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MADRID, 26 (OTR/PRESS) Al parecer, Feijóo ya sabe
quién organizó los disturbios de Barcelona: Pedro Sánchez. Según su mente
privilegiada, lo que pasó es que, como sabe que va a perder las elecciones,
se aferra violentamente al poder para no soltarlo mediante el saqueo de
comercios, la quema de bicicletas y la destrucción del mobiliario urbano.
Este hombre, Feijóo, aspira a la gobernación de España. Es cierto que los violentos disturbios habidos en
más de una docena de ciudades europeas, de Francia particularmente,
benefician a la ultraderecha, pero ni los más conspicuos líderes de esta se
habrían atrevido a atribuir su organización a los gobiernos que los padecen.
Feijóo, sí; Feijóo no se corta; Feijóo está lanzado en su última cruzada con
todo contra el 'sanchismo'; Feijóo, en fin, da un poco de vergüenza ajena.
Ahora bien: acumular la insidia, la calumnia, las acusaciones falsas y la
criminalización del adversario a la tragedia política que representa la
violencia callejera que persigue el opacamiento y el descrédito de las
legítimas y pacíficas protestas ciudadanas no es que dé vergüenza ajena, sino
asco, el mismo asco que suscita cualquier encanallamiento de la convivencia. Es un clásico policial preguntarse, para la
dilucidación de la autoría de cualquier crimen, a quién beneficia, y
aparcando ya las mendaces ocurrencias del líder del PP, que en nada ayudan a
dilucidar nada, parece evidente que la beneficiaria de las violencias de esas
hordas enmascaradas no es otra que la ultraderecha con sus mensajes de garrotazo
y tente tieso a los inmigrantes, a la segunda o tercera generación de ellos
en particular, a los que señala como autores del vandalismo callejero, aunque
tan evidente como eso se antoja la figura de un beneficiario escondido y
mayor, aquel empeñado en la desestabilización de Europa, de sus principios,
sus valores, su bienestar ya de suyo en precario y sus instituciones
democráticas. Cosas de la guerra híbrida. Ninguna reivindicación social ni protesta política
alentó el aquelarre destructor de Barcelona. Sus actores, machacas
movilizados por TikTok, no tenían pinta precisamente de haber estudiado ni
trabajado en su vida, y si bien esta circunstancia ya es grave en sí misma,
más lo es su utilización en una campaña electoral que debería ser, como toda
celebración democrática, una fiesta. |
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