El estreno de la película de Santiago Segura divide a la sociedad española entre quienes ven solo una historia divertida o un blanqueamiento del fascismo
Torrente presidente, la última película
de Santiago Segura, está arrasando en los cines de todo el
país. Le ha gustado hasta a Carlos Boyero, el
implacable crítico que reconoce haberse partido de la risa con el film. Cosas
de los tiempos líquidos que nos ha tocado vivir.
En esta sexta parte de la saga, el policía más famoso del esperpento
español da el salto a la política convencido de que la nación necesita más patriotismo, mano dura y orden. Es
decir, lo que viene siendo un hombre fuerte; el franquismo de toda la vida.
Como no podía ser de otra manera, la cinta ha provocado un nuevo enfrentamiento
de las dos Españas. A un lado quienes ven una
simple parodia del momento histórico sin más pretensiones que hacer pasar un
buen rato al público. Al otro quienes entienden la historia del sucio detective
como un blanqueamiento del fascismo, ya que por la pantalla transitan
personajes reales de la fauna ultra ibérica en cortos cameos (Vito Quiles hace de él mismo, o sea de acosador
fascista, según Pablo Echenique). En ese punto es
donde cabe preguntarse si Segura, un tipo tan habilidoso para la comedia como
para forrarse con las taquillas, se limita a hacer humor con la decadencia de
la democracia, la tentación del populismo y la manipulación de las
masas, o se ha limitado a quedar bien con los amiguetes, también con los
fachas. Y ahí es donde podemos concluir que el rey Midas del cine español se ha situado en una
equidistancia sospechosa, más teniendo en cuenta que hasta se permite hablar de
un partido verde viscoso, Nox (el paralelismo con Vox es evidente), sin un atisbo de crítica y
beligerancia política.
Todo en la saga de Torrente es más
de lo mismo desde que se estrenó la primera entrega en 1998: el humor zafio y
chabacano, lo políticamente incorrecto tan de moda hoy en las redes sociales,
el chiste verde machista. Segura rueda desde arriba, planeando sin mojarse ni
ensuciarse, asépticamente, sin mezclarse con rojos o azules y sin entrar en si
el negacionismo de la violencia machista, de la ciencia y del cambio climático
que practica el partido de Abascal supone
un auténtico drama para el país. El director filma alegremente, ji ji ja ja,
como si estuviese en una divertida fiesta de cumpleaños rodeado de su
superpandi. Lo malo es que mientras su sarao del absurdo se alarga, el
trumpismo hermanado con ese partido verde viscoso nos arrastra al nuevo
cibernazismo, la economía mundial se hunde en un crack sin precedentes y la
sombra de la Tercera Guerra Mundial se hace
más presente que nunca. Mientras el desaliñado y rijoso Torrente se suelta un
cuesco, o se tira un eructo, o se hace unas pajillas sin mariconadas, decenas
de miles de personas son asesinadas en Gaza, Irán o Líbano en
genocidios comparables a los perpetrados por los nazis durante el siglo pasado
pero que ya no parecen interesar a nadie. Poca broma con eso, amiguete Santi.
Tras más de cien años desde que los hermanos Lumière inventaron
el cine, han quedado buenos ejemplos de comedias hilarantes, tronchantes y
desternillantes que, además de divertir y entretener, transmitieron nobles
valores como la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos. Ahí
está Ser o no ser, de Lubitsch, una mordaz
caricatura de los patéticos nazis; El gran dictador, de Chaplin, sátira
feroz de las dictaduras de Hitler y Mussolini; o La vida es bella,
de Roberto Benigni, la historia de un judío que, a base de
cuentos y juegos infantiles, trata de evitar que su hijo se entere de que ambos
están internados en un campo de concentración y a un paso de la cámara de gas.
Incluso Bob Fosse demostró que se puede hacer un ameno
musical como Cabaret sin perder de
vista que en el Berlín de los años 30 los “camisas pardas” le partían la cabeza
a uno en plena calle y por cualquier menudencia. Todas esas producciones para
la historia rezuman un aroma a resistencia y subversión frente a la barbarie
fascista que, por desgracia, no encontramos en la oportunista Torrente presidente. Y en esa indolencia es donde
radica, quizá, la mayor decepción de la película de Segura, que no por
divertida deja de entrañar una peligrosa falacia: la de que todo este revival
ultraderechista es poco menos que una performance friqui o anécdota pasajera.
Pues no lo es; nos encontramos ante algo siniestramente real. Vivimos una época
trágica que exige movilización, sobre todo desde el mundo del arte y la
intelectualidad. Contra la guerra cultural de Vox, más cultura y más
comprometida.
En su película, Segura alardea de reírse de todo y de todos (aquello tan franquista
de “todos los políticos son iguales porque todos son unos corruptos”), pero el
resultado es el peor que podría darse: el cinismo, el nihilismo pasota y el
descreimiento que allana todavía más el camino a las botas del salvapatrias de
turno. Convertir a un policía facha en un héroe posmoderno es el último
disparate en la gran ceremonia de la confusión de las decadentes democracias. Y
quizá ahí radique la peor de las trampas. Los espectadores ultras la
disfrutarán babeando; los apolíticos también sin entender que le están metiendo
el ideario por la retaguardia y sin enterarse. En el primer grupo está el
propio Feijóo, que le ha encantado la peli (como no podía ser
de otra manera en alguien algo justito de cultura que coquetea con el
fascismo) y hasta se la deja ver a su hijo de nueve años saltándose la
normativa de edad. Así se amamanta en el populismo a las nuevas generaciones.
Gente que seguirá creciendo sin valores ni principios, según la lógica
torrentiana; gente aborregada criada en la carcajada gratuita y estéril; gente
capaz de decir no a la guerra y de apoyar la guerra de Trump (el poli corrupto internacional o Torrente
yanqui por excelencia) todo en el mismo párrafo.
La risa está bien, pero la risa vacua, la risa nerviosa, la risa tonta y
superficial en una tarde anodina de palomitas y coca colas, se acaba
convirtiendo en un alimento venenoso y letal para la sociedad civilizada en
vías de destrucción. Por mucho que el indigesto menú lo haya catado, servido y
dado el visto bueno nuestro admirado Boyero.
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