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La contemplación de cualquier clase de violencia
pone mal cuerpo, pero la contemplación de la que eventualmente ejercen sin
motivo o sin mesura aquellos a los que la sociedad ha comisionado para
combatir la violencia, precisamente, lo enferma. La brutalidad policial,
corriente en las dictaduras y en los regímenes que llevan camino de serlo, no
solo es inaceptable, lógicamente, por el mal cuerpo que deja a quien la
contempla -y no digamos al que la recibe-, sino porque contribuye más de lo
que parecería al colapso de uno de los pilares de la democracia: el del
exquisito respeto del Estado al individuo, a su integridad y a sus derechos. En los últimos días, manifestantes madrileños han
sufrido la violencia de unas fuerzas policiales fuera de control, y la
circunstancia de que esos manifestantes eran estudiantes y profesores
reclamando pacíficamente la preservación y mejora del mayor bien social, la
educación pública, otorga a esos sucesos un terrible carácter simbólico: la
fuerza bruta ensañándose con la civilidad, el furor contra la inteligencia.
Las imágenes de policías pertrechados con toda clase de elementos defensivos
y ofensivos apaleando enloquecidamente, en el interior de la Universidad
Complutense, a los chicos y chicas que se manifestaban sin más arma ni
protección que la pancarta que blandían, repugnan, como también las
agresiones sin venir a cuento a los profesores que pretendían expresar a
Ayuso el malestar académico por su nefasta política educativa. ¿Alguien ordenó a esos agentes producirse de esa
manera vil y desatentada? ¿Se pusieron a pegar así, salvajemente, por su
cuenta? Se supone que esos uniformados tienen unos jefes, y, sobre ellos, un
delegado del Gobierno y un ministro del Interior, y que actúan según las
órdenes que en cascada jerárquica reciben de ellos. De los jefes policiales
responsables de esos dispositivos nada se sabe; del delegado del Gobierno, el
anuncio de apertura de una investigación sobre los hechos de la que tampoco
se sabe nada, y el ministro Marlaska, como siempre, mutis. Así, el mal cuerpo
empeora y la democracia también, mucho. |
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sábado, 24 de octubre de 2026
24/10/2026 - VIOLENCIA Y POLÍTICA
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