Comentario: Lo tengo más que claro: el egocentrismo y la lucha por un sillón de 4.000 € al mes se carga la izquierda. Cómo puede haber tanto “modorro” que no es capaz de interpretar la Ley de D´Hondt. “Typical Spanish”.
Los partidos progresistas siguen instalados en el nacionalismo estéril cuando el momento histórico requiere altura de miras, generosidad y buenas dosis de valentía
Lo ha dicho el analista Antón Losada:
“La izquierda española tiene un problema de egos”. Y no de egos ideológicos. De
egos, egos, de ambiciones personales, de cuotas de poder, de particularismos.
Hoy mismo, Yolanda Díaz ha
asegurado que hablar en estos momentos de marcas, siglas y personas o
líderes es un “enorme error”. “No va de eso, va de ganar el país, va de
ensanchar la esperanza”.
Por lo visto, la vicepresidenta está más por reflexionar que por hacer
coaliciones, listas y programas conjuntos. “Ensanchar la esperanza...” Sin
embargo, el problema de la izquierda española es fácil de entender: se trata de
ensanchar números, ensanchar cantidades, ensanchar escaños, diputados,
votantes. Las matemáticas pesan como una losa sobre todos los partidos del
espacio progresista. La fragmentación, atomización o división se traduce
en pérdida de votos y de poder por el sistema electoral que tenemos. Un
interminable ramillete de partidos de izquierdas, en lugar de uno solo, se
traduce en menos representantes en los ayuntamientos, asambleas regionales y
parlamento nacional. ¿Y qué piensan hacer los diferentes dirigentes políticos
para corregir el dilema aritmético, ese dos más dos que no suman cuatro? Por lo
visto nada.
La propuesta de Gabriel Rufián, su
llamada desesperada a hacer “algo” porque la extrema derecha “nos come”, parece
haber caído en saco roto. Esquerra ya le ha enseñado la puerta de salida si se
atreve a dar el salto para liderar una gran alianza o coalición,
pasando de la política catalana a la española, de lo particular a lo
general. Y las demás formaciones también han acogido su idea de forma más bien
fría. Cada cual sigue a sus intereses provincianos, sectarios, egoístas,
mientras Abascal va llenando el zurrón de votos entra las
clases obreras y humildes, ya indignadas y desafectas. Es un auténtico drama
para la histórica lucha de los trabajadores en la conquista de sus derechos.
A la izquierda española le impide avanzar el nacionalismo identitario. Lo
periférico puede más que la unidad. En realidad, es una traición a los valores
tradicionales de la izquierda, que siempre fue internacionalista, no localista.
Una traición a la clase obrera, cuyos intereses quedan supeditados a los de la
bandera de cada pueblo. Mientras los actuales dirigentes progresistas no
acepten esa realidad, todo seguirá yendo a peor. Elección tras elección, la extrema derecha come terreno
no ya al PP, sino a las fuerzas progresistas. Y se suceden situaciones
sangrantes, como el hecho de que algunos partidos se queden sin poder entrar en
las instituciones porque no superan el implacable techo del 5 por ciento. La
dispersión del voto penaliza especialmente en provincias pequeñas y medianas,
donde la ley D’Hondt castiga con dureza la falta de
concentración. De esta manera, miles de votos terminan en la papelera, como le
ha pasado a Podemos en las pasadas
elecciones aragonesas. El granero está medio vacío y ellos queman lo poco que
queda. El despilfarro electoral resulta tan intolerable como inmoral e
irresponsable. Los morados, también Pablo Iglesias,
tendrían que hacérselo mirar. ¿Qué ha sido de aquel líder generoso y
desprendido que anteponía la defensa de la gente a los intereses del aparato
del partido de turno? Se han convertido en la nueva casta demasiado
pronto.
Mientras a los partidillos regionalistas les va bien en sus respectivas
circunscripciones, el fiasco es cada vez mayor a nivel general. Bildu saca pecho de sus buenos resultados, el BNG tres
cuartos de lo mismo, la Chunta se
muestra exultante con sus migajas. Pero todo eso
es una victoria pírrica, engordar para morir. Aunque ellos se crean los
putos amos del terruño, siguen siendo ineficaces a la hora de acometer
las reformas de calado para transformar la sociedad. Se contentan con
ser los flamantes segundones en su aldea, renunciando a las grandes mayorías en
un mundo interconectado donde lo que hace y dice Elon Musk influye en Amurrio, Badalona o
Mondoñedo. Todo es un espejismo: las derechas ganan y seguirán ganando de
calle. El PNV ha estado instalado en
el País Vasco durante lustros; el pujolismo convergente,
aunque ahora de capa caída con Puigdemont, sigue
siendo una especie de tótem en Cataluña (volverá más pronto que tarde); y
el PP mantiene intacto su poder en Galicia. La
situación se repite en todas partes del país, salvo en algunos islotes aislados donde
el PSOE resiste como puede. Así ha sido y así será, salvo que Rufián tenga
éxito con su iniciativa a la desesperada para lograr la unidad y cambien las
tornas.
Si comparamos los programas políticos de cada fuerza, convendremos en que
no hay grandes diferencias. Coinciden en casi todo, en sostenimiento del
Estado de bienestar, en el escudo social, en vivienda, en impuesto a los ricos,
en derechos de las minorías, en igualdad, feminismo, política exterior y
en tantas cosas. Difieren, eso sí, en el mayor o menor autogobierno: el tabú de
la independencia. La izquierda española no es soberanista; las fuerzas
periféricas a menudo lo son. Pero deben aparcar ese escollo, dejarlo para el
final, y empezar a trabajar en lo que les une, que es todo. Lo dijo Julio Anguita no hace tanto tiempo: la izquierda
tiene que ponerse de acuerdo y si no puede ir unida sí al menos cohesionada. Lo
que no puede ser es que cada gurú, intelectual o sindicalista de su pueblo
quiera fundar su propio partido para dar charlas en la universidad y
vender muchos libros. En la ambición personal está la auténtica traición a la
izquierda. Señores de las confluencias, pónganse de acuerdo, siéntense y hagan
números. No sean negacionistas de las matemáticas. La democracia es aritmética.
Lo demás son castillos en el aire, discusiones bizantinas y marear la perdiz
mientras el señorito sale con la escopeta y la caza.
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