema merece seguir existiendo tal como está. En ese escenario, insistir en la polarización ideológica equivale a alimentar el relato antisistema.

La ideología sigue siendo importante, pero ha quedado subordinada a una tarea previa: reconstruir las condiciones materiales y políticas que hacen posible la democracia liberal.

Consenso, estrategia democrática

Existe una confusión interesada, alimentada tanto por la izquierda como por la derecha, que presenta el consenso como una claudicación ideológica. Es exactamente lo contrario. El consenso entre partidos democráticos es una herramienta estratégica, no una renuncia a los principios.

Cuando PSOE y PP son incapaces de acordar políticas de Estado en vivienda, empleo, educación o modelo productivo, no están defendiendo sus ideologías: están debilitando el sistema que permite que esas ideologías compitan. En ese vacío, la extrema derecha no necesita convencer; le basta con observar cómo el sistema se bloquea a sí mismo.

El consenso no elimina las diferencias, pero las ordena en el tiempo. Primero, asegurar estabilidad, prosperidad y confianza institucional. Después, volver a competir.

Uno de los fenómenos más paradójicos del momento actual es que la radicalización discursiva de los partidos democráticos no frena a la extrema derecha, sino que la legitima. Cada choque, cada veto cruzado, cada bloqueo parlamentario refuerza la idea de que la política democrática es inútil.

En ese contexto, Vox y SALF aparecen como la consecuencia lógica de un sistema incapaz de cooperar consigo mismo. La extrema derecha no necesita demostrar que puede gobernar mejor, porque no lo hace, simplemente le basta con mostrar que los demás no saben gobernar juntos. La ideología, utilizada como arma arrojadiza permanente, pierde su capacidad de orientar y se convierte en ruido.

El desplazamiento del eje político es ya evidente. La verdadera división ya no está entre izquierda y derecha, sino entre quienes aceptan las reglas democráticas y quienes las consideran un obstáculo. En este nuevo eje, PSOE y PP están objetivamente en el mismo lado, aunque se resistan a admitirlo.

Negar esta realidad por miedo a legitimar al adversario ideológico es un error estratégico muy grave. La extrema derecha no se derrota desde la trinchera ideológica clásica, sino desde la reconstrucción de un bloque democrático amplio, capaz de ofrecer resultados tangibles.

Desactivar socialmente a la extrema derecha

La extrema derecha no se derrota solo en las urnas sino cuando pierde su base social, cuando deja de ser creíble como respuesta al malestar. Eso solo ocurre cuando la democracia vuelve a ofrecer prosperidad, estabilidad y futuro.

Aquí la ideología vuelve a importar, pero en un segundo plano. Importa para definir cómo se reparte la prosperidad, cómo se protege a las clases medias y trabajadoras, cómo se garantiza la igualdad de oportunidades. Pero sin consenso previo, ninguna ideología puede desplegarse con eficacia.

Ideología con democracia o sin sistema

España se encuentra ante una disyuntiva histórica: seguir librando batallas ideológicas mientras el suelo democrático se desgasta, o priorizar la defensa del sistema para que esas batallas sigan siendo posibles.

La ideología importa. Pero la democracia importa más. Y cuando esta se ve amenazada desde dentro, el consenso entre los partidos democráticos deja de ser una opción incómoda para convertirse en una responsabilidad histórica.

 

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